En realidad le puedo llegar a
tener miedo al vecino de enfrente o a los indeseables (demasiados) que me
encuentro cada vez que conduzco. Esto sería en mi micromundo, en mi universo
más cercano. Pero si pienso en la sociedad como tal, toda ella, os aseguro que
ni mucho menos es el señor Donald el que me quita el sueño.
Básicamente por dos cuestiones o
una según se mire; ambas son las dos caras de la misma moneda.
El nuevo inquilino de la Casa
Blanca está absolutamente monitorizado por el mundo entero en el más
completo sentido de la palabra: los de arriba, los del medio y los sufridores,
todos absolutamente todos escudriñarán cada paso que dé. De hecho, intuyo que si es un poco listo, y
no me cabe la menor duda de que lo es, lo sabe perfectamente y jugará su baza.
Pensar que el menor gesto que haga contrario a lo que se espera de él, será
magnificado para su beneficio. Tiempo al tiempo. Pero quizás ese es otro tema.
Ahora quería sólo decir que los
que realmente me preocupan y dan miedo son todos los que sin necesidad de
esconderse, pues absolutamente nadie los monitoriza, o si lo hacen la costumbre
los ciega, terminan haciendo y deshaciendo a su real y total antojo. Me refiero
a los de siempre, a los que llevan años abanderando una democracia que se les
cae a pedazos, o como nos advertía hace siglos Aristóteles, hace muchos años que degeneró en la más rancia y pura demagogia.
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