Para padres
Para profesores
Para políticos
Para todos…
Me alegra mucho que la educación sea un tema
de debate hoy; es síntoma inequívoco de que algo cambiará.
No me alegra tanto que nos perdamos en discursos
sobrecargados que en última instancia terminan paralizándonos o, como mínimo,
provocando un efecto poco efectivo.
Quiero apuntar una cuestión muy básica que
hace referencia a los fundamentos de la educación y, a mi modo de ver, no abruma
o apabulla con discursos altisonantes y cargados solo de buenas intenciones. A
la vez, creo sinceramente que es bastante edificante y buen fundamento o posible
punto de partida. Solamente requiere una mirada nueva, poco más.
Me parece muy estimulante
concebir el saber, los conocimientos como proceso más que como producto. Es
decir, si consideramos que los saberes son alguna cosa que está ahí y la
educación consiste en el traspaso de los mismos a los alumnos, como si de una
mercancía se tratase, flaco favor estaremos haciendo al aprendizaje.
De diferente manera, debemos concebir los
contenidos de los programas de educación, como un conjunto de nociones que
enfocadas pedagógicamente sirvan para despertar, a través de la curiosidad y la
participación activa, el interés del alumno y le permita crear conocimiento, no
adquirirlo de manera impostada.
Es muchísimo menos
importante el proceso mecánico de cómo hacer una división, que la
comprensión del concepto de la misma lograda a través del interés primero, y la
necesidad después, de resolver un problema que inquiete al alumno. La mecánica
tendrá entonces sentido, se habrá vivido como un proceso que era más importante
que la consecución solo de un resultado carente de significancia, o como simplemente un producto transmitido, sin más.
Al fin y al cabo, el estímulo incombustible del investigador, del científico, del que quiere saber bebe de esta fuente inagotable. Con los conocimientos que atesora
construye nuevos saberes planteándose dudas que le inquietan. En las aulas
debemos imitar esta actuación tan productiva para despertar también en los
alumnos esa disposición natural a aprender. Si en lugar de plantear interrogantes,
perplejidades, incertidumbres al alumnado, lo atiborramos de contenidos ajenos a
sus preocupaciones, o mejor dicho, a las preocupaciones que la figura del
maestro debe despertar en ellos, el fracaso está servido antes de empezar. Sin darnos cuenta, anulamos paulatinamente esta predisposición natural. Sólo necesitamos echar un vistazo a la evolución del alumnado, curso a curso. No es tanto una cuestión de esfuerzo, este sería un análisis muy torpe. Es más bien un problema de significación.
Pueden aparecer dos dudas inmediatas al
respecto. ¿Qué bonito y fácil resulta decirlo, pero que utopía materializarlo?, y
¿Dónde están los recursos o preparación necesarios para llevarlo a cabo?
Ciertamente puede parecer una utopía si se
enfoca la manera de enseñar sin cambiar la mirada. Si el maestro no de descoloca
y adquiere un nuevo rol más allá del “conferenciante”, difícilmente conseguirá su
propósito. Yo le diría al docente que más que enseñar lo que sabe –que mostrado
así generalmente importará muy poco-, debería ser capaz de evidenciar
al alumno lo que éste desconoce para luego marcarle el camino, guiarle, ahora sí,
hacía la consecución de las respuestas a los problemas, interrogantes, que hábilmente
la figura del educador habrá motivado e inquieten a los estudiantes. Este es un planteamiento no sólo sugerente para los escolares, lo será también y en gran medida para los educadores.
En cuanto a los recursos necesarios diré que
son muy escasos, por no decir nulos. En lo tocante a la preparación, menos de
la imaginada en un primer momento. Los verdaderos conocedores y artífices de
esto que llamamos educar son los maestros. Atesoran años de enseñanza que únicamente
requiere, en la mayoría de los casos, un cambio de matiz. Ellos son los que
mejor saben cómo lograr el propósito señalado, sin lugar a dudas.
La labor de equipo adquiere aquí una dimensión
muy importante. No me cabe la menor duda que cualquier equipo docente de
cualquier escuela, trabajando desde una nueva mirada focalizada en esta
premisa, es capaz de materializarla y dotar a su centro de un salto cualitativo
importantísimo, además de, desde mi sincera opinión, necesario.

