Las empresas ofrecen un
servicio o un producto. Para ello articulan toda una serie de mecanismo que
tienen como fin último satisfacer una necesidad.
Tanto la propia empresa
como la destinación del producto o servicio se nutren de personas. Éstas satisfacen sus necesidades obteniendo un rédito
monetario a cambio de su tiempo para generar el producto o servicio, o bien
satisfacen sus necesidades beneficiándose de estos a través de su consumo.
Personas y las necesidades de éstas configuran el núcleo irrenunciable de topo
proyecto empresarial.
A partir de aquí se
elaboran todos los procesos necesarios que harán posible estructurar una
empresa y convertirla en una realidad.
La ciencia en sus
diferentes vertientes y especialidades (administrativa, legal, financiera,
comercial, técnica,…) se ocupará de articular todo el andamiaje necesario para
llevar a cabo la idea empresarial y conseguir que se materialice. Se ponen en
funcionamiento todos los conocimientos que se aglutinarán para conseguir la
creación de la empresa y su posterior funcionamiento. Sé ocupan del cómo hacerlo.
Demasiado a menudo se
olvida o menosprecia aquello que configura el núcleo de toda empresa más allá
de las inquietudes estrictamente mercantiles que conforman su materialización.
Es decir, se confunde el cómo con el
porqué; el cómo hacerlo con lo qué motivo o dio sentido de ser a la
empresa.
Debido a la propia
inercia mercantil de toda empresa, la facción de necesidad que hace referencia
al beneficio empresarial, es decir, a la necesidad de la persona no como
trabajador, sino como cliente, ha sido objeto de estudios muy profundos y
reiterados en el tiempo.
Los esquemas de muchas
empresas pivotan alrededor del cliente, lo convierten en su punto de referencia
fundamental y único. Olvidan que el trabajador y sus necesidades formaron parte
también del porqué de la idea que dio origen al proyecto empresarial.
Lamentablemente, se convierten en simples recursos humanos y son tratados,
equivocadamente, como un apartado más a considerar dentro del esquema de cómo
materializar y hacer funcionar la empresa. Son un apartado más del andamiaje
antes mencionado.
Desde una perspectiva
más filosófica de la empresa, se abordan el cómo y el por qué empresarial desde
una perspectiva más global (en
referencia al cómo) e integral (en
referencia al porqué). Digamos que la empresa se analiza respetando el cómo
y el porqué del ser de la empresa de manera más correcta.
Respecto al cómo,
se articula una visión global que permite detectar y mejorar aspectos
que desde una perspectiva más sectorial pasaban por alto necesarias e irrenunciables
conexiones entre distintos ámbitos o secciones del proyecto.
En lo referente al porqué,
la visión del filósofo de empresa clarifica el posicionamiento del conjunto,
ejerciendo la correcta redistribución por importancia, desde un mirada integral
del individuo, desde su faceta de cliente pero también de trabajador. El
individuo -con sus necesidades- no deja nunca de ser leído como eje fundamental
y vertebrador de la realidad empresarial. Sin esta precisa premisa, los
resultados de toda empresa se ven afectados negativamente sin remedio. Como
dije, el individuo en su faceta como cliente con sus necesidades ya era foco de
atención interesada por parte de la empresa. La propuesta del filósofo de
empresa hace especial hincapié en el referente humano que conforma el porqué de
la empresa en la satisfacción de sus necesidades compensatorias, es decir, su
trabajo y tiempo a cambio de remuneración. Las necesidades de los propios
trabajadores corren parejas, tanto para bien como para mal, con los resultados
globales de la empresa. Cuando estas necesidades son obviadas o se interponen
para su mejor fluir cuestiones de muy diversa índole, el resultado global de la
empresa se resiente necesariamente.
Aquí es dónde la mirada humanista del filósofo de empresa se anticipa para corregir las posibles desviaciones por el bien común de toda la comunidad empresarial.
Recapitulando, vemos
como la figura del filósofo, cada vez más valorada por las empresas que
entienden la necesidad hoy de ir más allá de una visión empresarial seccionada,
encuentra un lugar determinante que ayuda a mejorar la cuenta de resultados a
partir de una mejor y correcta humanización del conjunto que conforma la
empresa y desde una perspectiva global e integradora.
El trabajador de toda empresa debe sentirse parte integral del proyecto que desarrolla, y eje vertebrador junto al cliente del éxito empresarial.
Empresas punteras han
sabido hacer esta lectura desde hace ya algunos años y los resultados han sido demoledores:
se mejora la productividad, se reducen absentismos y la cuenta de resultados se
ve positivamente afectada con las consecuentes gratificaciones para
trabajadores y beneficios para la empresa.
No es ninguna
casualidad que esta visión renovada coincida con la incorporación del filósofo
en el mundo de la empresa.
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