El señor Trump ha llegado a la Casa Blanca. Mientras la
mirada atónita de medio mundo hace mil cábalas sobre su irrupción
como presidente de los EE.UU., él se enorgullece y presenta rodeado de su
familia ante el planeta.
Como uno más entre tantos, me voy a permitir el lujo
de opinar sobre el ascenso de Donald Trump hasta lo más alto del mundo de la
política.
No es de mi devoción casi nada de lo que dice, pero por otra
parte sí que comparto con él casi todo lo que representa como icono que ha
conseguido desbancar a lo político tal y como hoy lo entiendo. Los políticos
son hoy más que nunca hijos de la demagogia, la mentira y el postureo. Y
repito, estoy absolutamente en desacuerdo con sus ideas, pero me preocupa aún
más que los políticos que hoy nos gobiernan, mayoritariamente, sean hijos del
engaño, la calumnia, el chismorreo, la falsedad y nos provoquen una desmedida
decepción, desilusión, desencanto...
Dicho esto, apunto algunas de las razones que lo han
catapultado a su enorme logro:
- Representa
el sueño americano, es decir, conseguir con su esfuerzo el ansiado éxito.
- Alejarse
absolutamente de la política de despacho, de la política manida a la que
nos han acostumbrado los políticos profesionales.
- Decidirse
a decir lo que piensa, le pese a quien le pese.
Además de triunfar empresarialmente de la forma más
americanizada posible, ha sido capaz de irrumpir en la escena del poder institucional siguiendo unas
estrategias que lo han alejado de los políticos, incluso de los republicanos. La fauna política está hoy día sometida a unos dictados y maneras de proceder desilusionantes y
cansinos. Con postulados más empresariales que políticos, se presenta como
dueño, patrón triunfador de un negocio que es EUA, dispuesto a conducir su
empresa, de la que manifiesta repetidamente que todos los americanos forman parte,
a lo más alto. Las clases altas ya estaban en el "bote", pero con este mensaje
tan directo y fácil de comprender, ha sido capaz de involucrar en su propuesta
a una gran masa obrera, que de forma muy elemental se han identificado con su
personaje. Todos lo han querido como Jefe. Si yo he llegado, vosotros
también podéis, podría resumirse su eslogan. ¿Hay algo más americano?
Con esta estrategia lo ha tenido bastante fácil con
su contrincante demócrata. Hillary representaba a la perfección todo aquello
que intentaba hundir: la política es su estado puro. Precisamente a la
candidata azul su enorme experiencia y conocimientos de la política de despacho
le han jugado una mala pasada ante un adversario como Trump. No era un combate
de igual a igual, de político a político. No corren precisamente buenos tiempos
para la política. Y es ahí, precisamente ahí, donde el candidato republicano
tenía su fuerza y la ha sabido aprovechar. Con mensajes absolutamente alejados
de lo que conocemos como políticamente correcto, ha calado en una parte
importante del electorado que lo ha visto, paradójicamente, más cercano. En
esta batalla, el ciudadano de éxito, con todas sus virtudes pero también con todos sus
defectos, se ha impuesto al político profesionalizado y cargado de capas que lo
hacen moverse torpemente. El pueblo americano ha optado por el mensaje directo
por encima del serpenteante de la política de pasillos inacabables.
Todos, absolutamente todos, estamos cansados de oír al
político de turno hablando con la boca pequeña, midiendo cada una de sus
palabras para no perder votos o involucrar más de lo necesario a indeseables a
los que debe favores. La política así vivida se hace oscura, opaca, demasiado
interesada en sí misma y al margen de los problemas del pueblo. Se trata de
conservar la silla, cueste lo que cueste y diciendo lo se debe decir, ni una
palabra más. Esto conduce a políticas retorcidas sobre sí mismas, incapaces de
reconocer errores y progresar por el camino correcto. Ante esta situación,
aparece Donald Trump, que dice lo que le da la real gana. Este mensaje tan
directo choca tanto al electorado que incluso se olvida del fondo del mismo. No
importa tanto lo que dice sino como lo dice. Para bien o para mal, resulta
auténtico. La persona que vota se queda con este mensaje, el colectivo entiende
que nunca le hará daño una persona tan directa. Este colectivo teme más lo que no
dicen los políticos, lo que esconden en sus despachos, que lo que dice un
personaje como Donald Trump. Es como cuando te insinúan o intuyes que te dicen
que eres idiota y te enfureces desmedidamente; cuando te dicen idiota
directamente pasas pantalla. Existen mil cuestiones de las que nadie se atreve
a pronunciarse pero se comparten veladamente, ese ha sido el éxito que ha
puesto sobre la mesa Trump frente a los políticos, tanto republicanos como
demócratas. Al fin y al cabo el mismo se ha financiado la campaña electoral. El
trapo en la boca se lo han puesto otros.
Si la política quiere vencer a postulados como los
mantenidos por Trump, debe aprender a hablar en un lenguaje más claro, más
diáfano, alejado de intereses e interesados que flaco favor están haciendo a la
democracia.
Y una última cosa: no vengan con lecciones de moralidad los estupefactos contertulios de turno o políticos de baja talla de esta España nuestra, por favor.
Y una última cosa: no vengan con lecciones de moralidad los estupefactos contertulios de turno o políticos de baja talla de esta España nuestra, por favor.
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