Desde Cataluña el gobierno autonómico se ampara en el derecho
a votar para luchar, contra viento y marea, incluso desobedeciendo al TC y
a quien haga falta.
Desde España el gobierno
central se ampara en el cumplimiento de la Ley de espaldas al pueblo para doblegar,
contra viento y marea, a las instituciones catalanas.
El Estado
democrático que nos ampara, dicho con palabras muy sencillas, se
fundamenta en la soberanía del pueblo (voto) y en la leyes que emanan (ley)
desde las instancias que representan a esta ciudadanía. Es imposible entender
el sentido pleno de lo que significa democracia si prescindimos de cualquiera
de los términos. El sometimiento de uno a otro es solo el resultado de un
fracaso político monumental, que terminará dañando las estructuras más
profundas y que tanto esfuerzo y sangre nos costó conquistar. Pero la memoria
es débil y la autocomplacencia, febril.
Las leyes garantizan
nuestras libertades, entre las que se encuentra de manera preponderante
el derecho a votar. Este derecho inalienable se circunscribe en
unos contratos que se establecen con el fin de garantizar la convivencia y
libertad de los miembros que formamos parte de la comunidad.
El voto al margen de la ley
o la ley que menosprecie el voto dinamitan nuestra sociedad.
Si la Ley se quebranta, salta
por los aires el Estado de Derecho.
Si el derecho a votar se
menosprecia, el Estado de Derecho pierde su verdadero aval y garantía.
Parece que la solución única
a esta situación, poco menos que de pantomima democrática, pasa por llegar a un
acuerdo que garantice la votación dentro del marco jurídico vigente.
La situación está hoy
absolutamente enquistada. Cada parte se ampara y cobija en sus principios
(ambos sesgados) y se empeña en tensar la situación hasta conseguir que la ciudadanía,
hastiada y asqueada, se fragmente cada vez más y pague las consecuencias, como
así será.
Mientras tanto, desde fuera nos
miran atónitamente y España y sus españas, una vez más, muestran sus vergüenzas
y delatan su frágil e inmadura democracia.
La Unión Europea debería
intervenir, sin duda, pero para poner en cuarentena este insulto demócrata que
representamos, todos sin excepción, y condenarnos a lamernos nuestras
vergüenzas hasta que seamos capaces de levantar la cabeza, y con las ideas más
claras y aposentadas, disfrutar de lo que significa un verdadero Estado de
Derecho en democracia.
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