martes, 19 de septiembre de 2017
Faltó capacidad de negociación
Desde Madrid la torpeza del poderoso aniquiló un principio democrático incuestionable e irrenunciable: la necesaria capacidad negociadora del que ostenta más poder. Sin ésta, el uso de la ley se transforma fulminantemente en abuso de la misma.
En Cataluña el conglomerado de fuerzas opuestas bajo un único principio o fin, la independencia, desarboló de igual manera toda posibilidad negociadora. Frente al muro del Estado se precipitaron al abismo de la desobediencia institucional. La facción antisistema, aunque minoritaria, impuso su fuerza amparada en el clamor del pueblo, el mismo que durante los últimos años pasó inadvertido y obviado por la ceguera de un gobierno estatal rehén de sí mismo.
Ante este panorama, la ausencia absoluta de líderes de verdadero peso específico que supieran enfrentarse a propios con el afán de encontrar el camino hacia la negociación política, acabó de determinar la situación en la que hoy nos encontramos.
La canalización de la situación hoy requiere, todavia más, capacidad de negociación.
La ley por sí sola no será capaz de reconducir a un pueblo, a una marea humana que ha servido de coartada a un gobierno para situarse en terreno de nadie, y lo que es aun peor, servir igualmente de coartada para los que se amparan en el uso y abuso de la ley.
Legitimarse como Estado al margen de la ley, sin la capacidad suficiente para negociar la dignidad que merece semejante empresa dentro de una democracia, desacredita toda independencia que busque el reconocimiento de propios y extraños.
Se ha cogido el camino más largo y tortuoso, lleno de punzadas sangrantes legalistas y caceroladas que vacían los escaños.
Pero la historia es inapelable. La negociación se impondrá como no puede ser de otra manera, les duela a unos o la sufran otros. Y la única recompensa de coger la ruta más tortuosa será, sin lugar a dudas, la salida del terreno de juego de aquellos que demostraron tan poca categoria política así como sensibilidad social. En esencia, lo esencial del político: capacidad negociadora.
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