Al igual que un hilo puede enhebrar una aguja, "Cataluña" puede encajar en "Espanya" si se afina un poco el tiro y no le tiembla el pulso a quien corresponda.
Una cosa está muy clara: no se conseguirá nada con el uso
único y exclusivo de la Ley vigente. Amparándose en ésta, solamente se
conseguirá menospreciar la voz del que disiente, abonando día a día, minuto a
minuto, el desencuentro y la radicalización de posturas. El radicalismo
aparecerá como única fórmula y éste, como hemos visto, conducirá a la desobediencia.
Y de ahí a la fractura profunda en las calles y sus consecuencias. Y de esto solo estamos a un paso.
No es necesario tampoco que
la ley ceda ante el reclamo del pueblo y la interesada mirada de políticos que
se sitúen al margen de la ley, pero sí que es indispensable que el poder
legislativo sepa oír las voces de aquellos que reclaman modificaciones en nuestro
marco legislativo: los tiempos cambian y las leyes de ayer deben ser adaptadas,
lógica y sensatamente. No
se trata de obligar a nadie a quedarse, sino de tratar de convencer para que
deseen permanecer por el bien de todos. Hay argumentos de sobra para que así
sea, sin duda. Hay que ser muy básico y de mirada muy corta para no ver que es
lo mejor, para unos y para otros (que a la postre son los mismos), aunque no en
estas condiciones ni con semejantes "apolíticos".
Tampoco se trata de contemplar
como única opción válida irse, como si la culpa de todos los males propios sea de
las políticas de otros. Esta es una coartada, que antes o después desenmascara
a cualquiera. Durante años hemos vivido un desencuentro en el que los únicos y
verdaderos perjudicados éramos los ciudadanos. Políticos de baja talla
que solo han sido capaces de remar al viento de la marea o permanecer en puerto
viéndolas venir. En el primer caso ha faltado coraje para corregir el
oleaje, en el segundo, valor para salir a navegar cuando los vientos no son
favorables.
Lo cierto es que siento una
mezcla de pena, rabia y tristeza cuando intento sacar alguna conclusión de
valor de las palabras de nuestros gobernantes. Algunos que no ostentan el poder
decisorio destilan en ocasiones cierta sabiduría política. En esos momentos, al
resto le suenan como cantos de sirenas.
Mienten de una manera atroz, desmedida o se sitúan bajo trincheras
propias del más añejo caciquismo trasnochado. Y luego están los venidos a más,
los agregados a esto de hacer política, que enturbian el panorama más si cabe,
vociferando frases aprendidas que sueltan, sobre todo en las redes, como bombas
con el único fin de alcanzar cierta notoriedad, sin ni tan solo ser capaces de
vislumbrar el flaco favor que hacen a la ciudadanía en su conjunto y a la política
en particular. Supongo que ese es el precio que tenemos que pagar, o, dicho de
otra manera, la clase política que nos merecemos.
Espero y deseo, -o casi debería
replantearme mis creencias y empezar a tener fe-, que algún político con cierta
capacidad de decisión o convicción, sea capaz de replantear la situación con
una mirada más amplia y tenga el arrojo de enfrentarse primero a propios, para
luego tener recorrido en su dialéctica con los ahora ajenos. Y solo así, si
afina el tiro y no le tiembla el pulso, será capaz de reconducir satisfactoriamente
la situación. Saludos.
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