Hace unos días leí las declaraciones de un presunto enamorado que se
consideraba infiel por naturaleza. Quería muchísimo a su compañera pero le resultaba
imposible no compartir cama con otras. Por supuesto su pareja no lo sabía, no
se trataba de una relación de amor libre que habría eliminado su dilema de un
plumazo.
Este “engaño” quizás es fácilmente reprochable en nuestra sociedad, pero lo
que más me llamó la atención fue el porcentaje de la población que según estudios
es infiel. Dejaré el número para el final y ahora me centraré no tanto en
juzgar la infidelidad, si no en intentar vislumbrar porque esto es así, según
dicen…
Benjamin Franklin, ese político-filósofo-científico que la mayoría reconoce
por salir en los billetes de EEUU, nos dejó muchas frases célebres que han
pasado a la posteridad. Se le atribuye una que decía algo así como: “donde
hay matrimonio sin amor, habrá amor sin matrimonio”. Todos hemos visto
alguna película romántica en la que la “chica” está profundamente enamorada del
“chico” pero casada con el “malo”. El final no os lo cuento porque es siempre
el mismo.
Ahora se trata de quitar todo el romanticismo a la frase del señor Benjamin
y sustituir amor por sexo. Si una persona es infiel a su pareja
por simple sexo, es decir, no existe mayor afán amatorio, ¿lo hace porque le
faltaba algo en casa? ¿Lo habría hecho igualmente si la relación sexual con su
pareja fuese plenamente satisfactoria? ¿Tienen culpa los dos?...se abren aquí
mil preguntas que en cada caso concreto tendrían sus respuestas y no siempre
serían las mismas. Conclusión: seguramente cada caso es un mundo.
Pero no. No me conformo y me gustaría llegar a un mínimo común múltiple en
el que de alguna manera todos estuviésemos un poco identificados.
Me parece que hay algo que a todos nos ocurrió al enamorarnos. Son un mundo
de sensaciones que no voy ahora a relatar y de impulsos compulsivos que nos
hacían hacer…eso, nos hacían hacer lo que no hacíamos si no estuviéramos enamorados,
nos hacían volvernos un poco locos… Y por mucho romanticismo, enamoramiento o
llamarlo como queráis, siempre acababa con sexo. Vamos, recordando nuestra
peli, cuando el “chico”, conseguía acabar con el “malo” y besaba a la “chica”.
THE END. Lo que venía luego no se veía, pero era sexo, seguro.
Vayamos al infiel. Hace algo que normalmente no haría saltándose la parte
romántica para ir directamente al sexo. La parte amorosa ya la tiene (en casa y
a lo mejor durmiendo o qué sé yo) pero necesita el impulso, el arrebato, el latido
acelerado, el rubor…que le empuja locamente a hacer lo que no haría. Como cuando
conoció al que duerme en casa (o la) y se atrevió a invitarla al cine o ella le
dijo que no se fuera aún y le invitó a pasear un rato más…aquí había amor, allí
sólo tetas y culos.
¿Qué pasó? ¿Se gastó el arrebato? ¿Lo novedoso es más sugerente?... Si os fijáis
bien lo único que hemos quitado de la ecuación en el caso del infiel es el amor.
Cuando nos enamoramos teníamos: amor, locura y sexo. Ahora, se conforman con la
locura y el sexo. El amor, en casa.
Yo sólo sé que no sé nada, como decía el
viejo Sócrates. Por esta razón cuando me pierdo miro a mí alrededor y observo
la naturaleza. Y hay una cosa innegable: todo tiende a equilibrarse. La madre
naturaleza busca el equilibrio: lo frío tiende a calentarse, lo caliente a
enfriarse, lo duro se hace blando y lo blando, se endurece…esto es así,
comprobado.
Pues el asunto está claro. Formamos parte de la naturaleza y en la cuestión de mundo de la pareja se busca también el equilibrio: cuando a alguien le falte sexo y
rubor, no dudéis que lo buscará donde sea. Franklin os diría: “donde hay
matrimonio sin sexo, habrá sexo sin matrimonio”.
No es que yo quiera acabar con los infieles, faltaría más, pero si tenéis
pareja, que sea otra la razón por la que os sea infiel. Hacerle caso a Franklin.
Además, que narices, tampoco es una labor tan desagradable: ruborizar a vuestra pareja, volverla loca…
Ahhh… el porcentaje dicen que pasa del 30%, así que tres de cada diez personas que
se lo piensen esta noche en casa cuando vayan a la cama…

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