Hoy más que nunca vivimos en un mundo globalizado en el
que solo necesitamos unos segundos para saber lo que ocurre en el polo
opuesto del planeta.
Esta ingente cantidad de información nos aturde. La noticia dura
un instante. Rápidamente, incluso antes de que hayamos sido capaces de
asimilarla, aparece otra que nos hace olvidarla tan fugazmente como llegó. Este
fenómeno tiene un coste muy caro: convertimos
en cotidiano lo inaceptable.
La repetición tiene la cualidad de ayudarnos a
interiorizar, a hacer nuestro lo que desconocemos. Nos ayuda a aprender, a desenvolvernos
en situaciones cotidianas que de diferente manera serían insoportables o a
acelerar muchos procesos que serían tremendamente tediosos. Resumidamente, la
repetición nos facilita el camino y nos permite ser más hábiles, no cabe duda;
a la tercera todo resulta siempre más fácil
Pero a su vez esta repetición nos vacuna contra
lo inadmisible, lo intolerable, lo que de ninguna manera permitiríamos si no estuviéramos
cegados precisamente por el Sol deslumbrante de la noticia incansablemente
repetitiva.
Lo brutal se convierte en cotidiano. Es la más
lamentable manifestación de unos valores que en consonancia con los tiempos se
hacen light, descafeinados.
Ni tan solo necesitamos mirar hacia otro lado
cuando vemos morir a un niño desnutrido o bajo una montaña de humo y escombros.
Nos convertimos en lo peor, nos durará en la retina solo unos
instantes. Segundos después estaremos pensando cuántos caballos tendrá nuestro
flamante nuevo coche o si cenaremos pizza, no sin antes enfadarnos al no haber
en el frigorífico mi refresco o cerveza favorita.
Vivimos en una sociedad ciega que paradójicamente
lo es de tanto ver. Se cambia de canal de TV si durante demasiado tiempo se habla
de algo desagradable. En principio esto podría parecer lógico si fuese irreal,
una película más, pero no es así, pasa y seguirá pasando sin que se haga nada
por evitarlo. Forma parte del escenario lo insufrible, lo ultrajante, lo
inaguantable, lo abominable, lo inconcebible, lo inmoral, lo insoportable, lo
inadmisible... que todos vemos pero nadie hace nada por evitar.
¿Pero qué puedo hacer yo? es la máxima expresión
de preocupación-coartada del ciudadano medio que intenta
sofocar su conciencia.
Dicen que vivimos en democracia en la mayor parte
del planeta civilizado y/o primer mundo. El pueblo debería ser soberano antes
que las instituciones, o como mínimo estás deberían rendir cuentas a la
ciudadanía, y desde luego lo hacen. Planes PIVE para cambiar de vehículo que no
falten, así como tantas otras cosas que nos deberían avergonzar soberanamente.
No me siento
honrado por ser ciudadano y pertenecer a una masa a la que poco o nada importa
lo que pasa más allá de sus narices. Paradójicamente, pasa más allá de nuestras
narices porque lo propiciamos y permitimos. Si esto escandaliza a alguien
quizás solo tenga que mirar la marca de sus pantalones para entenderlo o
investigar en que se destinan sus ahorros. Del tema se puede llegar a hablar, o
escribir, pero poco más hacemos.
Quizás sería interesante establecer un protocolo
que nos afectase a todos con el fin de conseguir erradicar lo que nunca debería
pasar por evitable. Quizás seguramente estaré soñando en voz alta por pedir lo
imposible. Todos estamos dispuestos a colaborar hasta que nos toca cooperar,
contribuir. Esto estoy cansado de verlo y vivirlo en situaciones mucho menos
acuciantes o dramáticas que las que aquí expongo.
Lo que está claro es que el flagrante atropello
de los derechos básicos de todo ser humano, y por extensión, vivo, no se solucionarán con limosnas o campañas orquestadas para apaciguar conciencias.
No dudo ni por un instante que si antes de nacer
nos proyectasen imágenes de nuestra querida Tierra y los magníficos logros que
hemos conseguido en ella, nos sentiríamos profundamente emocionados y deseosos
de nacer. Eso sí, cuando llegaramos a la parte cruel de toda esta historia, que
fijaos nos os la tengo que contar porque todos la conocemos, daríamos un paso
atrás o saltaríamos salvajemente a la vida denunciando y luchando por
erradicarla con todas nuestras fuerzas. Una de dos, o moriríamos en el empeño o
caeríamos hipnotizados por la repetición de lo mismo que nos
dejaría, como uno más, informados pero terriblemente ciegos.
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