miércoles, 27 de diciembre de 2017

Tabarnia viene a dar la Tabarra

Tabarra: molestar insistentemente pidiendo algo que se quiere conseguir. Pues sí, eso es precisamente lo que pone al descubierto esta Tabarnia que, al fin y al cabo, no es otra cosa que un ser virtual nacido como reacción a un ser muy real que azota a Cataluña y a España entera.


Supondremos que los principales sorprendidos (léase agredidos) serán los nacionalistas independentistas catalanes que han servido de leitmotiv de ésta, por ahora idea, que recorre e inunda las redes.

Voy a intentar poner al descubierto las flaquezas de esta Tabarnia... a ver qué pasa.

Quizás se la podría tachar de antidemocrática. ¿Qué clase de ciudadano reclama ese derecho a decidir cuando forma parte de un todo (léase Estado) que le ha permitido llegar a una nivel de vida nunca antes conocido en su historia? Si entendemos la democracia como una forma de convivencia social en la que sus miembros, libremente, establecen a través de un determinado pacto su coexistencia basada en acuerdos, parece, es verdad, poco democrático reventar este pacto (léase Estatuto, Constitución...) y establecer un supuesto derecho al margen de lo convenido soberanamente por el pueblo y recogido por la Ley. ¿Pero... ahora que pienso? Esto me recuerda a algo. Sí, sin duda, pero con una única diferencia: Tabarnia añade al independentismo catalán un aire de reacción ante precisamente lo aquí señalado. Nace como repulsa, como rechazo o repulsión a un sentir que no comparte ni quiere tolerar, con el único afán de restablecer un orden perdido y denunciar legítimamente lo intolerable. 

Quizás se la podría tachar de antisocial. Tabarnia, como todos ustedes sabrán, abraza ese territorio catalán generador de riqueza muy por encima del resto de la región de la que pretende independizarse. Dicho así suena realmente mal. Seguramente algo más que mal, pensarán ustedes. Pero claro, ¿por qué una parte del territorio que produce mucho más que el resto debe compartir solidariamente esa riqueza? Pues quizás por eso, por solidaridad. Además, por muy pequeño, pequeñísimo que sea un trozo de tierra donde cohabiten seres humanos, siempre, y siempre es siempre, una determinada zona será más próspera que otra en un determinado momento. Concretamente, en mi casa la zona más próspera es el salón, aunque últimamente la habitación de mi hijo parece que está reclamando la cabeza...Eso es de perogrullo señores míos. ¿Pero... ahora que pienso? Esto me recuerda a algo. Sí, sin duda, pero con una única diferencia: Tabarnia añade al independentismo catalán un... (y lo que sigue)

Quizás es un ataque en toda regla al Estado de derecho. ¿Pero qué es eso del Estado de derecho del que tanto se habla? Una entelequia, un algo irreal que nos mantiene maniatados sin poder ejercer nuestra soberanía y libertad, dirán los futuribles tabernianos sin despeinarse. Pero quizás, alguien que peine canas (o que sin peinarlas tenga dos dedos de frente), les podría decir que ante la ausencia del Estado de derecho democrático la vida es un pelín más complicada. También les podría recordar que para conseguir semejante cosilla muchos, muchísimos dieron algo más que un voto en una urna (quizás hasta su vida), y dicho sea de paso, precisamente para conseguir que hubiesen urnas, derechos, obligaciones, libertad, dignidad, democracia, convivencia, ciudadanía... Y lo que es todavía más difícil de comprender: se pretende establecer un nuevo espacio territorial fundamentado en la noble idea del Estado de derecho democrático inquebrantable...pero demoliendo el Estado de derecho democrático del que se procede. Incluso, alguno dirá que el problema radica en que no se vive en un real Estado de derecho democrático...ahhh, vale. Si no me gusta lo democráticamente establecido, fuera. Sí, muy democrático.  ¿Pero... ahora que pienso? Esto me recuerda a algo. Sí, sin duda, pero con una única diferencia: Tabarnia añade al independentismo catalán un... (y lo que sigue)

Y podría seguir mucho rato..., pero la verdad es que tengo sueño.

Pero, como decía más arriba, ¿qué pasó al intentar desentrañar las flaquezas de Tabarnia? Pues lo que era de esperar: se ponen al descubierto descarnadamente las miserias de todo nacionalismo que solo puede engendrar odio, desprecio, insolidaridad, egoísmo y tantas cosas más que no me las deseo ni a mí mismo en los sueños de esta entrada noche.

Bona nit a tothom¡¡¡








domingo, 24 de diciembre de 2017

Catalunya...y ahora, qué?

Han pasado las elecciones catalanas y la sensación general es que todo sigue igual. Volvemos a estar en el punto de salida y con una Cataluña manifiestamente dividida en una cuestión tan profunda y fundamental como es su relación con el resto de España. Y todo ello agravado por una situación política anómala y terriblemente compleja: políticos de primera fila y electos tras las últimas elecciones con casos abiertos de extrema gravedad, otros encarcelados y cuatro fuera de España.


Iceta y Donemech han sido los grandes derrotados de estas elecciones, o mejor dicho, sus propuestas han sido las grandes perdedoras. Quizás esto nos debería hacer pensar mucho a todos. Eran los únicos que apostaron por una solución transversal y centrada en el diálogo como única vía a la solución real al tremendo desaguisado que se vive en Cataluña. Además, la izquierda catalana ha quedado profundamente tocada, solo se salvó de la quema ERC. Desde mi punto de vista, Iceta y Domenech acertaron en la forma pero fallaron en el fondo. No fueron capaces de dar argumentos consistentes que atrajeran a sus filas tanto a independentistas como a no independentista. Solo la solución que destile estas razones será capaz de empezar a poner orden en este grotesco zipizape.


También parece claro que primaron los argumentos enfrentados sobre la independencia por encima de cualquier propuesta política. Quizás esto no nos debería cegar y dejarnos caer en una falsa interpretación sobre el peso de las izquierdas o derechas hoy en territorio catalán. En estos comicios este fue un tema secundario. Pero la situación es la que es. Tenemos una Cataluña dividida en dos. Y más allá hoy de las razones de cada una de las partes, posiblemente la raíz del problema esté en el mal planteamiento de inicio de todo este berenjenal incomestible.


Las partes enfrentadas, y ahora me refiero a los dirigentes políticos, han jugado sus partidas fuera de sus terrenos de juego legítimos. España no es el PP y los dirigentes catalanes no pueden prescindir del algo más del 50% de sus ciudadanos.

Aquí no debe buscarse ni una salida unilateral ni tan solo bilateral. El problema es la relación de todos los territorios, hoy autonomías, y la solución solo podrá venir si se encara desde una perspectiva multilateral. Cataluña y el resto de las autonomías deben ser capaces de articular una nueva manera de concebir su gobernabilidad dentro del Estado. Si no se aborda este problema desde su raíz y seguimos en la senda de la lucha estéril entre gobierno estatal y autonómico, el resultado será lamentable para todos.

Las demandas catalanas deben ser oídas y discutidas con el resto de sus “socios” autonómicos. Todos ellos deben ser capaces de encarar la situación del estado de autonomías que posiblemente necesite una revisión en profundidad. Y cuando digo todos, es todos. Deben asumirse nuevos y reales compromisos, redefinirse el espacio y acabar con agravios comparativos más que evidentes. Pero claro, para todo ello quizás necesitemos políticos de más altura o menos miopes.


De entrada, la idea de un Estado opresor, como ente malévolo encarnado en una derecha representada por el PP, desaparecería del argumentario catalán, que de manera tan victimista ha utilizado durante demasiado tiempo, alimentando un odio innecesario y absolutamente estéril, pero eso sí, seguido por legión de catalanes. El Estado regularía, dentro del marco jurídico y constitucional actual, los necesarios avances discutidos entre los territorios. Pero no impondría ciegamente su poder amparado en la sola Ley al margen del ansiado e insustituible diálogo. No ha sido capaz de oír el clamor de un pueblo catalán, que paradójicamente ayudó a consolidar, y propiciar ese diálogo interterritorial sin lugar a dudas necesario e inexcusable. Y no solo hablo de temas económicos: hablo de temas que mucho tienen que ver con los ciudadanos y su convivencia solidaria, cooperativa y social. Vamos, con sentirse partícipes e integrantes de una realidad compartida.

Hemos estado durante meses hablando de la empresas que se han marchado de Cataluña sin darnos cuenta que alimentábamos esa ruptura independentismo-gobierno central. Esas empresas se iban a España, pero a esa España de la que también forma parte Cataluña. Nadie duda que es un mal económico para el territorio catalán, pero la sensación emocional daba alas al separatismo por sentirse todavía más ajeno a todo lo que tuviese olor o color a España. Se iban fuera, y punto¡¡¡ Ese era el mensaje al pueblo catalán con profundo arraigo separatista hoy. España representaba ese fuera, siendo esa España un gobierno y no un conjunto de territorios con intereses comunes y compartidos. Que tremendo y colosal error¡¡¡¡¡¡Y así en mil cuestiones más.

Que falta de perspectiva…


viernes, 1 de diciembre de 2017

El "procés" contra el "procés"

Lo cierto para mí es que el conflicto daña más los intereses de los independentistas que los de aquellos que no lo son.

Me viene a la memoria ese magnífico librito de Thomás kuhn en el que nos brindaba una explicación al avance de la ciencia en el discurrir de la historia, bajo el sencillo esquema de paradigma establecido-crisis-nuevo paradigma. En principio puede parecer que nada tiene que ver con la situación de hoy en esa parte del territorio español que es Cataluña, pero yo creo que sí que ayuda a visualizar un posible futuro al grave conflicto.

No me cabe duda de que si la situación que se vivía en el territorio catalán no hubiese eclosionado de manera tan abrupta, el independentismo seguiría, lenta pero indudablemente, creciendo. Es decir, desde hace ya muchos años se viene cociendo a fuego lento en Cataluña el camino hacia la ansiada independencia. 
No me voy a extender aquí en explicar todo lo que se ha llevado a cabo desde que nacieron las autonomías en Cataluña al respecto, ya existe suficiente literatura que lo comenta y explicita con pelos y señales, además de estar mucho más autorizada y preparada que yo en el tema.

¿Qué ha pasado entonces? Pues, que según mi parecer, los independentistas han puesto al descubierto ante el mundo ese plan que tan bien venían cuajando desde hace años. ¿Y esto que repercusiones tendrá? Pues, como es lógico, que todos aquellos, catalanes o no, que permanecían impávidos ante el avance incesante de los postulados independentistas, han despertado a la realidad. Y esta realidad a muchísimos no les ha gustado nada, ni lo más mínimo.

Ahora estamos inmersos en una profunda crisis política, institucional y ciudadana. Necesariamente esta crisis desembocará en un nuevo paradigma social. El anterior, en el que unos hacían su camino mientras otros miraban hacia otro lado, ha quedado obsoleto. Ahora, en plena crisis, las posiciones enfrentadas tendrán que presentar toda su artillería y tras un periodo convulso, una de las posiciones saldrá victoriosa.

No será tarea fácil, el 21D será la primera prueba de fuego.

Según mi parecer, y que ya aviso que en nada concuerda con las encuestas que se presentan estos días, el bloque no independentista ganará estas elecciones holgadamente. Otra cosa será como articulan esa victoria. Mis previsiones no se basan en mi interés particular, -sería necio y absurdo-, sino en simple aritmética, en cálculos básicos matemáticos. De todas formas me puedo equivocar soberanamente, ya veremos.

Pero en lo que creo que me equivoco menos es en pensar que este ha sido un mal negocio para los legítimos anhelos de los independentistas, que ahora tendrán un camino menos suave o tranquilo para llevar a cabo su propósito. Precipitarse casi nunca es bueno, casi siempre desemboca en la improvisación y el desconcierto más absoluto. Asistimos atónitos a una escena de nuestra historia en la que políticos catalanes de baja talla, que no dudaron en apear al propio Mas, han sido los verdugos de su propósito, paradójicamente. Estarán, a partir de sus actos desproporcionados, estériles y de corta vista, bajo la atenta mirada de medio mundo y, lo que es aún más importante, de los catalanes que no entienden o comparten sus ideales, entre los que me incluyo de forma decidida.



martes, 10 de octubre de 2017

Independencia y dependencia


Independencia es fácil equipararla a libertad, a autonomía. Y sí, así es sin duda, pero entendiendo que la independencia muere en el momento que se consuma y da pie a otra dependencia. Me explico. Es un no querer depender de algo pero para sustituirlo por otra cosa. Nos podemos independizar de nuestra familia llegado el momento, pero justo en el momento que lo hagamos ya seremos dependientes de nosotros mismos o de quien sea si no es el caso. Esta sutil percepción de la palabra independencia creo que la carga de un matiz que no podemos ni debemos pasar por alto.

De alguna manera, cuando nos proclamamos "independientes de...", -y da igual lo que sea-, estamos entrando de manera irrenunciable a alguna otra dependencia de la que seremos subsidiarios sin remedio. Es decir, la independencia sería ese momento puntual y necesario que nos hace navegar de una determinada dependencia a otra. Las dependencias son esos espacios reales en los que vivimos y nos desarrollamos, siendo los momentos de independencia solo el tránsito, que aunque corto sí que muy señalado y visible, por lo que implica de cambio. Cuando las independencias -y ahora hablo de las de carácter social- se alargan en el tiempo, se encostran en los años, adquieren un matiz que no les corresponde e incluso pueden llegar a desvirtuar su esencia, pasando a visualizarse como fines en sí mismos, olvidando que son solo un tránsito. Quizás es solo una percepción psicológica, pero aun así nos aleja o confunde de su verdadero significado, es decir, terminan por convertirse en un estado de pseudodependencia de la propia independencia. Las independencias deben nacer y morir dando paso a una nueva dependencia. La independencia, en este sentido, no puede o deber ser un estado que se alargue indefinidamente en el tiempo. En esto comparto la coherencia de la CUP, aunque disto mucho de sus premisas y fundamentos; independencia debe ir de la mano de cierta rebelión, debe ser un hecho puntual que se consume y que no se eternice. En el caso de la independencia catalana, que tantísimos años llevamos oyendo, me parece más un modo de ser que un real y consciente desear algo en el que se valoren todos los elementos necesarios. La emoción pesa demasiado.

La independencia sería "un alejarse de...", y la dependencia un "depender de..." al tiempo que "atender a...". La independencia es tránsito mientras que la dependencia es un estar y ser.

Dicho esto, si ahora intento pensar en la palabra independencia en clave de ciudadano me cuesta enormemente reconocerla como apetecible. Claro está, siempre querré independizarme de todo aquel espacio que no respete lo que significa la democracia en sentido pleno y las libertades y derechos fundamentales de la persona, que tantos siglos, sangre y sufrimiento nos ha costado conseguir.

Fuera de esto, mi deseo es ser cuanto más dependiente mejor. Es decir, independizarme de España, de Francia o de cualquier Estado democrático me parece un contrasentido. Al contrario, cuando visito otros países que no son el mío siento cierto desasosiego al no sentirlos tan cerca de mí como me gustaría. Europa debe ser cada día más Europa, y el mundo entero más Mundo.

Esta idea tan simple ya fue apuntalada hace siglos por ilustrados que de manera muy certera nos avisaban de los graves problemas que acarreaban para la sociedad las exclusiones amparadas en nacionalismos identitarios.  Por principio, querer ser independiente en este ámbito, es siempre un mal síntoma que únicamente estará justificado en circunstancias, como dije, muy señaladas. Abundando en esta idea, ser independentista toda una vida de igual manera es un mal síntoma. La independencia debe consumarse en un periodo concreto, muy determinado; si no es así, algo parece que le fallan a las razones que la impulsan.

La bases de la solidaridad reposan en la idea de participación de lo otro, de adhesión sin complejos en lo diferente, desde el respeto, apoyo y respaldo necesario para la digna vida de todo ciudadano. Cuanto más parcelado es un espacio más difícil se hace comprender y respaldar a aquellos que posiblemente hablan otras lenguas o participen de otras culturas, pero que en esencia a pesar de ser lo otro, no son más que lo mismo.

La exclusión de lo diferente por ser simplemente no igual me parece un atraso o contrasentido que resta mucho y añade muy poco. Lo diferente bien entendido y vivido, precisamente no resta un ápice de identidad, todo lo contrario, la acentúa y le da mayor sentido. Solo dentro de la diversidad tiene sentido lo propio, si asumimos la libertad y la democracia como principio básico.

Esta dependencia de la que hablo y que desearía que fuese cada día mayor, en este sentido no está cargada de connotaciones ideológicas de ningún tipo, más bien responde a la sencilla razón de interesarme más lo que nos une de lo que nos separa que, sin lugar a dudas, es mucho más.



jueves, 5 de octubre de 2017

Ni Legitimo ni Legal: historia reciente de España y Cataluña


Todo gobierno tiene la obligación de ser legítimo y legal. Si alguien no parte de esta premisa básica ya se puede ahorrar seguir leyendo.

El gobierno del Estado se sitúa en la legalidad pero cada día carece más de legitimidad.

El govern de Catalunya se empeña en mantenerse en posturas ilegales aunque cada día se visualiza como más legítimo.

Un gobierno debe regirse siempre conforme a un sistema legal y bajo el amparo de éste. Cualquier otra cosa se podrá llamar como se quiera, pero no gobierno.

De igual manera, cuando un gobierno utiliza la Ley para, amparándose en ella, desoír al pueblo, carece del valor legítimo que en su momento lo llevó a ocupar el lugar del que hace poca o ninguna honra.

Esta lucha fratricida entre España y Catalunya tendrá un triste final si no son capaces nuestros gobernantes, que están muy lejos de cumplir lo básico de cualquier gobierno que se precie de llamarse como tal, de girar las tornas y abrazar dentro de la legalidad un talante legítimo.

La legalidad, sin duda, se impondrá antes. El gobierno de España con la fuerza de la Ley podrá imponerse sobre el catalán. Pero que no olviden que más pronto que tarde, la falta de legitimidad en sus maneras, en su ejecución de la Ley, les pasará una factura muy alta, incluso más de lo que son capaces de imaginar, y quedará para la historia su nefasto proceder democrático.


Si el govern catalán se empecina en transitar al margen de la Ley, no solamente provocará mucho dolor innecesario, por más legitimado que se vea por el clamor del pueblo, sino que sufrirá el azote de una Ley que terminará desgarrando Catalunya y harán falta bastantes más de 40 años para regenerar la hiriente brecha abierta.


Los ciudadanos asistimos atónitos a un desgobierno de proporciones astronómicas y vamos dando bandazos sin saber bien donde estamos o hacía donde vamos.

Es fácil en esta situación encontrar argumentos demasiado estériles que nos permitan situarnos a un lado o a otro, pero anclarnos con pies de plomo y defender una de las posiciones enfrentadas sin que nos tiemble el pulso un solo instante, se convierte en una tarea titánica e inalcanzable. Los que los lográis, permitirme que os diga que os falta legalidad o sois poco legítimos.

Desde esta posición me sitúo como el tercero en discordia y lo único que reclamo es que la democracia, como representación de la soberanía del pueblo (de ahí su carácter legítimo) y al amparo de la legalidad que emana de éste (de ahí su carácter legal), deje de ser usada sesgadamente y cada cual se presente tal y como es: ilegitimo o ilegal.


Únicamente si se auto reconocen como tales, las vías de solución estarán abiertas; de lo contrario asistiéremos a un parto donde madre e hijo saldrán mal, muy mal parados.


Y como se puede esperar, entre todo esto, para mis amigos independentistas cada vez estoy más subsumido por el fascismo rancio de España, siendo al mismo tiempo para mis amigos no independentistas, un producto más del catalanismo con el tufo insoportable del independentista. Y yo, ahí.



Y por último, el mensaje de fondo que extraigo de todo esto no es otro que la falta absoluta de verdadera educación que muchos venimos denunciando en nuestro país desde hace mucho tiempo. Sufrimos ahora las consecuencias del menosprecio a esa asignatura pendiente, a ese discurrir indiferentes a algo tan básico como es formar ciudadanos críticos, con sentido común, coherentes y capaces de generar pensamiento propio racional y razonable, propósito inalienable en toda democracia que aspire a seguir siéndolo y reforzarse día a día.

Adiós. Adéu. Agur. Adeus





viernes, 29 de septiembre de 2017

Y por última vez: Cataluña y España

"La Unión Europea debería intervenir, sin duda, pero para poner en cuarentena este insulto demócrata que representamos España y sus españas, todos sin excepción, y condenarnos a lamernos nuestras vergüenzas hasta que seamos capaces de levantar la cabeza, y con las ideas más claras y aposentadas, disfrutar de lo que significa un verdadero Estado de Derecho en democracia." 



Me gustaría empezar estas últimas letras antes del 1-O con la palabra que cierra el anterior párrafo, democracia.

Hace ya algunos años tuve la suerte de disfrutar de las magistrales clases del profesor Ramón Valdés, excelente docente y todavía, si era posible, mejor persona.
Durante un curso entero intentamos descifrar que definición recogía eso que todos sabíamos y resultó, a la postre, tan difícil de definir. No era otra cosa que la palabra Religión. No se trataba de hacer religión ni de fomentarla; tan solo se trataba de intentar llegar a la esencia de lo que para la historia, toda ella, había representado sin exclusiones. 

No voy a hablar aquí hoy de religión, aunque si voy a recoger las enseñanzas del querido y añorado profesor Valdés. 

Nos enseñó que para definir con la mayor certeza posible, debíamos abandonar ciertas pretensiones demasiado aglutinadoras y quedarnos con lo esencial que nos permitiría luego seguir creciendo. Si no éramos capaces de captar la esencia, pero toda ella, estaríamos condenados a vagar por las especulaciones y danzar perdidos, sin remedio, en un mar de dudas. Gracias, muchas gracias querido profesor.

Pues bien, voy a tratar de ceñirme a lo que aprendí e intentar llegar a una definición mínima de la palabra democracia.

La democracia, como la propia palabra señala, concede la soberanía al pueblo. Es decir, el pueblo es la autoridad que proclama, a través del voto personal y legítimo, quién gobernará según su propuesta presentada. Todo esto tendría poco o nulo sentido si no estuviese sometido a un orden jurídico, a un marco regulador que garantizase que se lleva a cabo dentro de unas disposiciones o leyes conocidas.

Siendo esto así, cuando se instaura una nueva o naciente democracia, es necesario primero someter a referéndum este marco jurídico o constitucional sobre el que se amparará el proceder de la recién inaugurada democracia. A partir de aquí, y ahora sí, una vez establecido el pacto constitucional, el campo de juego legal y jurídico mínimo e inquebrantable, se procederán a realizar las elecciones democráticas que determinarán cual será el gobierno encargado de desarrollar durante el tiempo pactado su propuesta y la forma de llevarla a cabo. 

Esta conjunción indisoluble de voto y ley es la que configura lo que en esencia se conoce como nuestro Estado de Derecho democrático.

Estamos sometidos y protegidos por una norma, un sistema de leyes que encuentran su refrendo en la voluntad del pueblo expresada a través de su voto.

Así, la democracia moderna, nuestra democracia, podríamos definirla cómo:


  • "Modo de convivir en el que los sujetos eligen libremente las relaciones contractuales que organizan su convivencia"

Esta definición podría parecer satisfactoria, pero realmente solo lo es en lo referente al establecimiento de una naciente democracia. Es decir, si no se acota un poco mejor que es la democracia, estaríamos inmersos sin remedio en una redefinición continua de la propia democracia y lo que está representa, y lo que es peor, nos olvidaríamos por completo del necesario e inquebrantable respeto al marco jurídico establecido: podríamos tumbar sin más la Ley, el Estado de Derecho establecido. Absurdamente, estaríamos anclados en un referéndum continuo sin posibilidad de respeto a marco jurídico alguno, a terreno de juego delimitado. Estaríamos instalados en el caos o desgobierno absoluto. Pero eso sí, muy libres. Tanto que desamparados.

De esta manera, quizás sería más correcto formularla como:


  • "Modo de convivir en el que los sujetos eligen libremente y respetan las relaciones contractuales que organizan su convivencia"

Este sutil "respetan" añade un valor a la definición que me parece de una trascendencia total e incuestionable. 

Ahora sí, se conforman y cumplen las dos premisas mínimas que garantizan y dan sentido a lo que es ser demócrata: voz del pueblo y respeto a la Ley.

Quien se atreve a desoír al pueblo o a situarse más allá de la ley establecida, difícilmente podrá nunca declararse demócrata.

Madrid ha desoído al pueblo catalán.
Barcelona ha quebrantado la ley.

No hay ni había razón alguna para obviar las demandas de un pueblo. No hay ni había razón alguna para obviar el respeto a la ley.

El Estado de Derecho solo tiene sentido si se escucha la voz soberana del pueblo. Aquí falla estrepitosamente el gobierno central.

Las normas que enmarcan un Estado de Derecho solo podemos modificarlas desde el respeto al propio Estado de Derecho. Aquí falla estrepitosamente el govern català.

Solo y solo sí, Madrid cede y escucha al pueblo catalán y Barcelona cede y acata la ley, la democracia volverá a instaurarse. Ambos deben iniciar un dialogo político de altura. Lo demás son monsergas o desatinos que pagaremos todos.

La democracia, aunque todos se jactan de pronunciar su nombre y hacerla suya, hoy, 29/09/2017 está huérfana y abandonada.

Un aspirante a demócrata







jueves, 21 de septiembre de 2017

Siento pena y vergüenza

Siento pena, dolor y vergüenza por los pocos que hablan con razón y son ignorados    

Siento pena, dolor y vergüenza por los muchos que hablan sin razón y son endiosados    

Siento pena y vergüenza de ser español y catalán      
Siento pena y vergüenza de nuestra clase política
Siento pena y vergüenza de nuestra ciudadanía
Siento pena y vergüenza por los que hablan en la calles y son desoídos        
Siento pena y vergüenza por el uso y abuso de la Ley       
Siento pena y vergüenza por la desobediencia institucional       
Siento pena y vergüenza por los que no entienden la desobediencia civil       
Siento pena y vergüenza por los parlamentos rotos  
Siento pena y vergüenza por los muchos que ya dejaron de leer esto al verse identificados        
Siento pena y vergüenza porque demasiados creen tener la razón absoluta        
Siento pena y vergüenza porque el dialogo es mudo        
Siento pena y vergüenza por los que no saben ceder       
Siento pena y vergüenza de tanto pensamiento sesgado      
Siento pena y vergüenza por el uso ruin de la palabra democracia        
Siento pena y vergüenza al ver como impiden votar con la Ley        
Siento pena y vergüenza al conformase demasiados votando sin Ley        
Siento pena y vergüenza al ver solo extremos        
Siento pena y vergüenza de sentirme un náufrago en tierra de nadie        
Siento pena y vergüenza al ver una Ley petrificada       
Siento pena y vergüenza al ver una Ley reventada      
Siento pena y vergüenza al ver al pueblo enfrentado        
Siento pena y vergüenza al ver como los políticos enfrentan al pueblo        
Siento pena y vergüenza cuando unos se imponen sobre otros        
Siento pena y vergüenza cuando la mentira se hace dueña de la verdad        
Siento pena y vergüenza cuando la verdad tiene un solo dueño       
Siento pena y vergüenza cuando el otro, por ser otro ya es enemigo        
Siento pena y vergüenza cuando el otro, y solo el otro, es culpable       
Siento pena y vergüenza a los ojos del mundo        
Siento pena y vergüenza al escribir esto        
Siento pena y vergüenza por intuir los pocos que lo leerán
Siento pena y vergüenza cuando las porras hablan
Siento pena y vergüenza cuando lo falso es Ley
Siento pena y vergüenza cuando la Ley es sorda
Siento pena y vergüenza cuando la sinrazón usurpa a la razón
Siento pena y vergüenza de ti, de ellos y de mí
Siento pena y vergüenza de tener que sentir tanta vergüenza y pena


Siento pena, dolor y vergüenza por los pocos que hablan con razón y son ignorados

Siento pena, dolor y vergüenza por los muchos que hablan sin razón y son endiosados


martes, 19 de septiembre de 2017

Faltó capacidad de negociación



Desde Madrid la torpeza del poderoso aniquiló un principio democrático incuestionable e irrenunciable: la necesaria capacidad negociadora del que ostenta más poder. Sin ésta, el uso de la ley se transforma fulminantemente en abuso de la misma.

En Cataluña el conglomerado de fuerzas opuestas bajo un único principio o fin, la independencia, desarboló de igual manera toda posibilidad negociadora. Frente al muro del Estado se precipitaron al abismo de la desobediencia institucional. La facción antisistema, aunque minoritaria, impuso su fuerza amparada en el  clamor del pueblo, el mismo que durante los últimos años pasó inadvertido y obviado por la ceguera de un gobierno estatal rehén de sí mismo.

Ante este panorama, la ausencia absoluta de líderes de verdadero peso específico que supieran enfrentarse a propios con el afán de encontrar el camino hacia la negociación política, acabó de determinar la situación en la que hoy nos encontramos.

La canalización de la situación hoy requiere, todavia más, capacidad de negociación.

La ley por sí sola no será capaz de reconducir a un pueblo, a una marea humana que ha servido de coartada a un gobierno para situarse en terreno de nadie, y lo que es aun peor, servir igualmente de coartada para los que se amparan en el uso y abuso de la ley.

Legitimarse como Estado al margen de la ley, sin la capacidad suficiente para negociar la dignidad que merece semejante empresa dentro de una democracia, desacredita toda independencia que busque el reconocimiento de propios y extraños.

Se ha cogido el camino más largo y tortuoso, lleno de punzadas sangrantes legalistas y caceroladas que vacían los escaños.

Pero la historia es inapelable. La negociación se impondrá como no puede ser de otra manera, les duela a unos o la sufran otros. Y la única recompensa de coger la ruta más tortuosa será, sin lugar a dudas, la salida del terreno de juego de aquellos que demostraron tan poca categoria política así como sensibilidad social. En esencia, lo esencial del político: capacidad negociadora.

Ley o voto en el embrollo de Cataluña.

Desde Cataluña el gobierno autonómico se ampara en el derecho a votar para luchar, contra viento y marea, incluso desobedeciendo al TC y a quien haga falta.

Desde España el gobierno central se ampara en el cumplimiento de la Ley de espaldas al pueblo para doblegar, contra viento y marea, a las instituciones catalanas.

El Estado democrático que nos ampara, dicho con palabras muy sencillas, se fundamenta en la soberanía del pueblo (voto) y en la leyes que emanan (ley) desde las instancias que representan a esta ciudadanía. Es imposible entender el sentido pleno de lo que significa democracia si prescindimos de cualquiera de los términos. El sometimiento de uno a otro es solo el resultado de un fracaso político monumental, que terminará dañando las estructuras más profundas y que tanto esfuerzo y sangre nos costó conquistar. Pero la memoria es débil y la autocomplacencia, febril.

Las leyes garantizan nuestras libertades, entre las que se encuentra de manera preponderante el derecho a votar. Este derecho inalienable se circunscribe en unos contratos que se establecen con el fin de garantizar la convivencia y libertad de los miembros que formamos parte de la comunidad. 

El voto al margen de la ley o la ley que menosprecie el voto dinamitan nuestra sociedad. 

Si la Ley se quebranta, salta por los aires el Estado de Derecho.

Si el derecho a votar se menosprecia, el Estado de Derecho pierde su verdadero aval y garantía.

Parece que la solución única a esta situación, poco menos que de pantomima democrática, pasa por llegar a un acuerdo que garantice la votación dentro del marco jurídico vigente.

La situación está hoy absolutamente enquistada. Cada parte se ampara y cobija en sus principios (ambos sesgados) y se empeña en tensar la situación hasta conseguir que la ciudadanía, hastiada y asqueada, se fragmente cada vez más y pague las consecuencias, como así será.

Mientras tanto, desde fuera nos miran atónitamente y España y sus españas, una vez más, muestran sus vergüenzas y delatan su frágil e inmadura democracia. 

La Unión Europea debería intervenir, sin duda, pero para poner en cuarentena este insulto demócrata que representamos, todos sin excepción, y condenarnos a lamernos nuestras vergüenzas hasta que seamos capaces de levantar la cabeza, y con las ideas más claras y aposentadas, disfrutar de lo que significa un verdadero Estado de Derecho en democracia. 






domingo, 17 de septiembre de 2017

Los ciudadanos y su responsabilidad ante el 1-O

Ahora vamos a contar la historia de una manera bien distinta.

Hay una cosa en la que toda la ciudadanía coincide, independentista y no independentista, de Vic o de Baeza, es un hecho: la nula conexión y dialogo político en los últimos años entre Barcelona y Madrid o Madrid y Barcelona.

No trato de buscar culpables ahora ni razones que justifiquen a unos o a otros. Todos tendrán miles de argumentos para justificar esta ausencia casi absoluta del más mínimo entendimiento político, y por supuesto, amparados todos ellos por una verdad casi divina, por incuestionable.

No van estas letras de eso.

Dicho esto, la ciudadanía reclama a sus políticos la solución de sus problemas y anhelos, como es lógico y razonable. Y por supuesto, los políticos que representan a la fracción contraria no han estado a la altura, no han cumplido las expectativas: para los independentistas los políticos del gobierno se equivocan soberanamente; para los no independentistas, los políticos de Cataluña erran sobremanera.


Imaginemos por un momento que los ciudadanos, hartos del cerrajón político, reclamasen a los políticos que más fielmente los representan SOLUCIONES. No más historias de imposibilidades, de falta de dialogo, de desencuentros o enfrentamientos estériles...o la la calle, despedidos por incompetentes.


Simplemente soluciones que para eso os pagamos, para eso ostentáis esa condición de parlamentario, para eso os elegimos como representantes.

Ahora mismo los independentistas estarán pensado que “sus” políticos así lo han hecho: les han representado de la manera más fiel posible con sus actuaciones. De igual manera, los que no lo son, pensarán que los “suyos” están haciendo lo correcto dadas las circunstancias. Entonces: ¿quién es el último responsable de todo este galimatias?

Pero lo cierto es que la situación, en lugar de encaminarse hacia una SOLUCIÓN satisfactoria para todos, cada día se enquista más y nos ofrece un panorama más radicalizado y enfrentado.

Quizás, y solo digo quizás desde la condición de un iluso que sin nada mejor que hacer se entretiene escribiendo estas letras, la ciudadanía no ha sido capaz de dirigirse a sus representantes más afines y exigirles soluciones políticas más allá del enfrentamiento estéril y abocado a una lucha poco productiva para todos.


Lo que intento decir con esto es que culpamos a los políticos y nos olvidamos de la sinrazón que de igual manera se apodera día a día, cada vez más, de la ciudadanía en su conjunto, alimentándose precisamente de la baja categoría política que los representa, que en última instancia solo es capaz de utilizarlos para defender sus tristes estrategias o para reconfortarlos con el uso abusivo de la Ley, a falta de verdadera política.

Intuyo, pero no me hagáis mucho caso, -recordad que soy un pobre iluso aburrido-, que en otras latitudes donde la ciudadanía ha aprendido que esto de ser ciudadano es algo más que atrincherarse o saltar al vacío, la situación se habría solucionado de una manera bien distinta.


La amplitud de miras que requiere un ciudadano “evolucionado”, o del siglo XXI ya que está tan de moda expresar así lo último, lo más del ahora, dista mucho, a mi parecer, de la que veo a mi alrededor.


Seguimos siendo borregos, -y un vez más, tranquilos por lo de borregos, ya sabéis que soy un pobre iluso-, con un criterio propio más que hipotecado, subsidiario de lo que oye o le cuentan o le interesa. El buen ciudadano, tal y como lo entiende este pobre iluso, brilla por su ausencia.


En esta triste historia que estos tristes días nos acompaña, veo como hay una decantación continua e imparable hacia las posturas enfrentadas de nuestros tristes políticos y su estéril enfrentamiento por parte de la ciudadanía, sin el menor atisbo de sensatez, cordura y, por qué no, pensamiento propio, maduro, racional y sensato.


La ciudadanía es pasto de políticos de tres al cuarto. Los políticos de tres al cuarto, sabedores (me temo que es lo único que saben) de la falta de madurez de sus ciudadanos, hacen, deshacen y mal hacen con la impunidad del que se sabe héroe con migajas.

Al fin y al cabo, los políticos salen de la ciudadanía, sin ser, dicho sea de paso, lo más granado.


Si nuestros políticos tuviesen delante una ciudadanía bien distinta, otro gallo cantaría.  Pero creo que ya estamos hablando de Educación, la gran ausente de los últimos 40 años…y esa es otra historia, pero tan cercana…


Y que nadie se ofenda, yo me confieso como el más iluso de todos, vaya por delante.


viernes, 15 de septiembre de 2017

Al gobierno de Cataluña

Cuando el clamor del pueblo desde la calle pide la desobediencia a ciertas instituciones debe provocar una reacción en las mismas, sin duda: algo pasa.

Pero cuando esta desobediencia civil la recoge alguna forma de gobierno y la hace propia, transformándola en desobediencia institucional a la Ley que le ampara, ya no pasa solo algo; el Estado de Derecho salta por los aires y la legitimación de esta institución desaparece por completo, a los ojos de todo y de todos.

Si además la institución, “des-institucionalizada” por sí misma, intenta enmascarar su fatal maniobra bajo la palabra democracia, la confusión llega ya a límites insondables.

Confundir democracia con una manera de proceder en la que el poder es ejercido de manera autoritaria, creo que no tiene nombre, al menos por mi conocido. Democracia es democracia y totalitarismo es totalitarismo. Yo no conocía, al menos hasta estos días, la democracia totalitaria o el totalitarismo demócrata.


¿Qué crédito puede tener gobierno alguno que rehúya la Ley vigente para fundamentarse? ¿Acaso esta Ley es tan opresora? ¿Y si lo fuera, no sería esta misma Ley, o una muy similar, la que utilizará para fundamentarse?


Desde instancias supranacionales nunca serán respetados como gobierno legítimo. Desde instancias infra nacionales nunca podrá ser respetado. Le podrán reclamar en cualquier momento una secesión interna tal cual la llevo a cabo, al margen de todo marco jurídico.

No se escribe la historia del Derecho en 24 horas.

Es legítimo, y siempre ha sido y será así, que desde estamentos civiles se reclame más allá de la Ley. Es precisamente este el acicate que impulsa o promueve su revisión y actualización. Provoca la tensión necesaria para que las instituciones, dentro de los marcos jurídicos y legales, actúen, ejerzan su fuerza parlamentaria. Lo demás, no es política democrática.


El gobierno catalán se ha confundido, confunde y pasará a la historia como el gobierno del desgobierno.



Al gobierno de España

Cuando el clamor del pueblo desde la calle pide la desobediencia a ciertas instituciones debe provocar una reacción en las mismas, sin duda: algo pasa.


Estas instituciones a las que desautoriza la voz del pueblo no pueden ni deben hacer oídos sordos. Mirar hacia otro lado es la más infame de las formas de actuar. Es la omisión total al deber adquirido de todo gobernante.
La soberanía del pueblo, la democracia como sistema político que nos ampara y fundamenta nuestro Estado de Derecho, terminará dando la espalda a ese gobierno. Solo es cuestión de tiempo.


Las Leyes no pueden ser utilizadas con el malvado poder de Medusa, esa Diosa griega que petrificaba a quien le miraba a los ojos. Pero que no dude la Ley, o más propiamente dicho, el gobierno que se ampare bajo la misma buscando cobijo sin entender que no existe la Ley divina o eterna, que será decapitado antes o después por Perseo, tal como hizo éste con Medusa, y desde esa Ley buscará su reformulación y legitimación atendiendo a los anhelos del pueblo y la democracia que lo ampara y sustenta.


Que no nos engañen con cantos de sirenas el gobierno que desoye al pueblo y se vanagloria de ser demócrata por respetar la Ley. Este es un ejercicio de cinismo, cobardía y oportunismo indigno y desleal.


La Ley existe para ser respetada al igual que el pueblo para ser oído. Eso, y sólo eso, es verdadera democracia.


Nuestro gobierno, sordo, miope y manco, pasará a la historia como aquel que provocó en la omisión de su deber la mayor vergüenza de la España democrática del Siglo XXI.