Si no aprendes a
hacer nada, nada sabrás hacer
Esta frase podría servir de corolario al
mensaje último de la parte primera y segunda. Si nos fijamos el primer nada es muy distinto del
segundo. Aquel, a mi modo de ver, nos facilita o ayuda a conseguir transitar, fluir
de una manera más serena y placida por la marea de cómos, cuándos y dóndes
que nos acechan sin descanso en nuestra vida, mientras que el segundo nada hace referencia a
su uso habitual: inexistencia absoluta o carencia total.
Sea como sea y se acepte o no esta
apreciación, lo que parece cierto es que de alguna manera tenemos que
transitar, fluir por nuestras vidas. Y lo
que todavía es más cierto es que vivimos con un fin muy definido; ser felices.
Sobre esto no voy a perder ni un segundo en cuestionarlo, a no ser que alguien decididamente
quiera debatirlo…
Centrándome ahora en el cómo, cuándo y dónde parece
obvio que el cómo ocupa un lugar especial o más significativo. El cuándo y el
dónde, aunque muy relevantes, creo que son vasallos del cómo. Me explico.
Imaginemos que nos vamos de viaje un fin de semana a una casa en la montaña,
con la sana intención de relajarnos y disfrutar del paisaje. El fin de semana
(cuándo) y la casa en la montaña (dónde) seguro que nos ayudarán muchísimo en
nuestro empeño. Pero puede ser que la casa en la que nos alojemos se convierta
en una tortura insufrible y el fin de semana sea el más espantoso que se
recuerde en la zona. Lluvias torrenciales y frio, unido a una casa sin las
condiciones adecuadas de climatización y goteras en cada metro cuadrado de su
techo nos lo pondrán bastante difícil. El cuándo y el dónde se habrán aliado en
nuestra contra. Aun así, siempre tendremos al cómo y será éste, para bien o
para mal, en que termine encauzando la situación de la mejor manera posible o
el que nos precipite a un fin de semana nefasto y difícil de olvidar...todo dependerá de la manera en que afrontemos la situación.
Pues bien, para terminar y cerrar este asunto
del fluir, del navegar por nuestra existencia, trataré de hablar sobre las facetas que
configuran nuestro transcurrir por esto que llamamos vida; a gestionar nuestro cómo.
Pensamiento, emociones y preocupación serán las tres vertientes
de las que quisiera decir algo, y ocuparán respectivamente la cuarta, quinta y
sexta entrega, respectivamente. Seguramente me dejaré un millón de cosas en el
tintero (y más seguramente todavía por estar seco de ideas) pero sobre algo hay
que empezar para luego seguir, si toca.
Pensamiento y emociones
parecen dos dimensiones fácilmente reconocibles. El pensamiento sería aquello
más ligado al uso de la parte racional, reflexiva, la que decide en frio,
serena y cargada de argumentos. La emocional, de diferente manera, vendría a
situarse en un terreno más cercano a un estado de ánimo, generalmente de una
cierta intensidad, que nos gobierna temporalmente un poco al margen de la serenidad
y firmeza de la faceta anterior, del pensamiento más insensible si queréis y
calculador.
Cuando digo preocupación creo que
merece una aclaración más pausada el uso que hago de esta palabra para ilustrar
esta tercera vertiente o aspecto de nuestro fluir. Preocupación la
entiendo aquí más como cuidado, atención al otro, interés por lo que me rodea
desde un punto de vista afectivo y cooperante, y no como un estado de desasosiego
o intranquilidad.
La expresión “estoy preocupado” se entiende
generalmente como un estado fruto del resultado de una vivencia que nos pone
alerta y nos desasosiega, nos inquieta e incluso angustia. A partir de aquí
decidimos si actuar o no al respecto.
La preocupación de la que yo querría
hablar sería más bien un estado que no debería ser resultado de vivencia
anterior, si no bien al contrario base, principio, apoyo o sostén que nos
ayudará a mejorar nuestro discurrir a través de una mirada compartida y
cuidadosa del otro, de lo diferente. Esta sería una perspectiva deudora o
inspirada en los trabajos de Dewey y, sobre todo, del profesor Lipman, ambos
importantísimos estudiosos de eso tan sustancial que es educar.
Empezaré a decir algo referido al pensamiento
pero no sin antes advertir que las tres dimensiones no funcionan digitalmente,
por usar una terminología moderna. Es decir, no somos pensamiento ahora,
emoción luego y preocupación después, sino una mezcla de las tres
en todo momento con predominio circunstancial de alguna de ellas, que si
conseguimos sincronizar, acompasar adecuadamente, de manera muy probable nos
permitirá fluir mejor y ser más felices, que de eso se trata. Somos más analógicos
que digitales al respecto, sin lugar a dudas. No sé si alguna vez las máquinas
tendrán esta capacidad, pero esa es quizás otra historia…
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