Cuando el clamor del pueblo desde la
calle pide la desobediencia a ciertas instituciones debe provocar una reacción
en las mismas, sin duda: algo pasa.
Estas instituciones a las que
desautoriza la voz del pueblo no pueden ni deben hacer oídos sordos. Mirar
hacia otro lado es la más infame de las formas de actuar. Es la omisión total
al deber adquirido de todo gobernante.
La soberanía del pueblo, la
democracia como sistema político que nos ampara y fundamenta nuestro Estado de
Derecho, terminará dando la espalda a ese gobierno. Solo es cuestión de tiempo.
Las Leyes no pueden ser utilizadas
con el malvado poder de Medusa, esa Diosa griega que petrificaba a quien le
miraba a los ojos. Pero que no dude la Ley, o más propiamente dicho, el
gobierno que se ampare bajo la misma buscando cobijo sin entender que no existe
la Ley divina o eterna, que será decapitado antes o después por Perseo, tal
como hizo éste con Medusa, y desde esa Ley buscará su reformulación y
legitimación atendiendo a los anhelos del pueblo y la democracia que lo ampara
y sustenta.
Que no nos engañen con cantos de
sirenas el gobierno que desoye al pueblo y se vanagloria de ser demócrata por
respetar la Ley. Este es un ejercicio de cinismo, cobardía y oportunismo
indigno y desleal.
La Ley existe para ser respetada al
igual que el pueblo para ser oído. Eso, y sólo eso, es verdadera democracia.
Nuestro gobierno, sordo, miope y
manco, pasará a la historia como aquel que provocó en la omisión de su deber la
mayor vergüenza de la España democrática del Siglo XXI.
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