www.serofint.com
Siempre he pensado que somos el único animal que no fluye de manera natural. El resto de los seres vivos saben perfectamente cuáles son sus habilidades y que deben hacer en cada momento. Es como si ellos viviesen en la naturaleza y nosotros con la naturaleza: disfrutan de una armonía que parece que los sitúa inmersos en ella; nosotros, al contrario, necesitamos continuamente buscar esa cadencia, esa musicalidad que nos mantenga serenos y nos haga sentir felices. Me parece muy lógico por ello que tanta gente se sienta bien rodeada de animales, incluso existen terapias al respecto. Pero ojo, al animal doméstico por excelencia estamos empezando a estresarlo...
Siempre he pensado que somos el único animal que no fluye de manera natural. El resto de los seres vivos saben perfectamente cuáles son sus habilidades y que deben hacer en cada momento. Es como si ellos viviesen en la naturaleza y nosotros con la naturaleza: disfrutan de una armonía que parece que los sitúa inmersos en ella; nosotros, al contrario, necesitamos continuamente buscar esa cadencia, esa musicalidad que nos mantenga serenos y nos haga sentir felices. Me parece muy lógico por ello que tanta gente se sienta bien rodeada de animales, incluso existen terapias al respecto. Pero ojo, al animal doméstico por excelencia estamos empezando a estresarlo...
Hay poco
espacio para el aburrimiento en el mundo animal porque incluso éste ya forma
parte de su fluir. El mismo Aristóteles nos decía que lo único que nos
diferencia del resto de los seres vivos era el tiempo libre tal y como nosotros
lo entendemos. ¿Qué hacemos en nuestro tiempo libre? Vayamos por partes, que al
final viene lo bueno del asunto.
Según
parece el ser humano necesita saber cómo,
dónde y cuándo para
sentirse bien, para sentirse feliz. El animal ya sabe todo esto, le sobran las
preguntas. Si alguien está pensando algo así cómo: yo quiero estar tumbado al Sol, en la playa
y todo el año, no quisiera desilusionarlo pero...sigamos.
Si nos
fijamos un poco, a pesar de las interminables quejas hacia el fatídico lunes,
esta necesidad se da en nuestro caso en el mundo laboral, es decir, esa parte importante
de nuestro tiempo que dedicamos a trabajar: sabemos qué tenemos que hacer,
dónde lo tenemos que hacer y cuándo lo tenemos que hacer. En esto parece que
somos muy animales, el problema viene luego...
Veamos.
Cuando desempeñamos una labor remunerada, al menos en un principio, podríamos
diferenciar a aquellos que empezaron a trabajar amando su trabajo desde una
perspectiva vocacional, es decir, iban a tiro hecho, de los que, de diferente
manera, comenzaron a trabajar por la simple razón de hacerlo y ganar un sueldo
a final de mes.
En los
primeros nos podría parecer sencillo encontrar a primera vista una relación
causal entre trabajo y felicidad; al fin y al cabo hacen lo que les gusta y
quieren, encuentran armonía en su realización y, por consiguiente, fluyen. De
manera diferente, los que dedican su jornada laboral a hacer aquello que
simplemente busca una recompensa económica, parece al menos más complicado,
también a primera vista, establecer una relación tan directa como la de los
anteriores.
Pero no, no
es todo tan sencillo como parece a primera vista o la capacidad de acomodación
del cerebro humano es como mínimo portentosa. Veamos.
Sí, es
cierto que los que dedican su tiempo no libre a aquello
que les gusta, que eligieron, que les motiva y despierta su curiosidad en
principio gozan de un cierto bienestar saludable que les acerca más a un status
de felicidad. Pero incluso en esta forma ideal de afrontar nuestros desempeños
cotidianos aparece el fantasma de lo repetitivo, lo machacón, en definitiva, el
más de lo mismo.
Pero aun así, cuando ya todo no es tan bonito, hay algo que los equipara a aquellos que comenzaron a trabajar simplemente por un salario. Y es en esto precisamente dónde tanto unos como otros llegan a sentirse bien con su labor cotidiana, donde encuentran bienestar, templanza, fluyen. Es sencillamente en el hecho de saber que hacen algo que les sitúa en escena, que los posiciona en el mundo con su desempeño, es decir, viven y experimentan su cómo, dónde y cuándo.
Cualquier trabajador, por mucho que incluso a veces critique su propia labor, encuentra una satisfacción interior difícil de describir cuando sabe que ha hecho bien su trabajo, sea el que sea: aquí y ahora no hay trabajos mejores o más importantes, el gozo es exactamente el mismo.
Como vemos aparece ahora una diferencia más tenue entre aquellos que amaban su trabajo y los que trabajan en algo por azar. Ni los primeros van dando saltos de alegría por la calle, ni los segundos sufren una depresión y tristeza insondable. Es más una cuestión de ser, no de parecer.
Cuando la labor que desempeñas, bien sea por vocación o por sustento sin más, no te proporciona este sentirte bien, es el momento de cambiar de trabajo. Si quieres parecer médico, maestro o barrendero, pero no lo eres, padecerás demasiado y harás padecer a los que te rodeen. Estarás descontento con tu cómo, dónde y cuándo y no fluirás. ¿Acaso has visto alguna vez a una hormiga tocando el violín? Dicen que produce una enorme satisfacción dominar este instrumento, pero te aseguro que a nuestra hormiga le trae sin cuidado...
Pero aun así, cuando ya todo no es tan bonito, hay algo que los equipara a aquellos que comenzaron a trabajar simplemente por un salario. Y es en esto precisamente dónde tanto unos como otros llegan a sentirse bien con su labor cotidiana, donde encuentran bienestar, templanza, fluyen. Es sencillamente en el hecho de saber que hacen algo que les sitúa en escena, que los posiciona en el mundo con su desempeño, es decir, viven y experimentan su cómo, dónde y cuándo.
Cualquier trabajador, por mucho que incluso a veces critique su propia labor, encuentra una satisfacción interior difícil de describir cuando sabe que ha hecho bien su trabajo, sea el que sea: aquí y ahora no hay trabajos mejores o más importantes, el gozo es exactamente el mismo.
Como vemos aparece ahora una diferencia más tenue entre aquellos que amaban su trabajo y los que trabajan en algo por azar. Ni los primeros van dando saltos de alegría por la calle, ni los segundos sufren una depresión y tristeza insondable. Es más una cuestión de ser, no de parecer.
Cuando la labor que desempeñas, bien sea por vocación o por sustento sin más, no te proporciona este sentirte bien, es el momento de cambiar de trabajo. Si quieres parecer médico, maestro o barrendero, pero no lo eres, padecerás demasiado y harás padecer a los que te rodeen. Estarás descontento con tu cómo, dónde y cuándo y no fluirás. ¿Acaso has visto alguna vez a una hormiga tocando el violín? Dicen que produce una enorme satisfacción dominar este instrumento, pero te aseguro que a nuestra hormiga le trae sin cuidado...
Explicaré
un caso que viví muy de cerca hace ya algunos años. En mi primera experiencia
laboral tuve la suerte de encontrarme con una persona que sabía perfectamente
que era esto de ser más que parecer.
Resumidamente, era un señor de edad avanzada, a punto de jubilarse. Su superior le encomendo que me enseñará la labor que él desempeñaba. Era un trabajo bastante rutinario pero que él ejercía con mucha diligencia. Estaba relacionado con el mundo del correo postal y como él decía entonces, cada una de las cartas que pasaban por nuestras manos contenía sagrados intereses para sus expedidores y destinatarios. A mí, con el punto de arrogancia que tiene la juventud, me parecía que desperdiciaba sus capacidades al no optar a cargos más "importantes" y dejarse mandar por otros que, sin lugar a dudas y seré muy amable, no merecían ni...bueno, lo dejo a la imaginación del lector.
Pasaron los meses y llegó el día de su jubilación. Aunque normalmente ya pasaban a saludar con asiduidad muchos compañeros a mi mentor, este día la cosa desbordó todo lo previsible. Durante toda la mañana -trabajábamos en un centro donde habían centenares de trabajadores- no dejaron de venir compañeros a despedirse afectuosamente. Eran abrazos o apretones de mano cordiales y sinceros que casi impidieron que en su último día pudiese desempeñar su función. Suerte que yo había tenido un gran maestro y pudo dedicarse a la avalancha que vino a honrarlo. No era algo preparado, una despedida pomposa o artificial, sino un continuo ir y venir espontáneo de compañeros y clientes que mostraron abiertamente su gratitud y aprecio hacia un buen compañero y mejor persona.
Durante el tiempo que trabajé con él tuve la suerte de compartir los almuerzos y las interesantes charlas que discurrían durante esos minutos. Ese día le dije que entendía perfectamente porque nunca optó a promocionarse, a intentar escalar en la jerarquía de mandos. Él me contestó que no me confundiese, que cada cual debe saber que quiere o necesita y toda opción bien llevada era loable y respetable. En su caso, simplemente, se sentía realizado con lo que hacía, entendía su importancia y trataba de hacerlo lo mejor posible, no buscaba ni quería más, simplemente no lo necesitaba. Y está muy claro que consiguió su propósito.
Resumidamente, era un señor de edad avanzada, a punto de jubilarse. Su superior le encomendo que me enseñará la labor que él desempeñaba. Era un trabajo bastante rutinario pero que él ejercía con mucha diligencia. Estaba relacionado con el mundo del correo postal y como él decía entonces, cada una de las cartas que pasaban por nuestras manos contenía sagrados intereses para sus expedidores y destinatarios. A mí, con el punto de arrogancia que tiene la juventud, me parecía que desperdiciaba sus capacidades al no optar a cargos más "importantes" y dejarse mandar por otros que, sin lugar a dudas y seré muy amable, no merecían ni...bueno, lo dejo a la imaginación del lector.
Pasaron los meses y llegó el día de su jubilación. Aunque normalmente ya pasaban a saludar con asiduidad muchos compañeros a mi mentor, este día la cosa desbordó todo lo previsible. Durante toda la mañana -trabajábamos en un centro donde habían centenares de trabajadores- no dejaron de venir compañeros a despedirse afectuosamente. Eran abrazos o apretones de mano cordiales y sinceros que casi impidieron que en su último día pudiese desempeñar su función. Suerte que yo había tenido un gran maestro y pudo dedicarse a la avalancha que vino a honrarlo. No era algo preparado, una despedida pomposa o artificial, sino un continuo ir y venir espontáneo de compañeros y clientes que mostraron abiertamente su gratitud y aprecio hacia un buen compañero y mejor persona.
Durante el tiempo que trabajé con él tuve la suerte de compartir los almuerzos y las interesantes charlas que discurrían durante esos minutos. Ese día le dije que entendía perfectamente porque nunca optó a promocionarse, a intentar escalar en la jerarquía de mandos. Él me contestó que no me confundiese, que cada cual debe saber que quiere o necesita y toda opción bien llevada era loable y respetable. En su caso, simplemente, se sentía realizado con lo que hacía, entendía su importancia y trataba de hacerlo lo mejor posible, no buscaba ni quería más, simplemente no lo necesitaba. Y está muy claro que consiguió su propósito.
Así que, recapitulando, porque todo esto es sólo el preámbulo de lo que quería comentar,
tenemos a seres humanos que fluyen mientras trabajan y que se diferencian de
los animales, que siempre fluyen, en que tienen o conocen el ocio, cosa que el
mundo animal desconoce por innecesario.
El trabajo perfecto depende más de la persona que lo lleva a cabo que del trabajo en sí: se trata de conectar, fluir, encontrar la cadencia adecuada a nuestros deseos, capacidades y necesidades. Cualquier desempeño laboral merece el total respeto de la comunidad, aunque todavía demasiados pongan etiquetas estériles e innecesarias.
El trabajo perfecto depende más de la persona que lo lleva a cabo que del trabajo en sí: se trata de conectar, fluir, encontrar la cadencia adecuada a nuestros deseos, capacidades y necesidades. Cualquier desempeño laboral merece el total respeto de la comunidad, aunque todavía demasiados pongan etiquetas estériles e innecesarias.
Pero claro,
no sólo trabajamos. ¿Qué pasa con el tiempo libre?
En un principio parece que hay un tiempo también considerable que tenemos que invertir en labores que llamaré de intendencia. A saber: tenemos que dormir, comer, asearnos, atender los quehaceres ineludibles y cotidianos, vamos, toda la retahíla de cosas que hay que hacer porque sí, sin discusión posible. Hecho esto, nos queda, si queda algo, el tiempo de ocio. ¿Qué extraordinaria cosa le pasa al ser humano entonces?
En un principio parece que hay un tiempo también considerable que tenemos que invertir en labores que llamaré de intendencia. A saber: tenemos que dormir, comer, asearnos, atender los quehaceres ineludibles y cotidianos, vamos, toda la retahíla de cosas que hay que hacer porque sí, sin discusión posible. Hecho esto, nos queda, si queda algo, el tiempo de ocio. ¿Qué extraordinaria cosa le pasa al ser humano entonces?
Pues esto
lo veremos en la segunda parte. Esta es ya demasiado larga y yo tengo
intendencias que atender. Seguirá...
No hay comentarios:
Publicar un comentario