viernes, 29 de septiembre de 2017

Y por última vez: Cataluña y España

"La Unión Europea debería intervenir, sin duda, pero para poner en cuarentena este insulto demócrata que representamos España y sus españas, todos sin excepción, y condenarnos a lamernos nuestras vergüenzas hasta que seamos capaces de levantar la cabeza, y con las ideas más claras y aposentadas, disfrutar de lo que significa un verdadero Estado de Derecho en democracia." 



Me gustaría empezar estas últimas letras antes del 1-O con la palabra que cierra el anterior párrafo, democracia.

Hace ya algunos años tuve la suerte de disfrutar de las magistrales clases del profesor Ramón Valdés, excelente docente y todavía, si era posible, mejor persona.
Durante un curso entero intentamos descifrar que definición recogía eso que todos sabíamos y resultó, a la postre, tan difícil de definir. No era otra cosa que la palabra Religión. No se trataba de hacer religión ni de fomentarla; tan solo se trataba de intentar llegar a la esencia de lo que para la historia, toda ella, había representado sin exclusiones. 

No voy a hablar aquí hoy de religión, aunque si voy a recoger las enseñanzas del querido y añorado profesor Valdés. 

Nos enseñó que para definir con la mayor certeza posible, debíamos abandonar ciertas pretensiones demasiado aglutinadoras y quedarnos con lo esencial que nos permitiría luego seguir creciendo. Si no éramos capaces de captar la esencia, pero toda ella, estaríamos condenados a vagar por las especulaciones y danzar perdidos, sin remedio, en un mar de dudas. Gracias, muchas gracias querido profesor.

Pues bien, voy a tratar de ceñirme a lo que aprendí e intentar llegar a una definición mínima de la palabra democracia.

La democracia, como la propia palabra señala, concede la soberanía al pueblo. Es decir, el pueblo es la autoridad que proclama, a través del voto personal y legítimo, quién gobernará según su propuesta presentada. Todo esto tendría poco o nulo sentido si no estuviese sometido a un orden jurídico, a un marco regulador que garantizase que se lleva a cabo dentro de unas disposiciones o leyes conocidas.

Siendo esto así, cuando se instaura una nueva o naciente democracia, es necesario primero someter a referéndum este marco jurídico o constitucional sobre el que se amparará el proceder de la recién inaugurada democracia. A partir de aquí, y ahora sí, una vez establecido el pacto constitucional, el campo de juego legal y jurídico mínimo e inquebrantable, se procederán a realizar las elecciones democráticas que determinarán cual será el gobierno encargado de desarrollar durante el tiempo pactado su propuesta y la forma de llevarla a cabo. 

Esta conjunción indisoluble de voto y ley es la que configura lo que en esencia se conoce como nuestro Estado de Derecho democrático.

Estamos sometidos y protegidos por una norma, un sistema de leyes que encuentran su refrendo en la voluntad del pueblo expresada a través de su voto.

Así, la democracia moderna, nuestra democracia, podríamos definirla cómo:


  • "Modo de convivir en el que los sujetos eligen libremente las relaciones contractuales que organizan su convivencia"

Esta definición podría parecer satisfactoria, pero realmente solo lo es en lo referente al establecimiento de una naciente democracia. Es decir, si no se acota un poco mejor que es la democracia, estaríamos inmersos sin remedio en una redefinición continua de la propia democracia y lo que está representa, y lo que es peor, nos olvidaríamos por completo del necesario e inquebrantable respeto al marco jurídico establecido: podríamos tumbar sin más la Ley, el Estado de Derecho establecido. Absurdamente, estaríamos anclados en un referéndum continuo sin posibilidad de respeto a marco jurídico alguno, a terreno de juego delimitado. Estaríamos instalados en el caos o desgobierno absoluto. Pero eso sí, muy libres. Tanto que desamparados.

De esta manera, quizás sería más correcto formularla como:


  • "Modo de convivir en el que los sujetos eligen libremente y respetan las relaciones contractuales que organizan su convivencia"

Este sutil "respetan" añade un valor a la definición que me parece de una trascendencia total e incuestionable. 

Ahora sí, se conforman y cumplen las dos premisas mínimas que garantizan y dan sentido a lo que es ser demócrata: voz del pueblo y respeto a la Ley.

Quien se atreve a desoír al pueblo o a situarse más allá de la ley establecida, difícilmente podrá nunca declararse demócrata.

Madrid ha desoído al pueblo catalán.
Barcelona ha quebrantado la ley.

No hay ni había razón alguna para obviar las demandas de un pueblo. No hay ni había razón alguna para obviar el respeto a la ley.

El Estado de Derecho solo tiene sentido si se escucha la voz soberana del pueblo. Aquí falla estrepitosamente el gobierno central.

Las normas que enmarcan un Estado de Derecho solo podemos modificarlas desde el respeto al propio Estado de Derecho. Aquí falla estrepitosamente el govern català.

Solo y solo sí, Madrid cede y escucha al pueblo catalán y Barcelona cede y acata la ley, la democracia volverá a instaurarse. Ambos deben iniciar un dialogo político de altura. Lo demás son monsergas o desatinos que pagaremos todos.

La democracia, aunque todos se jactan de pronunciar su nombre y hacerla suya, hoy, 29/09/2017 está huérfana y abandonada.

Un aspirante a demócrata







jueves, 21 de septiembre de 2017

Siento pena y vergüenza

Siento pena, dolor y vergüenza por los pocos que hablan con razón y son ignorados    

Siento pena, dolor y vergüenza por los muchos que hablan sin razón y son endiosados    

Siento pena y vergüenza de ser español y catalán      
Siento pena y vergüenza de nuestra clase política
Siento pena y vergüenza de nuestra ciudadanía
Siento pena y vergüenza por los que hablan en la calles y son desoídos        
Siento pena y vergüenza por el uso y abuso de la Ley       
Siento pena y vergüenza por la desobediencia institucional       
Siento pena y vergüenza por los que no entienden la desobediencia civil       
Siento pena y vergüenza por los parlamentos rotos  
Siento pena y vergüenza por los muchos que ya dejaron de leer esto al verse identificados        
Siento pena y vergüenza porque demasiados creen tener la razón absoluta        
Siento pena y vergüenza porque el dialogo es mudo        
Siento pena y vergüenza por los que no saben ceder       
Siento pena y vergüenza de tanto pensamiento sesgado      
Siento pena y vergüenza por el uso ruin de la palabra democracia        
Siento pena y vergüenza al ver como impiden votar con la Ley        
Siento pena y vergüenza al conformase demasiados votando sin Ley        
Siento pena y vergüenza al ver solo extremos        
Siento pena y vergüenza de sentirme un náufrago en tierra de nadie        
Siento pena y vergüenza al ver una Ley petrificada       
Siento pena y vergüenza al ver una Ley reventada      
Siento pena y vergüenza al ver al pueblo enfrentado        
Siento pena y vergüenza al ver como los políticos enfrentan al pueblo        
Siento pena y vergüenza cuando unos se imponen sobre otros        
Siento pena y vergüenza cuando la mentira se hace dueña de la verdad        
Siento pena y vergüenza cuando la verdad tiene un solo dueño       
Siento pena y vergüenza cuando el otro, por ser otro ya es enemigo        
Siento pena y vergüenza cuando el otro, y solo el otro, es culpable       
Siento pena y vergüenza a los ojos del mundo        
Siento pena y vergüenza al escribir esto        
Siento pena y vergüenza por intuir los pocos que lo leerán
Siento pena y vergüenza cuando las porras hablan
Siento pena y vergüenza cuando lo falso es Ley
Siento pena y vergüenza cuando la Ley es sorda
Siento pena y vergüenza cuando la sinrazón usurpa a la razón
Siento pena y vergüenza de ti, de ellos y de mí
Siento pena y vergüenza de tener que sentir tanta vergüenza y pena


Siento pena, dolor y vergüenza por los pocos que hablan con razón y son ignorados

Siento pena, dolor y vergüenza por los muchos que hablan sin razón y son endiosados


martes, 19 de septiembre de 2017

Faltó capacidad de negociación



Desde Madrid la torpeza del poderoso aniquiló un principio democrático incuestionable e irrenunciable: la necesaria capacidad negociadora del que ostenta más poder. Sin ésta, el uso de la ley se transforma fulminantemente en abuso de la misma.

En Cataluña el conglomerado de fuerzas opuestas bajo un único principio o fin, la independencia, desarboló de igual manera toda posibilidad negociadora. Frente al muro del Estado se precipitaron al abismo de la desobediencia institucional. La facción antisistema, aunque minoritaria, impuso su fuerza amparada en el  clamor del pueblo, el mismo que durante los últimos años pasó inadvertido y obviado por la ceguera de un gobierno estatal rehén de sí mismo.

Ante este panorama, la ausencia absoluta de líderes de verdadero peso específico que supieran enfrentarse a propios con el afán de encontrar el camino hacia la negociación política, acabó de determinar la situación en la que hoy nos encontramos.

La canalización de la situación hoy requiere, todavia más, capacidad de negociación.

La ley por sí sola no será capaz de reconducir a un pueblo, a una marea humana que ha servido de coartada a un gobierno para situarse en terreno de nadie, y lo que es aun peor, servir igualmente de coartada para los que se amparan en el uso y abuso de la ley.

Legitimarse como Estado al margen de la ley, sin la capacidad suficiente para negociar la dignidad que merece semejante empresa dentro de una democracia, desacredita toda independencia que busque el reconocimiento de propios y extraños.

Se ha cogido el camino más largo y tortuoso, lleno de punzadas sangrantes legalistas y caceroladas que vacían los escaños.

Pero la historia es inapelable. La negociación se impondrá como no puede ser de otra manera, les duela a unos o la sufran otros. Y la única recompensa de coger la ruta más tortuosa será, sin lugar a dudas, la salida del terreno de juego de aquellos que demostraron tan poca categoria política así como sensibilidad social. En esencia, lo esencial del político: capacidad negociadora.

Ley o voto en el embrollo de Cataluña.

Desde Cataluña el gobierno autonómico se ampara en el derecho a votar para luchar, contra viento y marea, incluso desobedeciendo al TC y a quien haga falta.

Desde España el gobierno central se ampara en el cumplimiento de la Ley de espaldas al pueblo para doblegar, contra viento y marea, a las instituciones catalanas.

El Estado democrático que nos ampara, dicho con palabras muy sencillas, se fundamenta en la soberanía del pueblo (voto) y en la leyes que emanan (ley) desde las instancias que representan a esta ciudadanía. Es imposible entender el sentido pleno de lo que significa democracia si prescindimos de cualquiera de los términos. El sometimiento de uno a otro es solo el resultado de un fracaso político monumental, que terminará dañando las estructuras más profundas y que tanto esfuerzo y sangre nos costó conquistar. Pero la memoria es débil y la autocomplacencia, febril.

Las leyes garantizan nuestras libertades, entre las que se encuentra de manera preponderante el derecho a votar. Este derecho inalienable se circunscribe en unos contratos que se establecen con el fin de garantizar la convivencia y libertad de los miembros que formamos parte de la comunidad. 

El voto al margen de la ley o la ley que menosprecie el voto dinamitan nuestra sociedad. 

Si la Ley se quebranta, salta por los aires el Estado de Derecho.

Si el derecho a votar se menosprecia, el Estado de Derecho pierde su verdadero aval y garantía.

Parece que la solución única a esta situación, poco menos que de pantomima democrática, pasa por llegar a un acuerdo que garantice la votación dentro del marco jurídico vigente.

La situación está hoy absolutamente enquistada. Cada parte se ampara y cobija en sus principios (ambos sesgados) y se empeña en tensar la situación hasta conseguir que la ciudadanía, hastiada y asqueada, se fragmente cada vez más y pague las consecuencias, como así será.

Mientras tanto, desde fuera nos miran atónitamente y España y sus españas, una vez más, muestran sus vergüenzas y delatan su frágil e inmadura democracia. 

La Unión Europea debería intervenir, sin duda, pero para poner en cuarentena este insulto demócrata que representamos, todos sin excepción, y condenarnos a lamernos nuestras vergüenzas hasta que seamos capaces de levantar la cabeza, y con las ideas más claras y aposentadas, disfrutar de lo que significa un verdadero Estado de Derecho en democracia. 






domingo, 17 de septiembre de 2017

Los ciudadanos y su responsabilidad ante el 1-O

Ahora vamos a contar la historia de una manera bien distinta.

Hay una cosa en la que toda la ciudadanía coincide, independentista y no independentista, de Vic o de Baeza, es un hecho: la nula conexión y dialogo político en los últimos años entre Barcelona y Madrid o Madrid y Barcelona.

No trato de buscar culpables ahora ni razones que justifiquen a unos o a otros. Todos tendrán miles de argumentos para justificar esta ausencia casi absoluta del más mínimo entendimiento político, y por supuesto, amparados todos ellos por una verdad casi divina, por incuestionable.

No van estas letras de eso.

Dicho esto, la ciudadanía reclama a sus políticos la solución de sus problemas y anhelos, como es lógico y razonable. Y por supuesto, los políticos que representan a la fracción contraria no han estado a la altura, no han cumplido las expectativas: para los independentistas los políticos del gobierno se equivocan soberanamente; para los no independentistas, los políticos de Cataluña erran sobremanera.


Imaginemos por un momento que los ciudadanos, hartos del cerrajón político, reclamasen a los políticos que más fielmente los representan SOLUCIONES. No más historias de imposibilidades, de falta de dialogo, de desencuentros o enfrentamientos estériles...o la la calle, despedidos por incompetentes.


Simplemente soluciones que para eso os pagamos, para eso ostentáis esa condición de parlamentario, para eso os elegimos como representantes.

Ahora mismo los independentistas estarán pensado que “sus” políticos así lo han hecho: les han representado de la manera más fiel posible con sus actuaciones. De igual manera, los que no lo son, pensarán que los “suyos” están haciendo lo correcto dadas las circunstancias. Entonces: ¿quién es el último responsable de todo este galimatias?

Pero lo cierto es que la situación, en lugar de encaminarse hacia una SOLUCIÓN satisfactoria para todos, cada día se enquista más y nos ofrece un panorama más radicalizado y enfrentado.

Quizás, y solo digo quizás desde la condición de un iluso que sin nada mejor que hacer se entretiene escribiendo estas letras, la ciudadanía no ha sido capaz de dirigirse a sus representantes más afines y exigirles soluciones políticas más allá del enfrentamiento estéril y abocado a una lucha poco productiva para todos.


Lo que intento decir con esto es que culpamos a los políticos y nos olvidamos de la sinrazón que de igual manera se apodera día a día, cada vez más, de la ciudadanía en su conjunto, alimentándose precisamente de la baja categoría política que los representa, que en última instancia solo es capaz de utilizarlos para defender sus tristes estrategias o para reconfortarlos con el uso abusivo de la Ley, a falta de verdadera política.

Intuyo, pero no me hagáis mucho caso, -recordad que soy un pobre iluso aburrido-, que en otras latitudes donde la ciudadanía ha aprendido que esto de ser ciudadano es algo más que atrincherarse o saltar al vacío, la situación se habría solucionado de una manera bien distinta.


La amplitud de miras que requiere un ciudadano “evolucionado”, o del siglo XXI ya que está tan de moda expresar así lo último, lo más del ahora, dista mucho, a mi parecer, de la que veo a mi alrededor.


Seguimos siendo borregos, -y un vez más, tranquilos por lo de borregos, ya sabéis que soy un pobre iluso-, con un criterio propio más que hipotecado, subsidiario de lo que oye o le cuentan o le interesa. El buen ciudadano, tal y como lo entiende este pobre iluso, brilla por su ausencia.


En esta triste historia que estos tristes días nos acompaña, veo como hay una decantación continua e imparable hacia las posturas enfrentadas de nuestros tristes políticos y su estéril enfrentamiento por parte de la ciudadanía, sin el menor atisbo de sensatez, cordura y, por qué no, pensamiento propio, maduro, racional y sensato.


La ciudadanía es pasto de políticos de tres al cuarto. Los políticos de tres al cuarto, sabedores (me temo que es lo único que saben) de la falta de madurez de sus ciudadanos, hacen, deshacen y mal hacen con la impunidad del que se sabe héroe con migajas.

Al fin y al cabo, los políticos salen de la ciudadanía, sin ser, dicho sea de paso, lo más granado.


Si nuestros políticos tuviesen delante una ciudadanía bien distinta, otro gallo cantaría.  Pero creo que ya estamos hablando de Educación, la gran ausente de los últimos 40 años…y esa es otra historia, pero tan cercana…


Y que nadie se ofenda, yo me confieso como el más iluso de todos, vaya por delante.


viernes, 15 de septiembre de 2017

Al gobierno de Cataluña

Cuando el clamor del pueblo desde la calle pide la desobediencia a ciertas instituciones debe provocar una reacción en las mismas, sin duda: algo pasa.

Pero cuando esta desobediencia civil la recoge alguna forma de gobierno y la hace propia, transformándola en desobediencia institucional a la Ley que le ampara, ya no pasa solo algo; el Estado de Derecho salta por los aires y la legitimación de esta institución desaparece por completo, a los ojos de todo y de todos.

Si además la institución, “des-institucionalizada” por sí misma, intenta enmascarar su fatal maniobra bajo la palabra democracia, la confusión llega ya a límites insondables.

Confundir democracia con una manera de proceder en la que el poder es ejercido de manera autoritaria, creo que no tiene nombre, al menos por mi conocido. Democracia es democracia y totalitarismo es totalitarismo. Yo no conocía, al menos hasta estos días, la democracia totalitaria o el totalitarismo demócrata.


¿Qué crédito puede tener gobierno alguno que rehúya la Ley vigente para fundamentarse? ¿Acaso esta Ley es tan opresora? ¿Y si lo fuera, no sería esta misma Ley, o una muy similar, la que utilizará para fundamentarse?


Desde instancias supranacionales nunca serán respetados como gobierno legítimo. Desde instancias infra nacionales nunca podrá ser respetado. Le podrán reclamar en cualquier momento una secesión interna tal cual la llevo a cabo, al margen de todo marco jurídico.

No se escribe la historia del Derecho en 24 horas.

Es legítimo, y siempre ha sido y será así, que desde estamentos civiles se reclame más allá de la Ley. Es precisamente este el acicate que impulsa o promueve su revisión y actualización. Provoca la tensión necesaria para que las instituciones, dentro de los marcos jurídicos y legales, actúen, ejerzan su fuerza parlamentaria. Lo demás, no es política democrática.


El gobierno catalán se ha confundido, confunde y pasará a la historia como el gobierno del desgobierno.



Al gobierno de España

Cuando el clamor del pueblo desde la calle pide la desobediencia a ciertas instituciones debe provocar una reacción en las mismas, sin duda: algo pasa.


Estas instituciones a las que desautoriza la voz del pueblo no pueden ni deben hacer oídos sordos. Mirar hacia otro lado es la más infame de las formas de actuar. Es la omisión total al deber adquirido de todo gobernante.
La soberanía del pueblo, la democracia como sistema político que nos ampara y fundamenta nuestro Estado de Derecho, terminará dando la espalda a ese gobierno. Solo es cuestión de tiempo.


Las Leyes no pueden ser utilizadas con el malvado poder de Medusa, esa Diosa griega que petrificaba a quien le miraba a los ojos. Pero que no dude la Ley, o más propiamente dicho, el gobierno que se ampare bajo la misma buscando cobijo sin entender que no existe la Ley divina o eterna, que será decapitado antes o después por Perseo, tal como hizo éste con Medusa, y desde esa Ley buscará su reformulación y legitimación atendiendo a los anhelos del pueblo y la democracia que lo ampara y sustenta.


Que no nos engañen con cantos de sirenas el gobierno que desoye al pueblo y se vanagloria de ser demócrata por respetar la Ley. Este es un ejercicio de cinismo, cobardía y oportunismo indigno y desleal.


La Ley existe para ser respetada al igual que el pueblo para ser oído. Eso, y sólo eso, es verdadera democracia.


Nuestro gobierno, sordo, miope y manco, pasará a la historia como aquel que provocó en la omisión de su deber la mayor vergüenza de la España democrática del Siglo XXI.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Buenos días Sr. Político

14 de septiembre de 2017
Buenos días Sr. Político,

Seré muy breve, comprendo que no deseará dedicar más tiempo del imprescindible a leer estas letras.

Créame si de digo que me gustaría poder mantener esta conversación con usted, quizás para no tener que ser tan directo y saltarme olímpicamente tanto de lo que se podría hablar. Sé que sabrá excusarme por ello.

Así lo dicho, le diré que el valor de todo gobernante que aspire a ser algo más que un mero legislador de turno, se visualiza cuando, llegado el caso, es capaz de enfrentarse a aquellos que tiene cerca. Enfrentarse a los adversarios es fácil, siempre estás arropado por los tuyos.

No pretendo con esto darle ninguna lección ni condicionar sus legítimas elecciones, que quizás hasta podrían ser las mismas que las mías; lo que pretendo señalarle, de manera escueta y sin los necesarios argumentos (por cuestión de espacio y medios), es que en demasiadas ocasiones nuestras propias convicciones arropadas por el clamor y las simpatías de los que tenemos cerca, nos terminan cegando más de lo deseable.

He observado es usted un talante, más allá incluso de sus palabras, que me infunde un profundo respeto por rezumar –quizás me equivoque, le pido disculpas si así es-, un fondo que entiende y comprende, con una visión mucho más amplia y abierta, la situación que nos rodea.

La situación en Catalunya, a día de hoy, se ha radicalizado por ambas partes. No entraré ahora a analizarlas, no es el momento. Lo que sí le diré, Sr. Político, es que la mejor herramienta para reconducir esta situación estará en las mentes preclaras, lúcidas que sepan leer los acontecimientos desde una perspectiva, si me lo permite, a “modo hegeliano”. Es decir, se tiene y debe superar la confrontación recogiendo lo mejor y desterrando lo peor de las opciones enfrentadas, para ser capaces de crecer desde una perspectiva nueva y de mirada más amplia.

Claro, esto necesita de la persona (o personas) que sean capaces de aunar la crítica cercana y la ajena, y como le decía, semejante y noble acción requiere un “plus” de valor para enfrentarse con el coraje necesario, a propios y a extraños.

La historia, y usted lo sabe bien Sr. Político, nos ha dado múltiples ejemplos de lo que intento brevemente señalarle. El sentido común y la razón así también nos lo han demostrado sobradamente.

Le diría mucho más pero no quiero cansarle, además de no estar ni tan solo seguro de si leerá estas cuatro letras.

Sea como sea, reciba un cordial saludo

Att.



INDEPENDENCIA

Quiero independizarme de los independentistas, de los dependientes y de todo lo que huela a España (incluída Cataluña, claro)
País de fariseos, mentirosos, chistosos que solo se preocupan de lo básico pero olvidando y menospreciando lo fundamental.

El político, como no puede ser de otra manera, no es un alíen caído del cielo que nada tenga que ver con el resto. Más bien es el reflejo del resto pero con el poder que le otorga el saber que manda, que le resulta fácil inclinar la balanza a su favor cueste lo que cueste y con un único fin: sustentar este poder el mayor tiempo posible.

Los principios han sido pisoteados por los fines, los valores por los intereses y a España nos empiezan a mirar con desdén. Vamos a pagar las consecuencias todos juntos, como los borregos que en manada se mueven sin levantar la cabeza y sin saber a dónde van. Caeremos por el precipicio y aún querremos volar, por nuestros cojones.

Resulta casi imposible encontrar una voz que tenga el más mínimo tono empático, que entienda que hay otro que puede y debe ser escuchado y, dicho sea de paso, no tiene la culpa de todo lo malo que nos pasa.

La historia nos ha demostrado, una y mil veces, que los nacionalismos, sean del color que sean, fácilmente caen en el saco del radicalismo más absurdo y dañino. Pero nada, nos empeñamos en abonar el terreno y sembrar odio y rencor, casi siempre infundado o que encuentran sus pilares en las mentiras de ayer, de hoy y de las que a buen seguro nos acompañarán mañana.

Hacen falta realmente muy pocos actores para articular todo este desaguisado. Desde el mundo de la cultura, la del libro y la popular, se va cimentando, paso a paso pero sin descanso, todo el andamiaje para sustentar un mundo de insensateces que luego, el pueblo, repite sin ni tan solo cuestionarse y termina aceptando y tatuándose en el mismo tuétano. La compota está servida. Y ya solo queda mentir y seguir mintiendo para sustentar una situación indigerible, se mire por donde se mire.
Y que nos queda, o que me queda: sentir vergüenza.

Si yo fuera Europa, me quitaría lastre: fuera España que no estamos para imbecilidades. Saludos.


miércoles, 13 de septiembre de 2017

El encaje de "Cataluña" en "Espanya"

Al igual que un hilo puede enhebrar una aguja, "Cataluña" puede encajar en "Espanya" si se afina un poco el tiro y no le tiembla el pulso a quien corresponda.


Una cosa está muy clara: no se conseguirá nada con el uso único y exclusivo de la Ley vigente. Amparándose en ésta, solamente se conseguirá menospreciar la voz del que disiente, abonando día a día, minuto a minuto, el desencuentro y la radicalización de posturas. El radicalismo aparecerá como única fórmula y éste, como hemos visto, conducirá a la desobediencia. Y de ahí a la fractura profunda en las calles y sus consecuencias. Y de esto solo estamos a un paso.

No es necesario tampoco que la ley ceda ante el reclamo del pueblo y la interesada mirada de políticos que se sitúen al margen de la ley, pero sí que es indispensable que el poder legislativo sepa oír las voces de aquellos que reclaman modificaciones en nuestro marco legislativo: los tiempos cambian y las leyes de ayer deben ser adaptadas, lógica y sensatamente. No se trata de obligar a nadie a quedarse, sino de tratar de convencer para que deseen permanecer por el bien de todos. Hay argumentos de sobra para que así sea, sin duda. Hay que ser muy básico y de mirada muy corta para no ver que es lo mejor, para unos y para otros (que a la postre son los mismos), aunque no en estas condiciones ni con semejantes "apolíticos".

Tampoco se trata de contemplar como única opción válida irse, como si la culpa de todos los males propios sea de las políticas de otros. Esta es una coartada, que antes o después desenmascara a cualquiera. Durante años hemos vivido un desencuentro en el que los únicos y verdaderos perjudicados éramos los ciudadanos. Políticos de baja talla que solo han sido capaces de remar al viento de la marea o permanecer en puerto viéndolas venir. En el primer caso ha faltado coraje para corregir el oleaje, en el segundo, valor para salir a navegar cuando los vientos no son favorables.

Lo cierto es que siento una mezcla de pena, rabia y tristeza cuando intento sacar alguna conclusión de valor de las palabras de nuestros gobernantes. Algunos que no ostentan el poder decisorio destilan en ocasiones cierta sabiduría política. En esos momentos, al resto le suenan como cantos de sirenas.

Mienten de una manera atroz, desmedida o se sitúan bajo trincheras propias del más añejo caciquismo trasnochado. Y luego están los venidos a más, los agregados a esto de hacer política, que enturbian el panorama más si cabe, vociferando frases aprendidas que sueltan, sobre todo en las redes, como bombas con el único fin de alcanzar cierta notoriedad, sin ni tan solo ser capaces de vislumbrar el flaco favor que hacen a la ciudadanía en su conjunto y a la política en particular. Supongo que ese es el precio que tenemos que pagar, o, dicho de otra manera, la clase política que nos merecemos.

Espero y deseo, -o casi debería replantearme mis creencias y empezar a tener fe-, que algún político con cierta capacidad de decisión o convicción, sea capaz de replantear la situación con una mirada más amplia y tenga el arrojo de enfrentarse primero a propios, para luego tener recorrido en su dialéctica con los ahora ajenos. Y solo así, si afina el tiro y no le tiembla el pulso, será capaz de reconducir satisfactoriamente la situación. Saludos.






lunes, 11 de septiembre de 2017

La independencia catalana, España y sus políticos.

Más allá de avanzar oponiendo conceptos, existe una forma de razonar en la que diferentes juicios pueden ser asumidos, conservando la verdad de cada uno de ellos y ser superados en una noción nueva y más completa.

Esto es Hegel en esencia, pero claro, para que la filosofía...

Pues bien, nuestros irresponsables políticos no son capaces de entender que es eso que los define: la política. 

Los ideales políticos de cada cual son absolutamente legítimos, pero el fin último del político no es otro que conseguir que esos conceptos ideales, a través del tamiz inexcusable de la realidad, sean contrastados y busquen, como último fin, lo mejor para la mayoría.

Dicho así parece hasta sencillo, pero nuestra triste realidad nos precipita a pensar lo lejos que están (y estamos) de tan solo acercarnos a lo que significa el ser y el hacer del político. Confunden ideales con realidad, verdad con poder, dialogo con monólogo...

En España vivimos estos días un ejemplo paradigmático de esta situación. 

Los que únicamente se amparan en la Ley, por un lado, y el desacato de la misma, por otro, de los que buscan con la fuerza de la voz del pueblo una autolegitimación indigna, nos conduce a una situación, a un estado de absoluta perplejidad, desconcierto e indecisión.

La salida a esta tesitura únicamente tiene un camino y me emplazo con quien quiera a releer estas líneas en los días, semanas o meses venideros. Y no es una cuestión de encantamientos o revelaciones del más allá: responde simplemente al razonamiento más elemental.

Ni los independentistas conseguirán fundar la República Catalana bajo estos términos, ni el gobierno central logrará aplacar la voz de demasiadas personas haciendo uso de la Ley a golpe de mazo.

La incomunicación de los que tenían la obligación de comunicarse, pactar, dialogar, ceder y avanzar, quizás haga pagar a demasiados su ineptitud, de esto no cabe duda.

El qué pasará es bien sencillo: ambos extremos deberán ceder y buscar un punto de confluencia. El cómo es lo que resulta complicado de dirimir: ¿cuánto tiempo, esfuerzos, recursos y sufrimiento tendremos que pagar antes de destronar los ideales y bajarlos a la arena de la realidad? Esto no lo sabe nadie, pero el final del camino es uno y único: una verdad (que como todas será transitoria) que recoja lo certero, evidente, sincero y efectivo de cada una de las dos partes extremas, obligadas a confluir.

Yo invito desde aquí a abandonar las posturas extremas, a alejarse de ellas. Pensar que la razón o la verdad amparan posiciones radicalizadas es el mayor error de la humanidad, que día a día y sin descanso se empeña en poner de manifiesto.

Mariano Rajoy lleva muchos años atrincherado sin entender que los problemas forman parte del ser de la política y no deben nunca obviarse bajo el pretexto de un Ley “salvaguardadora” por la eternidad. La Ley divina y eterna no existe y siempre, siempre son mejorables. 
Carles Puigdemont ha radicalizado igualmente su postura y ha entrado en una espiral de autodestrucción interna y externa. No ha sabido ver que precisamente la postura de su adversario político le ha beneficiado en ese auge humano que es su potencial y ampara ilegalmente su rebeldía. 

Si ambos (y tantos otros que les rodean) hubiesen sido capaces de ver más allá de la inmediatez y comportase como verdaderos políticos, quizás hoy no estaríamos donde estamos. Pero claro, para ello hace falta valor. Y que nadie se confunda; el verdadero valor se demuestra cuando eres capaz de enfrentarte no con el contrincante, ahí siempre estás arropado, sino con tus aliados, con tu propio partido si así lo consideras oportuno.

Ni Mariano Rajoy ha sido capaz de enfrentarse a los sectores más radicales del PP (recordemos que en España no ha habido un resurgir de partidos de extrema derecha como en el resto de Europa, se mantiene dentro del PP por considerarlo la fuerza más alejada de la izquierda) ni Carles Puigdemont ha sido valiente para acallar las posturas radicalizadas (CUP), como tampoco en el seno de su propio partido, dónde políticos venidos a más... como Turull, cada día ofrecen una cara más amarga, triste y cerrada de la política.

Hay mucho que perder y muy poco que ganar. Lástima la ausencia casi total de grandes políticos capaces de reconducir la situación, pero ya nos lo avisaron Aristóteles y Platón. Saludos.


sábado, 9 de septiembre de 2017

FUNDAMENTOS DE LA NUEVA REPÚBLICA CATALANA

FUNDAMENTOS DE LA NUEVA REPÚBLICA CATALANA



Los políticos catalanes favorables a un referéndum unilateral en Cataluña precipitan a España a una situación, como mínimo, delicada.

Como aún quedan unos días me voy a permitir imaginar que este referéndum se lleva a cabo y la opción del sí es la más votada. 

A partir de aquí, y esta sería la opción ideal más propicia al independentismo catalán, la situación creo que merece ser analizada con cierto detenimiento.



Acaba de nacer un nuevo Estado, La República Catalana, que de entrada e inexorablemente no formará parte de la Unión Europea. Podrá solicitar su adhesión si se ponen de acuerdo los gobernantes catalanes. Bien es sabido que desde la CUP no estarán por la labor y chocará frontalmente con el resto de las fuerzas políticas de la recién nacida República. Pero más allá de esto, no será tarea fácil ni de dos días conseguir integrarse si así se lo proponen finalmente. Quizás estemos hablando del lapso de una generación para lograrlo. 

Luego está el tema de articular todo el andamiaje que supone fundar un Estado. Aquí hay tanto de qué hablar...

Y todavía más importante: el mundo de la Empresa. La que quede tendrá que asumir un coste de supervivencia complicado, por no decir muy complejo, arduo y en momentos de dificultad titánica.

Pero todo esto, fíjense, se me antoja que no es nada comparado con lo que ahora voy a decir.




FUNDAMENTOS DE LA NUEVA REPÚBLICA

La nueva República habrá nacido bajo el amparo del digno derecho a votar, que como predican hoy, es el baluarte de la soberanía de todo pueblo y el ejemplo más ilustre de lo que representa la palabra democracia.

En principio esto puede sonar muy bien, pero olvida o menosprecia algo absolutamente irrenunciable para todo ciudadano que se digne de serlo: la Ley y todo lo que ello implica.

Lo diré más claro: votar menospreciando la Ley nos aboca al más profundo de los sinsentidos y a la más aberrante situación política, social y moral.

Pondré un ejemplo que suelen ser bastante clarificadores. Imaginemos que un grupo radical reivindica un referéndum para preguntar si la opción que le interese puede llevarse a cabo bajo el pretexto de que votar es un derecho inalienable incluso en el caso de situarse al margen de la Ley. Y añadiré más: no hace falta que voten todos los implicados (en el caso de la secesión de Cataluña serían todos los españoles, no sólo los catalanes como fundamentan los independentistas) sino solo los radicales que reclaman su referéndum unilateral y al margen de la ley. Cuando digo radicales me refiero a cualquier agrupación con intereses propios y ajenos a la ley vigente, imaginen ustedes lo que quieran.

Pero hombre, dirán algunos, estás comparando el noble ejercicio de la autodeterminación con radicalismos ilegales y perniciosos. No soy tan burdo. Estoy comparando la "legitimización" que provoca saltarse a la torera el orden más básico de todo Estado de Derecho y las consecuencias que derivan de ello, se reclame lo que se reclame.



Todo ciudadano tiene derecho a votar, pero siempre dentro de un marco de Derecho. 
La desobediencia institucional sobre el que supuestamente te oprime o maltrata, solo está legitimada cuando los Derechos Fundamentales de las personas se vulneran. En el caso que nos ocupa no está justificada lo más mínimo.



La comunidad internacional no se permitirá el lujo de reconocer un nuevo Estado fundado en estas condiciones. 



La demanda  en Cataluña es absolutamente legítima; el modo en que se está llevando a cabo la deslegitima por completo. Y la razón es muy simple: conseguir derechos legítimos no puede nunca llevarse a cabo al margen de los legítimos derechos establecidos. Y repito, si estos últimos no lo fueran la cuestión sería radicalmente diferente. Pero no es el caso ni nadie sensato debería ni tan solo planteárselo.

Y además, si queremos seguir rizando el rizo, cualquier parte de la nueva República podría en cualquier momento reivindicar su secesión, al margen del nuevo orden o Constitución de la misma, alegando como único pretexto ejercer el mismo derecho a "decidir" que tuvo en su fundación antilegal esta supuesta Republica Catalana que ahora le ampara. Y así hasta el infinito y más allá...

Si algún independentista catalán lee estas cuatro letras y piensa que soy un españolista acérrimo, además de equivocarse por completo, no habrá entendido nada de lo que pretendo señalar. Saludos.