martes, 29 de noviembre de 2016

Pequeños investigadores

Para padres
Para profesores
Para políticos
Para todos…

Me alegra mucho que la educación sea un tema de debate hoy; es síntoma inequívoco de que algo cambiará.

No me alegra tanto que nos perdamos en discursos sobrecargados que en última instancia terminan paralizándonos o, como mínimo, provocando un efecto poco efectivo.


Quiero apuntar una cuestión muy básica que hace referencia a los fundamentos de la educación y, a mi modo de ver, no abruma o apabulla con discursos altisonantes y cargados solo de buenas intenciones. A la vez, creo sinceramente que es bastante edificante y buen fundamento o posible punto de partida. Solamente requiere una mirada nueva, poco más.


Me parece muy estimulante concebir el saber, los conocimientos como proceso más que como producto. Es decir, si consideramos que los saberes son alguna cosa que está ahí y la educación consiste en el traspaso de los mismos a los alumnos, como si de una mercancía se tratase, flaco favor estaremos haciendo al aprendizaje.

De diferente manera, debemos concebir los contenidos de los programas de educación, como un conjunto de nociones que enfocadas pedagógicamente sirvan para despertar, a través de la curiosidad y la participación activa, el interés del alumno y le permita crear conocimiento, no adquirirlo de manera impostada.

Es muchísimo menos importante el proceso mecánico de cómo hacer una división, que la comprensión del concepto de la misma lograda a través del interés primero, y la necesidad después, de resolver un problema que inquiete al alumno. La mecánica tendrá entonces sentido, se habrá vivido como un proceso que era más importante que la consecución solo de un resultado carente de significancia, o como simplemente un producto transmitido, sin más.


Al fin y al cabo, el estímulo incombustible del investigador, del científico, del que quiere saber bebe de esta fuente inagotable. Con los conocimientos que atesora construye nuevos saberes planteándose dudas que le inquietan. En las aulas debemos imitar esta actuación tan productiva para despertar también en los alumnos esa disposición natural a aprender. Si en lugar de plantear interrogantes, perplejidades, incertidumbres al alumnado, lo atiborramos de contenidos ajenos a sus preocupaciones, o mejor dicho, a las preocupaciones que la figura del maestro debe despertar en ellos, el fracaso está servido antes de empezar. Sin darnos cuenta, anulamos paulatinamente esta predisposición natural. Sólo necesitamos echar un vistazo a la evolución del alumnado, curso a curso. No es tanto una cuestión de esfuerzo, este sería un análisis muy torpe. Es más bien un problema de significación.


Pueden aparecer dos dudas inmediatas al respecto. ¿Qué bonito y fácil resulta decirlo, pero que utopía materializarlo?, y ¿Dónde están los recursos o preparación necesarios para llevarlo a cabo?

Ciertamente puede parecer una utopía si se enfoca la manera de enseñar sin cambiar la mirada. Si el maestro no de descoloca y adquiere un nuevo rol más allá del “conferenciante”, difícilmente conseguirá su propósito. Yo le diría al docente que más que enseñar lo que sabe –que mostrado así generalmente importará muy poco-, debería ser capaz de evidenciar al alumno lo que éste desconoce para luego marcarle el camino, guiarle, ahora sí, hacía la consecución de las respuestas a los problemas, interrogantes, que hábilmente la figura del educador habrá motivado e inquieten a los estudiantes. Este es un planteamiento no sólo sugerente para los escolares, lo será también y en gran medida para los educadores.

En cuanto a los recursos necesarios diré que son muy escasos, por no decir nulos. En lo tocante a la preparación, menos de la imaginada en un primer momento. Los verdaderos conocedores y artífices de esto que llamamos educar son los maestros. Atesoran años de enseñanza que únicamente requiere, en la mayoría de los casos, un cambio de matiz. Ellos son los que mejor saben cómo lograr el propósito señalado, sin lugar a dudas.

La labor de equipo adquiere aquí una dimensión muy importante. No me cabe la menor duda que cualquier equipo docente de cualquier escuela, trabajando desde una nueva mirada focalizada en esta premisa, es capaz de materializarla y dotar a su centro de un salto cualitativo importantísimo, además de, desde mi sincera opinión, necesario.



miércoles, 23 de noviembre de 2016

Un mundo globalizado... y ciego

Hoy más que nunca vivimos en un mundo globalizado en el que solo necesitamos unos segundos para saber lo que ocurre en el polo opuesto del planeta.

Esta ingente cantidad de información nos aturde. La noticia dura un instante. Rápidamente, incluso antes de que hayamos sido capaces de asimilarla, aparece otra que nos hace olvidarla tan fugazmente como llegó. Este fenómeno tiene un coste muy caro: convertimos en cotidiano lo inaceptable. 

La repetición tiene la cualidad de ayudarnos a interiorizar, a hacer nuestro lo que desconocemos. Nos ayuda a aprender, a desenvolvernos en situaciones cotidianas que de diferente manera serían insoportables o a acelerar muchos procesos que serían tremendamente tediosos. Resumidamente, la repetición nos facilita el camino y nos permite ser más hábiles, no cabe duda; a la tercera todo resulta siempre más fácil

Pero a su vez esta repetición nos vacuna contra lo inadmisible, lo intolerable, lo que de ninguna manera permitiríamos si no estuviéramos cegados precisamente por el Sol deslumbrante de la noticia incansablemente repetitiva.

Lo brutal se convierte en cotidiano. Es la más lamentable manifestación de unos valores que en consonancia con los tiempos se hacen light, descafeinados.

Ni tan solo necesitamos mirar hacia otro lado cuando vemos morir a un niño desnutrido o bajo una montaña de humo y escombros. Nos convertimos en lo peor, nos durará en la retina solo unos instantes. Segundos después estaremos pensando cuántos caballos tendrá nuestro flamante nuevo coche o si cenaremos pizza, no sin antes enfadarnos al no haber en el frigorífico mi refresco o cerveza favorita.

Vivimos en una sociedad ciega que paradójicamente lo es de tanto ver. Se cambia de canal de TV si durante demasiado tiempo se habla de algo desagradable. En principio esto podría parecer lógico si fuese irreal, una película más, pero no es así, pasa y seguirá pasando sin que se haga nada por evitarlo. Forma parte del escenario lo insufrible, lo ultrajante, lo inaguantable, lo abominable, lo inconcebible, lo inmoral, lo insoportable, lo inadmisible... que todos vemos pero nadie hace nada por evitar.

¿Pero qué puedo hacer yo? es la máxima expresión de preocupación-coartada del ciudadano medio que intenta sofocar su conciencia. 
Dicen que vivimos en democracia en la mayor parte del planeta civilizado y/o primer mundo. El pueblo debería ser soberano antes que las instituciones, o como mínimo estás deberían rendir cuentas a la ciudadanía, y desde luego lo hacen. Planes PIVE para cambiar de vehículo que no falten, así como tantas otras cosas que nos deberían avergonzar soberanamente.

No me siento honrado por ser ciudadano y pertenecer a una masa a la que poco o nada importa lo que pasa más allá de sus narices. Paradójicamente, pasa más allá de nuestras narices porque lo propiciamos y permitimos. Si esto escandaliza a alguien quizás solo tenga que mirar la marca de sus pantalones para entenderlo o investigar en que se destinan sus ahorros. Del tema se puede llegar a hablar, o escribir, pero poco más hacemos.


Quizás sería interesante establecer un protocolo que nos afectase a todos con el fin de conseguir erradicar lo que nunca debería pasar por evitable. Quizás seguramente estaré soñando en voz alta por pedir lo imposible. Todos estamos dispuestos a colaborar hasta que nos toca cooperar, contribuir. Esto estoy cansado de verlo y vivirlo en situaciones mucho menos acuciantes o dramáticas que las que aquí expongo. 

Lo que está claro es que el flagrante atropello de los derechos básicos de todo ser humano, y por extensión, vivo, no se solucionarán con limosnas o campañas orquestadas para apaciguar conciencias.

No dudo ni por un instante que si antes de nacer nos proyectasen imágenes de nuestra querida Tierra y los magníficos logros que hemos conseguido en ella, nos sentiríamos profundamente emocionados y deseosos de nacer. Eso sí, cuando llegaramos a la parte cruel de toda esta historia, que fijaos nos os la tengo que contar porque todos la conocemos, daríamos un paso atrás o saltaríamos salvajemente a la vida denunciando y luchando por erradicarla con todas nuestras fuerzas. Una de dos, o moriríamos en el empeño o caeríamos hipnotizados por la repetición de lo mismo que nos dejaría, como uno más, informados pero terriblemente ciegos.


martes, 22 de noviembre de 2016

Cómo, dónde y cúando fluimos para ser felices (3ª parte)

Si no aprendes a hacer nada, nada sabrás hacer

Esta frase podría servir de corolario al mensaje último de la parte primera y segunda. Si nos fijamos el primer nada es muy distinto del segundo. Aquel, a mi modo de ver, nos facilita o ayuda a conseguir transitar, fluir de una manera más serena y placida por la marea de cómos, cuándos y dóndes que nos acechan sin descanso en nuestra vida, mientras que el segundo nada hace referencia a su uso habitual: inexistencia absoluta o carencia total.


Sea como sea y se acepte o no esta apreciación, lo que parece cierto es que de alguna manera tenemos que transitar, fluir por nuestras vidas.  Y lo que todavía es más cierto es que vivimos con un fin muy definido; ser felices. Sobre esto no voy a perder ni un segundo en cuestionarlo, a no ser que alguien decididamente quiera debatirlo…


Centrándome ahora en el cómo, cuándo y dónde parece obvio que el cómo ocupa un lugar especial o más significativo. El cuándo y el dónde, aunque muy relevantes, creo que son vasallos del cómo. Me explico. Imaginemos que nos vamos de viaje un fin de semana a una casa en la montaña, con la sana intención de relajarnos y disfrutar del paisaje. El fin de semana (cuándo) y la casa en la montaña (dónde) seguro que nos ayudarán muchísimo en nuestro empeño. Pero puede ser que la casa en la que nos alojemos se convierta en una tortura insufrible y el fin de semana sea el más espantoso que se recuerde en la zona. Lluvias torrenciales y frio, unido a una casa sin las condiciones adecuadas de climatización y goteras en cada metro cuadrado de su techo nos lo pondrán bastante difícil. El cuándo y el dónde se habrán aliado en nuestra contra. Aun así, siempre tendremos al cómo y será éste, para bien o para mal, en que termine encauzando la situación de la mejor manera posible o el que nos precipite a un fin de semana nefasto y difícil de olvidar...todo dependerá de la manera en que afrontemos la situación.

Pues bien, para terminar y cerrar este asunto del fluir, del navegar por nuestra existencia, trataré de hablar sobre las facetas que configuran nuestro transcurrir por esto que llamamos vida; a gestionar nuestro cómo.

Pensamiento, emociones y preocupación serán las tres vertientes de las que quisiera decir algo, y ocuparán respectivamente la cuarta, quinta y sexta entrega, respectivamente. Seguramente me dejaré un millón de cosas en el tintero (y más seguramente todavía por estar seco de ideas) pero sobre algo hay que empezar para luego seguir, si toca.


Pensamiento y emociones parecen dos dimensiones fácilmente reconocibles. El pensamiento sería aquello más ligado al uso de la parte racional, reflexiva, la que decide en frio, serena y cargada de argumentos. La emocional, de diferente manera, vendría a situarse en un terreno más cercano a un estado de ánimo, generalmente de una cierta intensidad, que nos gobierna temporalmente un poco al margen de la serenidad y firmeza de la faceta anterior, del pensamiento más insensible si queréis y calculador.

Cuando digo preocupación creo que merece una aclaración más pausada el uso que hago de esta palabra para ilustrar esta tercera vertiente o aspecto de nuestro fluir. Preocupación la entiendo aquí más como cuidado, atención al otro, interés por lo que me rodea desde un punto de vista afectivo y cooperante, y no como un estado de desasosiego o intranquilidad.

La expresión “estoy preocupado” se entiende generalmente como un estado fruto del resultado de una vivencia que nos pone alerta y nos desasosiega, nos inquieta e incluso angustia. A partir de aquí decidimos si actuar o no al respecto.


La preocupación de la que yo querría hablar sería más bien un estado que no debería ser resultado de vivencia anterior, si no bien al contrario base, principio, apoyo o sostén que nos ayudará a mejorar nuestro discurrir a través de una mirada compartida y cuidadosa del otro, de lo diferente. Esta sería una perspectiva deudora o inspirada en los trabajos de Dewey y, sobre todo, del profesor Lipman, ambos importantísimos estudiosos de eso tan sustancial que es educar.

Empezaré a decir algo referido al pensamiento pero no sin antes advertir que las tres dimensiones no funcionan digitalmente, por usar una terminología moderna. Es decir, no somos pensamiento ahora, emoción luego y preocupación después, sino una mezcla de las tres en todo momento con predominio circunstancial de alguna de ellas, que si conseguimos sincronizar, acompasar adecuadamente, de manera muy probable nos permitirá fluir mejor y ser más felices, que de eso se trata. Somos más analógicos que digitales al respecto, sin lugar a dudas. No sé si alguna vez las máquinas tendrán esta capacidad, pero esa es quizás otra historia…






viernes, 18 de noviembre de 2016

Miedo a Donald Trump¡¡¡¡¡???



En realidad le puedo llegar a tener miedo al vecino de enfrente o a los indeseables (demasiados) que me encuentro cada vez que conduzco. Esto sería en mi micromundo, en mi universo más cercano. Pero si pienso en la sociedad como tal, toda ella, os aseguro que ni mucho menos es el señor Donald el que me quita el sueño.

Básicamente por dos cuestiones o una según se mire; ambas son las dos caras de la misma moneda.
El nuevo inquilino de la Casa Blanca está absolutamente monitorizado por el mundo entero  en  el más completo sentido de la palabra: los de arriba, los del medio y los sufridores, todos absolutamente todos escudriñarán cada paso que dé.  De hecho, intuyo que si es un poco listo, y no me cabe la menor duda de que lo es, lo sabe perfectamente y jugará su baza. Pensar que el menor gesto que haga contrario a lo que se espera de él, será magnificado para su beneficio. Tiempo al tiempo. Pero quizás ese es otro tema.


Ahora quería sólo decir que los que realmente me preocupan y dan miedo son todos los que sin necesidad de esconderse, pues absolutamente nadie los monitoriza, o si lo hacen la costumbre los ciega, terminan haciendo y deshaciendo a su real y total antojo. Me refiero a los de siempre, a los que llevan años abanderando una democracia que se les cae a pedazos, o como nos advertía hace siglos Aristóteles, hace muchos años que degeneró en la más rancia y pura demagogia.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Cómo, dónde y cuándo fluimos para ser felices (2ª parte)

Pero claro, no sólo trabajamos. ¿Qué pasa con el tiempo libre? En un principio parece que hay un tiempo también considerable que tenemos que invertir en labores que llamaré de intendencia. A saber: tenemos que dormir, comer, asearnos, atender los quehaceres ineludibles y cotidianos, vamos, toda la retahíla de cosas que hay que hacer porque sí, sin discusión posible. Hecho esto, nos queda, si queda algo, el tiempo de ocio. ¿Qué extraordinaria cosa le pasa al ser humano entonces?

Pues bien, curiosamente el tiempo de ocio es más un deseo que una realidad. El que quería estar en la playa al Sol estará pensando que le fastidié su tranquilo reposo¡¡¡ Nada más lejos de mi intención. Me explico. La gran virtud o excelencia de eso que anhelamos disfrutar en nuestro tiempo libre, ocio, vacaciones o llamémoslo como queramos, es servirnos de amortiguador mental para superar con mayor agrado nuestras obligaciones, tanto las laborales propiamente dichas como los fastidiosos quehaceres cotidianos.

El fin de semana, la noche del viernes, el placentero domingo…inundan nuestro imaginario y nos producen un profundo sentimiento grato y agradable incluso antes de que lleguen. Y esto es así por la sencilla razón de que somos muy listos. Al menos y por ahora esta encantadora sensación no hay quien nos la quite. Esta conjunción de deseo y anhelo que nos produce un hormigueo complaciente siempre aparece...y que no falte.

Pero fijaos, y ahora viene lo bueno. Si llegado el fin de semana no lo llenamos de un cómo, cuándo y dónde, es decir, un nos vamos a esquiar, bien temprano a Soldeu o lo que sea, desastre. Empezamos a desinflarnos e incluso a sentirnos mal. Qué es la noche del viernes sin las copas y los colegas. O la tarde del domingo sin el sofá, la tele y las palomitas. Si a alguien se le ha estropeado el TV un domingo por la tarde lo entenderá mejor.
Os aseguro que tenía también algo muy muy muy interesante que hacer (o no hacer) sin TV. Veamos.


Básicamente gestionamos nuestro tiempo libre exactamente igual que nuestro tiempo esclavo. Cuando no somos capaces de llenarlo de contenidos se nos cae encima e incluso nos pone nerviosos e irritables. Estamos programados para hacer; no hacer no entra dentro de nuestro elaborado esquema mental. Dejamos de fluir y el ansiado ocio se convierte en pesada frustración, en desperdicio desmedido del merecido descanso del guerrero…dije descanso¡¡¡ noooo…la nada mata en nuestra sociedad. Bueno, no del todo. Los centros de yoga proliferan para enseñarnos que es eso de vivir sin el cómo, cuándo y dónde que nos acucia, y ahora sí, sin descanso.

Precisamente hace unos días observé a una hormiga en mi jardín (sin violín, por supuesto). Estaba quieta encima de una piedra, estática, inmóvil. Permaneció así durante un buen rato. Pensé que en cualquier momento vería morir a una pobre hormiga, que estaba dando sus últimos estertores. De pronto comenzó a correr en una dirección determinada y sin titubeos. Supongo que alguien que sepa mucho de hormigas me podría responder, pero como también supongo que esta persona no habrá hablado con la hormiga me responderé yo mismo. No hacía nada. Simplemente estaba, sin más. Fluía exactamente igual que cuando corrió en busca de no sé yo qué pero que ella tenía clarísimo.

También recuerdo ahora a un buen amigo que me dijo un día algo muy interesante al respecto. Hablando de su pareja me comentó que supo que la quería cuando durante toda una tarde pasearon de la mano, sin decir nada, sin hacer nada más que pasear, durante horas…que bonito y romántico. Se despojaron de todo, no había nada que les importase ni enturbiase su momento. Qué bonito…

Pues aunque pueda parecer mentira muchas personas viven en un estado de continua lucha y tensión al no ser capaces de desconectar, de apagar la luz con los ojos abiertos y darle al guerrero su merecido verdadero descanso.

Todas las culturas sabias que no utilizaban Smartphone tenían muy claro este asunto. Aprendamos de ellas un poquito, creo que no nos vendría nada mal.

Preguntaos por un segundo que pasa cuando vuestro ocio no se programa. Preguntaos cuántas parejas no se aguantan demasiados tiempo juntos, en tiempo de ocio y sin programa. Mirar para ello los divorcios de septiembre. ¿Qué estás pensando? ¿Qué haces? Son preguntas típicas como no hagas algo. Preguntaos que pasa con los niños en casa más tiempo del programado, sobre todo en nuestro tiempo de ocio. Y ahora que hablo de niños, no quisiera empezar a relatar el adiestramiento al que los sometemos desde bien pequeños para que sean buenos y perfectos rehenes del cómo, … cole, extraescolares, deportes. Si un niño se tumba y no hace nada con los ojos abiertos, al médico. Normal que no lo hagan. Luego hay hipernosequés y no sé cuantas etiquetas más. Esa es otra historia con peso específico por sí sola…
Cuántas veces hemos oído eso de vengo más cansado de las vacaciones. Dije un millón de veces en Julio que necesitaba vacaciones para descansar, pero: Cerdeña, New York, los primos y las fiestas del pueblo. Normal. No has parado de programarte sin desmedida. Al menos en el trabajo existe la rutina que ayuda en esto de la programación…oh, ansiada rutina de septiembre…

Además ahora está mal visto fumar, mata. No he sido nunca fumador ni quiero ahora hacer apología del tabaco, pero siempre me pareció que los fumadores cuando exhalaban el humo, fluían sin pensar… quizás eso engancha tanto como la nicotina, pero que sé yo…

Sin lugar a dudas pienso que es bueno evadirse un poco, aislarse de la vorágine y concedernos una sana porción de ocio vacío, y que fluya...para ser un poquito más felices.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Cómo, dónde y cuándo fluimos para ser felices (1ª parte)

www.serofint.com

Siempre he pensado que somos el único animal que no fluye de manera natural. El resto de los seres vivos saben perfectamente cuáles son sus habilidades y que deben hacer en cada momento. Es como si ellos viviesen en la naturaleza y nosotros con la naturaleza: disfrutan de una armonía que parece que los sitúa inmersos en ella; nosotros, al contrario, necesitamos continuamente buscar esa cadencia, esa musicalidad que nos mantenga serenos y nos haga sentir felices. Me parece muy lógico por ello que tanta gente se sienta bien rodeada de animales, incluso existen terapias al respecto. Pero ojo, al animal doméstico por excelencia estamos empezando a estresarlo...

Hay poco espacio para el aburrimiento en el mundo animal porque incluso éste ya forma parte de su fluir. El mismo Aristóteles nos decía que lo único que nos diferencia del resto de los seres vivos era el tiempo libre tal y como nosotros lo entendemos. ¿Qué hacemos en nuestro tiempo libre? Vayamos por partes, que al final viene lo bueno del asunto.

Según parece el ser humano necesita saber cómo, dónde y cuándo para sentirse bien, para sentirse feliz. El animal ya sabe todo esto, le sobran las preguntas. Si alguien está pensando algo así cómo: yo quiero estar tumbado al Sol, en la playa y todo el año, no quisiera desilusionarlo pero...sigamos.

Si nos fijamos un poco, a pesar de las interminables quejas hacia el fatídico lunes, esta necesidad se da en nuestro caso en el mundo laboral, es decir, esa parte importante de nuestro tiempo que dedicamos a trabajar: sabemos qué tenemos que hacer, dónde lo tenemos que hacer y cuándo lo tenemos que hacer. En esto parece que somos muy animales, el problema viene luego...

Veamos. Cuando desempeñamos una labor remunerada, al menos en un principio, podríamos diferenciar a aquellos que empezaron a trabajar amando su trabajo desde una perspectiva vocacional, es decir, iban a tiro hecho, de los que, de diferente manera, comenzaron a trabajar por la simple razón de hacerlo y ganar un sueldo a final de mes.

En los primeros nos podría parecer sencillo encontrar a primera vista una relación causal entre trabajo y felicidad; al fin y al cabo hacen lo que les gusta y quieren, encuentran armonía en su realización y, por consiguiente, fluyen. De manera diferente, los que dedican su jornada laboral a hacer aquello que simplemente busca una recompensa económica, parece al menos más complicado, también a primera vista, establecer una relación tan directa como la de los anteriores.

Pero no, no es todo tan sencillo como parece a primera vista o la capacidad de acomodación del cerebro humano es como mínimo portentosa. Veamos. 

Sí, es cierto que los que dedican su tiempo no libre a aquello que les gusta, que eligieron, que les motiva y despierta su curiosidad en principio gozan de un cierto bienestar saludable que les acerca más a un status de felicidad. Pero incluso en esta forma ideal de afrontar nuestros desempeños cotidianos aparece el fantasma de lo repetitivo, lo machacón, en definitiva, el más de lo mismo. 

Pero aun así, cuando ya todo no es tan bonito, hay algo que los equipara a aquellos que comenzaron a trabajar simplemente por un salario. Y es en esto precisamente dónde tanto unos como otros llegan a sentirse bien con su labor cotidiana, donde encuentran bienestar, templanza, fluyen. Es sencillamente en el hecho de saber que hacen algo que les sitúa en escena, que los posiciona en el mundo con su desempeño, es decir, viven y experimentan su cómo, dónde y cuándo

Cualquier trabajador, por mucho que incluso a veces critique su propia labor, encuentra una satisfacción interior difícil de describir cuando sabe que ha hecho bien su trabajo, sea el que sea: aquí y ahora no hay trabajos mejores o más importantes, el gozo es exactamente el mismo. 

Como vemos aparece ahora una diferencia más tenue entre aquellos que amaban su trabajo y los que trabajan en algo por azar. Ni los primeros van dando saltos de alegría por la calle, ni los segundos sufren una depresión y tristeza insondable. Es más una cuestión de ser, no de parecer. 

Cuando la labor que desempeñas, bien sea por vocación o por sustento sin más, no te proporciona este sentirte bien, es el momento de cambiar de trabajo. Si quieres parecer médico, maestro o barrendero, pero no lo eres, padecerás demasiado y harás padecer a los que te rodeen. Estarás descontento con tu cómo, dónde y cuándo y no fluirás. ¿Acaso has visto alguna vez a una hormiga tocando el violín? Dicen que produce una enorme satisfacción dominar este instrumento, pero te aseguro que a nuestra hormiga le trae sin cuidado...

Explicaré un caso que viví muy de cerca hace ya algunos años. En mi primera experiencia laboral tuve la suerte de encontrarme con una persona que sabía perfectamente que era esto de ser más que parecer
Resumidamente, era un señor de edad avanzada, a punto de jubilarse. Su superior le encomendo que me enseñará la labor que él desempeñaba. Era un trabajo bastante rutinario pero que él ejercía con mucha diligencia. Estaba relacionado con el mundo del correo postal y como él decía entonces, cada una de las cartas que pasaban por nuestras manos contenía sagrados intereses para sus expedidores y destinatarios. A mí, con el punto de arrogancia que tiene la juventud, me parecía que desperdiciaba sus capacidades al no optar a cargos más "importantes" y dejarse mandar por otros que, sin lugar a dudas y seré muy amable, no merecían ni...bueno, lo dejo a la imaginación del lector. 

Pasaron los meses y llegó el día de su jubilación. Aunque normalmente ya pasaban a saludar con asiduidad muchos compañeros a mi mentor, este día la cosa desbordó todo lo previsible. Durante toda la mañana -trabajábamos en un centro donde habían centenares de trabajadores- no dejaron de venir compañeros a despedirse afectuosamente. Eran abrazos o apretones de mano cordiales y sinceros que casi impidieron que en su último día pudiese desempeñar su función. Suerte que yo había tenido un gran maestro y pudo dedicarse a la avalancha que vino a honrarlo. No era algo preparado, una despedida pomposa o artificial, sino un continuo ir y venir espontáneo de compañeros y clientes que mostraron abiertamente su gratitud y aprecio hacia un buen compañero y mejor persona. 

Durante el tiempo que trabajé con él tuve la suerte de compartir los almuerzos y las interesantes charlas que discurrían durante esos minutos. Ese día le dije que entendía perfectamente porque nunca optó a promocionarse, a intentar escalar en la jerarquía de mandos. Él me contestó que no me confundiese, que cada cual debe saber que quiere o necesita y toda opción bien llevada era loable y respetable. En su caso, simplemente, se sentía realizado con lo que hacía, entendía su importancia y trataba de hacerlo lo mejor posible, no buscaba ni quería más, simplemente no lo necesitaba. Y está muy claro que consiguió su propósito. 

Así que, recapitulando, porque todo esto es sólo el preámbulo de lo que quería comentar, tenemos a seres humanos que fluyen mientras trabajan y que se diferencian de los animales, que siempre fluyen, en que tienen o conocen el ocio, cosa que el mundo animal desconoce por innecesario.

El trabajo perfecto depende más de la persona que lo lleva a cabo que del trabajo en sí: se trata de conectar, fluir, encontrar la cadencia adecuada a nuestros deseos, capacidades y necesidades. Cualquier desempeño laboral merece el total respeto de la comunidad, aunque todavía demasiados pongan etiquetas estériles e innecesarias. 

Pero claro, no sólo trabajamos. ¿Qué pasa con el tiempo libre? 

En un principio parece que hay un tiempo también considerable que tenemos que invertir en labores que llamaré de intendencia. A saber: tenemos que dormir, comer, asearnos, atender los quehaceres ineludibles y cotidianos, vamos, toda la retahíla de cosas que hay que hacer porque sí, sin discusión posible. Hecho esto, nos queda, si queda algo, el tiempo de ocio. ¿Qué extraordinaria cosa le pasa al ser humano entonces?

Pues esto lo veremos en la segunda parte. Esta es ya demasiado larga y yo tengo intendencias que atender. Seguirá... 





jueves, 10 de noviembre de 2016

Cuando Trump los dejó en evidencia

No deja de sorprenderme hasta dónde puede llegar la estupidez o necedad humana. En sólo dos días he podido llegar a escuchar más disparates y memeces de las que soy capaz de asimilar sobre el "caso Trump". Curiosamente las protagonizan los mismos que abuchean sin tregua realities tipo GH, o qué sé yo, cuando no dejan de emitir un cacareo todavía más vacío que el de las gallinas de mi vecina. Al menos el "yoyas" tenía su gracia y autenticidad (ahora parece que más centrado, ole Fayna¡¡¡), pero esta sarta de chupatintas parasitos del vacío me aburren hasta la saciedad. Lo retorcido del asunto no es que opinen, ejercicio totalmente lícito si se lanza a la palestra con intenciones dialogantes o como mínimo propensos a ser cuestionados, sino que beatifiquen sus ejercicios majaderos hasta llevarlos al altar, y que nadie se atreva a tocarlos, que son sagrados.

Señores, las razones del éxito del señor Donald Trump son múltiples y ninguna excluyente del resto. Lo único realmente constatable es cuanto se equivocaban aquellos que pregonaban futuros poco explorados. Y cuando digo poco explorados no me refiero ahora a desconocidos, sino más bien a poco trabajados, a ausentes del menor esfuerzo de sensato y correcto periodismo. Encuestas mediocres, previsiones de muy poco alcance, comentarios doblegados a lo políticamente correcto o conveniente, análisis de corta mira... El resultado de cualquier elección política, no digo yo que no, alberga siempre cierta sorpresa -si no fuera así nos podríamos ahorrar las elecciones-, pero lo que aquí evidencio es que los gurús visionarios y que todo saben, no están haciendo lo que dicen, opinar con cierto rigor sobre lo posible, sino emitir juicios de lo que les gustaría amparados en mil argumentos e intereses retorcidos para llevarse la gallina a su corral. He echado de menos analistas serios y concienzudos que fuesen más allá de la inmediatez que amparaba la falta de trabajo y rigor de aquellos. No dudo que los haya habido, pero el grueso del pelotón se me antojó desfondado antes y, para colmo, incluso soberbio ahora: ya lo sabía, lo vi venir, era de suponer... Ya les vale. 

Precisión, independencia, imparcialidad, sentido de la responsabilidad brillaron por su ausencia en nuestros comentaristas políticos e incluso en periodistas de tomo y lomo. Si lo hicieron con las elecciones norteamericanas, ¿que no harán con lo que les toca más de cerca? Sólo nos queda una opción: estar muy alertas y desterrar de nuestras oidos y ojos a los impostores apotronados, que no son pocos.



Y ojo, el "caso Trump" los ha puesto más en evidencia por el derroche de prosa gris y anodina o comentarios vacíos y mediocres que han circulado sin parar en dos días. Estar lo están cada día sin perder comba aunque en lo que se refiere a aportar, aporten bien poco o nada. Al fin y al cabo, es su negocio y rinden como lacayos o escuderos. Es lo que hay.



miércoles, 9 de noviembre de 2016

Trump a la Casa Blanca


El señor Trump ha llegado a la Casa Blanca. Mientras la mirada atónita de medio mundo hace mil cábalas sobre su irrupción como presidente de los EE.UU., él se enorgullece y presenta rodeado de su familia ante el planeta.

Como uno más entre tantos, me voy a permitir el lujo de opinar sobre el ascenso de Donald Trump hasta lo más alto del mundo de la política.

No es de mi devoción casi nada de lo que dice, pero por otra parte sí que comparto con él casi todo lo que representa como icono que ha conseguido desbancar a lo político tal y como hoy lo entiendo. Los políticos son hoy más que nunca hijos de la demagogia, la mentira y el postureo. Y repito, estoy absolutamente en desacuerdo con sus ideas, pero me preocupa aún más que los políticos que hoy nos gobiernan, mayoritariamente, sean hijos del engaño, la calumnia, el chismorreo, la falsedad y nos provoquen una desmedida decepción, desilusión, desencanto...

Dicho esto, apunto algunas de las razones que lo han catapultado a su enorme logro:

  • Representa el sueño americano, es decir, conseguir con su esfuerzo el ansiado éxito.
  • Alejarse absolutamente de la política de despacho, de la política manida a la que nos han acostumbrado los políticos profesionales. 
  • Decidirse a decir lo que piensa, le pese a quien le pese.                          
Además de triunfar empresarialmente de la forma más americanizada posible, ha sido capaz de irrumpir en la escena del poder institucional siguiendo unas estrategias que lo han alejado de los políticos, incluso de los republicanos. La fauna política está hoy día sometida a unos dictados y maneras de proceder desilusionantes y cansinos. Con postulados más empresariales que políticos, se presenta como dueño, patrón triunfador de un negocio que es EUA, dispuesto a conducir su empresa, de la que manifiesta repetidamente que todos los americanos forman parte, a lo más alto. Las clases altas ya estaban en el "bote", pero con este mensaje tan directo y fácil de comprender, ha sido capaz de involucrar en su propuesta a una gran masa obrera, que de forma muy elemental se han identificado con su personaje. Todos lo han querido como Jefe. Si yo he llegado, vosotros también podéis, podría resumirse su eslogan. ¿Hay algo más americano?

Con esta estrategia lo ha tenido bastante fácil con su contrincante demócrata. Hillary representaba a la perfección todo aquello que intentaba hundir: la política es su estado puro. Precisamente a la candidata azul su enorme experiencia y conocimientos de la política de despacho le han jugado una mala pasada ante un adversario como Trump. No era un combate de igual a igual, de político a político. No corren precisamente buenos tiempos para la política. Y es ahí, precisamente ahí, donde el candidato republicano tenía su fuerza y la ha sabido aprovechar. Con mensajes absolutamente alejados de lo que conocemos como políticamente correcto, ha calado en una parte importante del electorado que lo ha visto, paradójicamente, más cercano. En esta batalla, el ciudadano de éxito, con todas sus virtudes pero también con todos sus defectos, se ha impuesto al político profesionalizado y cargado de capas que lo hacen moverse torpemente. El pueblo americano ha optado por el mensaje directo por encima del serpenteante de la política de pasillos inacabables.

Todos, absolutamente todos, estamos cansados de oír al político de turno hablando con la boca pequeña, midiendo cada una de sus palabras para no perder votos o involucrar más de lo necesario a indeseables a los que debe favores. La política así vivida se hace oscura, opaca, demasiado interesada en sí misma y al margen de los problemas del pueblo. Se trata de conservar la silla, cueste lo que cueste y diciendo lo se debe decir, ni una palabra más. Esto conduce a políticas retorcidas sobre sí mismas, incapaces de reconocer errores y progresar por el camino correcto. Ante esta situación, aparece Donald Trump, que dice lo que le da la real gana. Este mensaje tan directo choca tanto al electorado que incluso se olvida del fondo del mismo. No importa tanto lo que dice sino como lo dice. Para bien o para mal, resulta auténtico. La persona que vota se queda con este mensaje, el colectivo entiende que nunca le hará daño una persona tan directa. Este colectivo teme más lo que no dicen los políticos, lo que esconden en sus despachos, que lo que dice un personaje como Donald Trump. Es como cuando te insinúan o intuyes que te dicen que eres idiota y te enfureces desmedidamente; cuando te dicen idiota directamente pasas pantalla. Existen mil cuestiones de las que nadie se atreve a pronunciarse pero se comparten veladamente, ese ha sido el éxito que ha puesto sobre la mesa Trump frente a los políticos, tanto republicanos como demócratas. Al fin y al cabo el mismo se ha financiado la campaña electoral. El trapo en la boca se lo han puesto otros.

Si la política quiere vencer a postulados como los mantenidos por Trump, debe aprender a hablar en un lenguaje más claro, más diáfano, alejado de intereses e interesados que flaco favor están haciendo a la democracia.
Y una última cosa: no vengan con lecciones de moralidad los estupefactos contertulios de turno o políticos de baja talla de esta España nuestra, por favor.


lunes, 7 de noviembre de 2016

Amor e Infidelidad

Hace unos días leí las declaraciones de un presunto enamorado que se consideraba infiel por naturaleza. Quería muchísimo a su compañera pero le resultaba imposible no compartir cama con otras. Por supuesto su pareja no lo sabía, no se trataba de una relación de amor libre que habría eliminado su dilema de un plumazo.


Este “engaño” quizás es fácilmente reprochable en nuestra sociedad, pero lo que más me llamó la atención fue el porcentaje de la población que según estudios es infiel. Dejaré el número para el final y ahora me centraré no tanto en juzgar la infidelidad, si no en intentar vislumbrar porque esto es así, según dicen…


Benjamin Franklin, ese político-filósofo-científico que la mayoría reconoce por salir en los billetes de EEUU, nos dejó muchas frases célebres que han pasado a la posteridad. Se le atribuye una que decía algo así como: “donde hay matrimonio sin amor, habrá amor sin matrimonio”. Todos hemos visto alguna película romántica en la que la “chica” está profundamente enamorada del “chico” pero casada con el “malo”. El final no os lo cuento porque es siempre el mismo.


Ahora se trata de quitar todo el romanticismo a la frase del señor Benjamin y sustituir amor por sexo. Si una persona es infiel a su pareja por simple sexo, es decir, no existe mayor afán amatorio, ¿lo hace porque le faltaba algo en casa? ¿Lo habría hecho igualmente si la relación sexual con su pareja fuese plenamente satisfactoria? ¿Tienen culpa los dos?...se abren aquí mil preguntas que en cada caso concreto tendrían sus respuestas y no siempre serían las mismas. Conclusión: seguramente cada caso es un mundo.


Pero no. No me conformo y me gustaría llegar a un mínimo común múltiple en el que de alguna manera todos estuviésemos un poco identificados.


Me parece que hay algo que a todos nos ocurrió al enamorarnos. Son un mundo de sensaciones que no voy ahora a relatar y de impulsos compulsivos que nos hacían hacer…eso, nos hacían hacer lo que no hacíamos si no estuviéramos enamorados, nos hacían volvernos un poco locos… Y por mucho romanticismo, enamoramiento o llamarlo como queráis, siempre acababa con sexo. Vamos, recordando nuestra peli, cuando el “chico”, conseguía acabar con el “malo” y besaba a la “chica”. THE END. Lo que venía luego no se veía, pero era sexo, seguro.

Vayamos al infiel. Hace algo que normalmente no haría saltándose la parte romántica para ir directamente al sexo. La parte amorosa ya la tiene (en casa y a lo mejor durmiendo o qué sé yo) pero necesita el impulso, el arrebato, el latido acelerado, el rubor…que le empuja locamente a hacer lo que no haría. Como cuando conoció al que duerme en casa (o la) y se atrevió a invitarla al cine o ella le dijo que no se fuera aún y le invitó a pasear un rato más…aquí había amor, allí sólo tetas y culos.

¿Qué pasó? ¿Se gastó el arrebato? ¿Lo novedoso es más sugerente?... Si os fijáis bien lo único que hemos quitado de la ecuación en el caso del infiel es el amor. Cuando nos enamoramos teníamos: amor, locura y sexo. Ahora, se conforman con la locura y el sexo. El amor, en casa.


Yo sólo sé que no sé nada, como decía el viejo Sócrates. Por esta razón cuando me pierdo miro a mí alrededor y observo la naturaleza. Y hay una cosa innegable: todo tiende a equilibrarse. La madre naturaleza busca el equilibrio: lo frío tiende a calentarse, lo caliente a enfriarse, lo duro se hace blando y lo blando, se endurece…esto es así, comprobado.


Pues el asunto está claro. Formamos parte de la naturaleza y en la cuestión de mundo de la pareja se busca también el equilibrio: cuando a alguien le falte sexo y rubor, no dudéis que lo buscará donde sea. Franklin os diría: “donde hay matrimonio sin sexo, habrá sexo sin matrimonio”.

No es que yo quiera acabar con los infieles, faltaría más, pero si tenéis pareja, que sea otra la razón por la que os sea infiel. Hacerle caso a Franklin. Además, que narices, tampoco es una labor tan desagradable: ruborizar a vuestra pareja, volverla loca…

Ahhh… el porcentaje dicen que pasa del 30%, así que tres de cada diez personas que se lo piensen esta noche en casa cuando vayan a la cama…

viernes, 4 de noviembre de 2016

Pedro Sánchez

HACE AHORA JUSTO UN MES PUBLIQUÉ ESTE POST TITULADO "LAS TOSTADA DEL PSOE". ME PERMITO VOLVER A PUBLICARLO, CREO QUE TIENE HOY INCLUSO MÁS VIGENCIA QUE ENTONCES. GRACIAS



Esta vez la tostada se ha quemado y no sé si rascándola se podrá salvar algo. El varapalo que el PSOE se ha pegado a si mismo ha sido descomunal y marcará su historia, sin lugar a dudas.

Dentro de este caos aparece Pedro Sánchez como máximo responsable para algunos de este tremendo desaguisado.
Además de todo lo que se quiera decir, no cabe duda que actuó siguiendo sus principios. Es entonces cuando debemos preguntarnos si los llevó demasiado lejos, si no midió bien el alcance de las consecuencias que podía deparar su inamovible postura ante Rajoy y el PP. 

Ya alguien mucho más sabio que nosotros nos advirtió del peligro al que nos exponían nuestras convicciones si éstas no atendían adecuadamente a sus posibles consecuencias. Pero todo tenía un límite: llegado el caso, los resultados fruto de nuestros convencimientos más profundos eran irremediables. Los principios debían así mantenerse firmes y asumiendo las consecuencias, legítimas y respaldas por aquellos.

Y ahí veo yo a Pedro Sánchez, más allá del ansía de poder o la falta de perspectiva política. El ansía se la concedería más a otras, así como, a otros, la ausencia de perspectiva.

Sus principios estaban aposentados en la total legitimidad de los mismos, es decir, contrastados sin lugar a dudas a la luz del panorama al que hacían referencia. 
Si su principal compromiso era revertir unas políticas que no compartía y dejar fuera del espacio político la corrupción desmedida, ¿es posible que hiciera de comparsa de una función que se desacreditaba en si misma? Es preferible morir con las botas puestas...

Algunos dirán que era la mejor medida entre las malas o, dicho de otra manera, la que no ahogaría más en la ciénaga al PSOE ante los votantes. Señores, la situación del PSOE no era la que era por denunciar lo absolutamente denunciable o negarse a conceder más crédito a quien no se lo merecía: el Partido Socialista Obrero Español se bañaba en barro para esconder sus caras, pues tenía demasiadas. Era -y es- un proyecto collage difícil de ver, y todavía más difícil de votar, si lo que buscas es seguridad en tiempos nublados. 



Quizás su error no fue ser demasiado duro con los de fuera, si no blando con los de dentro.

Ese fue el mal con el que tuvo que batallar el secretario general dentro de su partido y que lo condena a ser espectador hoy de un destino de la formación incierto, mal encaminado y del que no es, en absoluto, responsable. 


Deberes sí, deberes no...

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Parece que no nos cansamos de equivocarnos una y otra vez. La polémica ahora está servida al hablar sobre si son convenientes o no los deberes en nuestras escuelas. Pues no, ese no es el problema ni de lejos. Es como preguntarnos si en los países que lamentablemente se pasa hambre es conveniente instalar restaurantes de tres estrellas. Pues no, el problema que debemos resolver allí es la falta de alimento, no si éste lo vamos a servir vaporizado o reconstruido.

Lo que sí está muy claro es que en nuestras aulas hay mucho trabajo por hacer y no merece la pena quemar energías en lo que se hace fuera. Quizás si dentro se hiciera lo que toca, fuera sería una cuestión personal y por tanto respetable en cada caso, como debe ser. 

Me explico. Cualquier metodología de enseñanza es válida si consigue lo básico: motivar a los alumnos, despertar su curiosidad, avivar el letargo creciente en las aulas a medida que pasan los cursos. Es ahí donde deberían establecerse verdaderos debates para conseguirlo; el tema deberes sí, deberes no pasaría a ser absolutamente irrelevante, vamos, se resolvería por sí sólo.

Como si no se preocupasen en despistarnos de lo fundamental (hay mil ejemplos y no quiero cansar más de lo necesario a nadie) somos nosotros mismos los que nos distraemos continuamente y nos olvidamos de lo importante, lo primero, lo fundamental, lo prioritario. Pero claro, quizás en las escuelas nos enseñaron poco o mal esto que fácilmente llamamos pensar.