viernes, 17 de febrero de 2017

Tome nota, a quien convenga

En una semana me he tropezado con dos familias que me han comentado algo que me parece más que significativo: su preocupación e impotencia ante una escuela que no les satisface.

Dicho así la respuesta inmediata sería: pues cambia a tus hijos de colegio y asunto resuelto. Pero no amigos míos, ojalá fuese tan sencillo.

Su problema no era ocasionado por el comportamiento de sus hijos o por el trato que recibían de sus compañeros, que entraba dentro de la más absoluta normalidad. Esta suele ser la causa más habitual de desplazamientos de alumnos a escuelas colindantes. No van por ahí las cosas.

Su problema radicaba en el dilema que les suponía enfrentarse a la autoridad de los maestros y las maestras de sus hijos. Y lo que es peor, su problema no era sólo su escuela, sino el sistema. Me explico. 

Estas dos familias (y presumo que no son las únicas), se han visto ya en más de las ocasiones que les gustaría ante la tesitura de tener que elegir entre callar y mirar hacia otro lado o desautorizar a los docentes de sus hijos. Incluso, como me comentan, cuando han intentado sutilmente hacerlo, sus propios hijos han salido a defender desbocados a sus maestros, otorgándoles toda la autoridad habida y por haber y de manera lógica, para eso son sus maestros.

Por supuesto podrían haber ido a hablar con los maestros, pero no seamos fariseos: cómo va a ir un padre a decirle a un Director lo incongruente de muchas de las medidas didácticas que se imparten en su centro. Le dirá llanamente que busque otra escuela mejor, en el mejor de los casos, o que deje de ofender a los profesionales, en el resto (y lo sé por experiencia).

Y ahí viene el verdadero problema: no hay escuelas que satisfagan los anhelos de estos padres.

Quizás ahora más de uno pensará que son demasiado tiquismiquis o exigentes, cuando realmente simplemente son personas instruidas y saben lo que quieren para sus hijos en materia educativa.

Ante este panorama, que por desgracia no se repite masivamente en nuestras escuelas -quizás así algo cambiaría-, nos sorprendemos cuando países como Estonia nos empiezan a sacar una delantera más que considerable en materia educativa. Y ojo, sin ser un país precisamente rico, pero sí con las ideas bastante claras y definidas.

Resulta que en este pequeño país hay cola en muchos colegios para poder matricular a los pequeños, y no por disponer de espacios envidiables, sino por presentar proyectos educativos absolutamente apetecibles. ¿Y qué ocurre? Pues que tonto el último. Todas las escuelas se esfuerzan, año tras año, en ofrecer en mejor proyecto para atraer clientela. El Estado orgulloso: sabe que la educación es importante e invierte decididamente en ella.

Aquí, si no hay alumnos para un colegio, nos quejamos o manifestamos para que bajen ratios o ponemos vallas al monte para que se matriculen los niños dónde interese al sistema; eso de los proyectos educativos competentes y competitivos, suena a chino. Así nos va: allí, nuestros envidiados estonios, aprenden hasta chino mientras en algunas zonas de España se empieza a menospreciar y olvidar el español (hay niños en Cataluña que empiezan a tener problemas con el español, y no es una broma ni monsergas ideológicas).

Pues bien, en resumidas cuentas, les dije que en mi casa nos hemos visto en el mismo brete en más de una ocasión. ¿Qué hemos hecho? Aprovechar el momento para intentar fomentar lo que supone la verdadera autoridad en nuestros hijos.

Les hemos intentado inculcar eso tan sencillo y a la vez maravilloso que es el reconocimiento de la autoridad. Ésta viene, o más bien diría se concede desde abajo hacia arriba, es decir, se reconoce y se otorga. El poder de la imposición, de diferente manera, es aquel que se ejerce desde arriba hacia abajo, sin necesidad de reconocimiento y de manera unidireccional.

¡Qué buenos esos maestros que los reconocen sus alumnos por su autoridad!

Ellos han sabido entender y disfrutar de la autoridad de los docentes que han tenido y la han merecido. Del resto, han sabido también someterse a su poder, sin más, y aprovechar cuanto pudiesen. Lo que faltará, hemos intentado amortiguarlo desde casa como tantos otros padres, a buen seguro.

Y en cuanto al sistema, que esta amigable charla que mantengo con esta hoja que se llena de letras, sirva al menos para alertar a quien convenga, aunque desgraciadamente preveo que leerán estas cuatro letras precisamente aquellos que menos las necesitan, por sabidas.

Sin lugar a dudas las cosas se pueden hacer al respecto muchísimo mejor. Tome nota, a quien convenga. 

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