miércoles, 13 de septiembre de 2017

El encaje de "Cataluña" en "Espanya"

Al igual que un hilo puede enhebrar una aguja, "Cataluña" puede encajar en "Espanya" si se afina un poco el tiro y no le tiembla el pulso a quien corresponda.


Una cosa está muy clara: no se conseguirá nada con el uso único y exclusivo de la Ley vigente. Amparándose en ésta, solamente se conseguirá menospreciar la voz del que disiente, abonando día a día, minuto a minuto, el desencuentro y la radicalización de posturas. El radicalismo aparecerá como única fórmula y éste, como hemos visto, conducirá a la desobediencia. Y de ahí a la fractura profunda en las calles y sus consecuencias. Y de esto solo estamos a un paso.

No es necesario tampoco que la ley ceda ante el reclamo del pueblo y la interesada mirada de políticos que se sitúen al margen de la ley, pero sí que es indispensable que el poder legislativo sepa oír las voces de aquellos que reclaman modificaciones en nuestro marco legislativo: los tiempos cambian y las leyes de ayer deben ser adaptadas, lógica y sensatamente. No se trata de obligar a nadie a quedarse, sino de tratar de convencer para que deseen permanecer por el bien de todos. Hay argumentos de sobra para que así sea, sin duda. Hay que ser muy básico y de mirada muy corta para no ver que es lo mejor, para unos y para otros (que a la postre son los mismos), aunque no en estas condiciones ni con semejantes "apolíticos".

Tampoco se trata de contemplar como única opción válida irse, como si la culpa de todos los males propios sea de las políticas de otros. Esta es una coartada, que antes o después desenmascara a cualquiera. Durante años hemos vivido un desencuentro en el que los únicos y verdaderos perjudicados éramos los ciudadanos. Políticos de baja talla que solo han sido capaces de remar al viento de la marea o permanecer en puerto viéndolas venir. En el primer caso ha faltado coraje para corregir el oleaje, en el segundo, valor para salir a navegar cuando los vientos no son favorables.

Lo cierto es que siento una mezcla de pena, rabia y tristeza cuando intento sacar alguna conclusión de valor de las palabras de nuestros gobernantes. Algunos que no ostentan el poder decisorio destilan en ocasiones cierta sabiduría política. En esos momentos, al resto le suenan como cantos de sirenas.

Mienten de una manera atroz, desmedida o se sitúan bajo trincheras propias del más añejo caciquismo trasnochado. Y luego están los venidos a más, los agregados a esto de hacer política, que enturbian el panorama más si cabe, vociferando frases aprendidas que sueltan, sobre todo en las redes, como bombas con el único fin de alcanzar cierta notoriedad, sin ni tan solo ser capaces de vislumbrar el flaco favor que hacen a la ciudadanía en su conjunto y a la política en particular. Supongo que ese es el precio que tenemos que pagar, o, dicho de otra manera, la clase política que nos merecemos.

Espero y deseo, -o casi debería replantearme mis creencias y empezar a tener fe-, que algún político con cierta capacidad de decisión o convicción, sea capaz de replantear la situación con una mirada más amplia y tenga el arrojo de enfrentarse primero a propios, para luego tener recorrido en su dialéctica con los ahora ajenos. Y solo así, si afina el tiro y no le tiembla el pulso, será capaz de reconducir satisfactoriamente la situación. Saludos.






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