En una semana me he tropezado con dos
familias que me han comentado algo que me parece más que significativo: su preocupación e impotencia ante
una escuela que no les satisface.
Dicho así la respuesta inmediata sería: pues cambia a tus hijos de colegio y asunto resuelto. Pero no amigos míos, ojalá fuese tan sencillo.
Su problema no era ocasionado por el comportamiento de sus hijos o
por el trato que recibían de sus compañeros, que entraba dentro de la más absoluta normalidad. Esta suele ser la causa más habitual de
desplazamientos de alumnos a escuelas colindantes. No van por ahí las cosas.
Su problema radicaba en el dilema que les suponía enfrentarse a la
autoridad de los maestros y las maestras de sus hijos. Y lo que es peor, su problema no era sólo
su escuela, sino el sistema. Me explico.
Estas dos familias (y presumo que no son las únicas), se han visto
ya en más de las ocasiones que les gustaría ante la tesitura de tener que
elegir entre callar y mirar hacia otro lado o desautorizar a los docentes de
sus hijos. Incluso, como me comentan, cuando han intentado sutilmente hacerlo,
sus propios hijos han salido a defender desbocados a sus maestros, otorgándoles
toda la autoridad habida y por haber y de manera lógica, para eso son sus
maestros.
Por supuesto podrían haber ido a hablar con los maestros, pero no
seamos fariseos: cómo va a ir un padre a decirle a un Director lo incongruente
de muchas de las medidas didácticas que se imparten en su centro. Le dirá
llanamente que busque otra escuela mejor, en el mejor de los casos, o que deje
de ofender a los profesionales, en el resto (y lo sé por experiencia).
Y ahí viene el verdadero problema: no hay escuelas que satisfagan
los anhelos de estos padres.
Quizás ahora más de uno pensará que
son demasiado tiquismiquis o exigentes, cuando realmente simplemente son
personas instruidas y saben lo que quieren para sus hijos en materia educativa.
Ante este panorama, que por desgracia
no se repite masivamente en nuestras escuelas -quizás así algo cambiaría-, nos
sorprendemos cuando países como Estonia nos empiezan a sacar una delantera más
que considerable en materia educativa. Y ojo, sin ser un país precisamente rico,
pero sí con las ideas bastante claras y definidas.
Resulta que en este pequeño país hay
cola en muchos colegios para poder matricular a los pequeños, y no por disponer
de espacios envidiables, sino por presentar proyectos educativos absolutamente
apetecibles. ¿Y qué ocurre? Pues que tonto el último. Todas las escuelas se
esfuerzan, año tras año, en ofrecer en mejor proyecto para atraer clientela. El
Estado orgulloso: sabe que la educación es importante e invierte decididamente
en ella.
Aquí, si no hay alumnos para un
colegio, nos quejamos o manifestamos para que bajen ratios o ponemos vallas al
monte para que se matriculen los niños dónde interese al sistema; eso de los
proyectos educativos competentes y competitivos, suena a chino. Así nos va: allí,
nuestros envidiados estonios, aprenden hasta chino mientras en algunas zonas de
España se empieza a menospreciar y olvidar el español (hay niños en Cataluña
que empiezan a tener problemas con el español, y no es una broma ni monsergas
ideológicas).
Pues bien, en resumidas cuentas, les
dije que en mi casa nos hemos visto en el mismo brete en más de una ocasión.
¿Qué hemos hecho? Aprovechar el momento para intentar fomentar lo que supone la
verdadera autoridad en nuestros hijos.
Les hemos intentado inculcar eso tan
sencillo y a la vez maravilloso que es el reconocimiento de la autoridad. Ésta viene, o más bien diría
se concede desde abajo hacia arriba, es decir, se reconoce y se otorga. El poder de la imposición, de diferente
manera, es aquel que se ejerce desde arriba hacia abajo, sin necesidad de
reconocimiento y de manera unidireccional.
¡Qué buenos esos maestros que los reconocen sus alumnos por su autoridad!
Ellos han sabido entender y disfrutar de
la autoridad de los docentes que han tenido y la han merecido. Del resto, han
sabido también someterse a su poder, sin más, y aprovechar cuanto pudiesen. Lo
que faltará, hemos intentado amortiguarlo desde casa como tantos otros padres,
a buen seguro.
Y en cuanto al sistema, que esta
amigable charla que mantengo con esta hoja que se llena de letras, sirva al
menos para alertar a quien convenga, aunque desgraciadamente preveo que leerán
estas cuatro letras precisamente aquellos que menos las necesitan, por sabidas.
Sin lugar a dudas las cosas se pueden
hacer al respecto muchísimo mejor. Tome nota, a quien convenga.

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