Más allá de avanzar oponiendo conceptos, existe una forma de
razonar en la que diferentes juicios pueden ser asumidos, conservando la verdad
de cada uno de ellos y ser superados en una noción nueva y más completa.
Esto es Hegel en esencia, pero
claro, para que la filosofía...
Pues bien, nuestros
irresponsables políticos no son capaces de entender que es eso que los define:
la política.
Los ideales políticos de cada
cual son absolutamente legítimos, pero el fin último del político no es otro
que conseguir que esos conceptos ideales, a través del tamiz inexcusable de la
realidad, sean contrastados y busquen, como último fin, lo mejor para la mayoría.
Dicho así parece hasta
sencillo, pero nuestra triste realidad nos precipita a pensar lo lejos que
están (y estamos) de tan solo acercarnos a lo que significa el ser y el hacer
del político. Confunden ideales con realidad, verdad con poder, dialogo con monólogo...
En España vivimos estos días un
ejemplo paradigmático de esta situación.
Los que únicamente se amparan
en la Ley, por un lado, y el desacato de la misma, por otro, de los que buscan
con la fuerza de la voz del pueblo una autolegitimación indigna, nos conduce a
una situación, a un estado de absoluta perplejidad, desconcierto e indecisión.
La salida a esta tesitura únicamente
tiene un camino y me emplazo con quien quiera a releer estas líneas en los días,
semanas o meses venideros. Y no es una cuestión de encantamientos o
revelaciones del más allá: responde simplemente al razonamiento más elemental.
Ni los independentistas
conseguirán fundar la República Catalana bajo estos términos, ni el gobierno
central logrará aplacar la voz de demasiadas personas haciendo uso de la Ley a
golpe de mazo.
La incomunicación de los que tenían la obligación de comunicarse,
pactar, dialogar, ceder y avanzar, quizás haga pagar a demasiados su ineptitud,
de esto no cabe duda.
El qué pasará es bien sencillo:
ambos extremos deberán ceder y buscar un punto de confluencia. El cómo es lo
que resulta complicado de dirimir: ¿cuánto tiempo, esfuerzos, recursos y sufrimiento
tendremos que pagar antes de destronar los ideales y bajarlos a la arena de la
realidad? Esto no lo sabe nadie, pero el final del camino es uno y único: una
verdad (que como todas será transitoria) que recoja lo certero, evidente,
sincero y efectivo de cada una de las dos partes extremas, obligadas a
confluir.
Yo invito desde aquí a
abandonar las posturas extremas, a alejarse de ellas. Pensar que la razón o la
verdad amparan posiciones radicalizadas es el mayor error de la humanidad, que
día a día y sin descanso se empeña en poner de manifiesto.
Mariano Rajoy lleva muchos años
atrincherado sin entender que los problemas forman parte del ser de la política
y no deben nunca obviarse bajo el pretexto de un Ley “salvaguardadora” por la
eternidad. La Ley divina y eterna no existe y siempre, siempre son
mejorables.
Carles Puigdemont ha
radicalizado igualmente su postura y ha entrado en una espiral de
autodestrucción interna y externa. No ha sabido ver que precisamente la postura
de su adversario político le ha beneficiado en ese auge humano que es su
potencial y ampara ilegalmente su rebeldía.
Si ambos (y tantos otros que
les rodean) hubiesen sido capaces de ver más allá de la inmediatez y comportase
como verdaderos políticos, quizás hoy no estaríamos donde estamos. Pero claro,
para ello hace falta valor. Y que nadie se confunda; el verdadero valor se
demuestra cuando eres capaz de enfrentarte no con el contrincante, ahí siempre
estás arropado, sino con tus aliados, con tu propio partido si así lo
consideras oportuno.
Ni Mariano Rajoy ha sido capaz
de enfrentarse a los sectores más radicales del PP (recordemos que en España no
ha habido un resurgir de partidos de extrema derecha como en el resto de
Europa, se mantiene dentro del PP por considerarlo la fuerza más alejada de la
izquierda) ni Carles Puigdemont ha sido valiente para acallar las posturas
radicalizadas (CUP), como tampoco en el seno de su propio partido, dónde
políticos venidos a más... como Turull, cada día ofrecen una cara más amarga,
triste y cerrada de la política.
Hay mucho que perder y muy poco
que ganar. Lástima la ausencia casi total de grandes políticos capaces de
reconducir la situación, pero ya nos lo avisaron Aristóteles y Platón. Saludos.
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