"La Unión
Europea debería intervenir, sin duda, pero para poner en cuarentena este
insulto demócrata que representamos España
y sus españas, todos sin excepción,
y condenarnos a lamernos nuestras vergüenzas hasta que seamos capaces de
levantar la cabeza, y con las ideas más claras y aposentadas, disfrutar de lo
que significa un verdadero Estado de Derecho en democracia."
Me gustaría empezar estas últimas letras antes del 1-O
con la palabra que cierra el anterior párrafo, democracia.
Hace ya algunos años tuve la suerte de disfrutar de
las magistrales clases del profesor Ramón Valdés, excelente docente y todavía,
si era posible, mejor persona.
Durante un curso entero intentamos descifrar que
definición recogía eso que todos sabíamos y resultó, a la postre, tan
difícil de definir. No era otra cosa que la palabra Religión. No se trataba de
hacer religión ni de fomentarla; tan solo se trataba de intentar llegar a la
esencia de lo que para la historia, toda ella, había representado sin
exclusiones.
No voy a hablar aquí hoy de religión, aunque si voy a
recoger las enseñanzas del querido y añorado profesor Valdés.
Nos enseñó que para definir con la mayor certeza
posible, debíamos abandonar ciertas pretensiones demasiado aglutinadoras y
quedarnos con lo esencial que nos permitiría luego seguir creciendo. Si no éramos
capaces de captar la esencia, pero toda ella, estaríamos condenados a vagar
por las especulaciones y danzar perdidos, sin remedio, en un mar de dudas.
Gracias, muchas gracias querido profesor.
Pues bien, voy a tratar de ceñirme a lo que aprendí e
intentar llegar a una definición mínima de la palabra democracia.
La democracia, como la propia palabra señala, concede
la soberanía al pueblo. Es decir, el pueblo es la autoridad que proclama, a
través del voto personal y legítimo, quién gobernará según su propuesta
presentada. Todo esto tendría poco o nulo sentido si no estuviese sometido
a un orden jurídico, a un marco regulador que garantizase que se lleva a cabo
dentro de unas disposiciones o leyes conocidas.
Siendo esto así, cuando se instaura una nueva o
naciente democracia, es necesario primero someter a referéndum este marco
jurídico o constitucional sobre el que se amparará el proceder de la
recién inaugurada democracia. A partir de aquí, y ahora sí, una vez
establecido el pacto constitucional, el campo de juego legal y jurídico mínimo
e inquebrantable, se procederán a realizar las elecciones democráticas que
determinarán cual será el gobierno encargado de desarrollar durante el tiempo
pactado su propuesta y la forma de llevarla a cabo.
Esta conjunción indisoluble de voto y ley es la que
configura lo que en esencia se conoce como nuestro Estado de Derecho
democrático.
Estamos sometidos y protegidos por una norma, un
sistema de leyes que encuentran su refrendo en la voluntad del pueblo expresada
a través de su voto.
Así, la democracia moderna, nuestra democracia, podríamos definirla
cómo:
- "Modo de convivir en el que los sujetos eligen libremente las relaciones contractuales que organizan su convivencia"
Esta definición podría parecer satisfactoria, pero
realmente solo lo es en lo referente al establecimiento de una naciente
democracia. Es decir, si no se acota un poco mejor que es la democracia,
estaríamos inmersos sin remedio en una redefinición continua de la propia democracia y lo que está representa,
y lo que es peor, nos olvidaríamos por completo del necesario e
inquebrantable respeto al marco jurídico establecido: podríamos tumbar sin
más la Ley, el Estado de Derecho establecido. Absurdamente,
estaríamos anclados en un referéndum continuo sin posibilidad de
respeto a marco jurídico alguno, a terreno de juego delimitado.
Estaríamos instalados en el caos o desgobierno absoluto. Pero eso sí, muy
libres. Tanto que desamparados.
De esta manera, quizás sería más correcto formularla
como:
- "Modo de convivir en el que los sujetos eligen libremente y respetan las relaciones contractuales que organizan su convivencia"
Este sutil "respetan" añade un valor
a la definición que me parece de una trascendencia total e incuestionable.
Ahora sí, se conforman y cumplen las dos premisas
mínimas que garantizan y dan sentido a lo que es ser demócrata: voz del
pueblo y respeto a la Ley.
Quien se atreve a desoír al pueblo o a situarse
más allá de la ley establecida, difícilmente podrá nunca declararse
demócrata.
Madrid ha desoído al pueblo catalán.
Barcelona ha quebrantado la ley.
No hay ni había razón alguna para obviar las demandas
de un pueblo. No hay ni había razón alguna para obviar el respeto a la ley.
El Estado de Derecho solo tiene sentido si se escucha la voz soberana del pueblo. Aquí falla estrepitosamente el gobierno central.
Las normas que enmarcan un Estado de Derecho solo podemos modificarlas desde el
respeto al propio Estado de Derecho. Aquí falla estrepitosamente el govern català.
Solo y solo sí, Madrid cede y escucha al pueblo
catalán y Barcelona cede y acata la ley, la democracia volverá a
instaurarse. Ambos deben iniciar un dialogo político de altura. Lo demás son monsergas o desatinos que pagaremos todos.
La democracia, aunque todos se jactan de pronunciar su
nombre y hacerla suya, hoy, 29/09/2017 está huérfana y abandonada.
Un aspirante a demócrata