miércoles, 23 de noviembre de 2016

Un mundo globalizado... y ciego

Hoy más que nunca vivimos en un mundo globalizado en el que solo necesitamos unos segundos para saber lo que ocurre en el polo opuesto del planeta.

Esta ingente cantidad de información nos aturde. La noticia dura un instante. Rápidamente, incluso antes de que hayamos sido capaces de asimilarla, aparece otra que nos hace olvidarla tan fugazmente como llegó. Este fenómeno tiene un coste muy caro: convertimos en cotidiano lo inaceptable. 

La repetición tiene la cualidad de ayudarnos a interiorizar, a hacer nuestro lo que desconocemos. Nos ayuda a aprender, a desenvolvernos en situaciones cotidianas que de diferente manera serían insoportables o a acelerar muchos procesos que serían tremendamente tediosos. Resumidamente, la repetición nos facilita el camino y nos permite ser más hábiles, no cabe duda; a la tercera todo resulta siempre más fácil

Pero a su vez esta repetición nos vacuna contra lo inadmisible, lo intolerable, lo que de ninguna manera permitiríamos si no estuviéramos cegados precisamente por el Sol deslumbrante de la noticia incansablemente repetitiva.

Lo brutal se convierte en cotidiano. Es la más lamentable manifestación de unos valores que en consonancia con los tiempos se hacen light, descafeinados.

Ni tan solo necesitamos mirar hacia otro lado cuando vemos morir a un niño desnutrido o bajo una montaña de humo y escombros. Nos convertimos en lo peor, nos durará en la retina solo unos instantes. Segundos después estaremos pensando cuántos caballos tendrá nuestro flamante nuevo coche o si cenaremos pizza, no sin antes enfadarnos al no haber en el frigorífico mi refresco o cerveza favorita.

Vivimos en una sociedad ciega que paradójicamente lo es de tanto ver. Se cambia de canal de TV si durante demasiado tiempo se habla de algo desagradable. En principio esto podría parecer lógico si fuese irreal, una película más, pero no es así, pasa y seguirá pasando sin que se haga nada por evitarlo. Forma parte del escenario lo insufrible, lo ultrajante, lo inaguantable, lo abominable, lo inconcebible, lo inmoral, lo insoportable, lo inadmisible... que todos vemos pero nadie hace nada por evitar.

¿Pero qué puedo hacer yo? es la máxima expresión de preocupación-coartada del ciudadano medio que intenta sofocar su conciencia. 
Dicen que vivimos en democracia en la mayor parte del planeta civilizado y/o primer mundo. El pueblo debería ser soberano antes que las instituciones, o como mínimo estás deberían rendir cuentas a la ciudadanía, y desde luego lo hacen. Planes PIVE para cambiar de vehículo que no falten, así como tantas otras cosas que nos deberían avergonzar soberanamente.

No me siento honrado por ser ciudadano y pertenecer a una masa a la que poco o nada importa lo que pasa más allá de sus narices. Paradójicamente, pasa más allá de nuestras narices porque lo propiciamos y permitimos. Si esto escandaliza a alguien quizás solo tenga que mirar la marca de sus pantalones para entenderlo o investigar en que se destinan sus ahorros. Del tema se puede llegar a hablar, o escribir, pero poco más hacemos.


Quizás sería interesante establecer un protocolo que nos afectase a todos con el fin de conseguir erradicar lo que nunca debería pasar por evitable. Quizás seguramente estaré soñando en voz alta por pedir lo imposible. Todos estamos dispuestos a colaborar hasta que nos toca cooperar, contribuir. Esto estoy cansado de verlo y vivirlo en situaciones mucho menos acuciantes o dramáticas que las que aquí expongo. 

Lo que está claro es que el flagrante atropello de los derechos básicos de todo ser humano, y por extensión, vivo, no se solucionarán con limosnas o campañas orquestadas para apaciguar conciencias.

No dudo ni por un instante que si antes de nacer nos proyectasen imágenes de nuestra querida Tierra y los magníficos logros que hemos conseguido en ella, nos sentiríamos profundamente emocionados y deseosos de nacer. Eso sí, cuando llegaramos a la parte cruel de toda esta historia, que fijaos nos os la tengo que contar porque todos la conocemos, daríamos un paso atrás o saltaríamos salvajemente a la vida denunciando y luchando por erradicarla con todas nuestras fuerzas. Una de dos, o moriríamos en el empeño o caeríamos hipnotizados por la repetición de lo mismo que nos dejaría, como uno más, informados pero terriblemente ciegos.


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