lunes, 30 de enero de 2017

Santiago Vidal, me dejas perplejo

Sobre el señor Santiago Vidal se está diciendo todo lo decible. Será noticia unos días. Luego, al cajón del olvido o hasta la próxima, como todo es nuestra vertiginosa vida de la hipercomunicación.

Antes de que todo sea pasto de un pasado lejano de pocos días, me gustaría mostrar aquí mi profunda perplejidad con todo este embrollo.

Dos cosas, rapidito, me gustaría decir:


La primera es la falta de coherencia por parte de unos políticos que ahora se apresuran a condenar al ostracismo al señor Vidal. 

Senyors parlamentaris, ustedes pregonan a los cuatro vientos su determinación de llevar adelante un referéndum sea cual sea el escenario. Es decir, tanto legal, si hay acuerdo con Madrid, como ilegalmente si no lo hay. Pero claro, las declaraciones del jurista que les condenan a manejarse ajenos a la ley son inconcebibles.

Perdónenme, pero no les entiendo. Dentro de ese conglomerado de partidos independentista, sólo uno, la CUP, mantiene desde el comienzo una postura coherente con sus principios; el resto, se mueven en  la más profunda ambigüedad que sólo pone de manifiesto su incompetencia, y lo que es peor todavía, deslealtad al electorado.

La segunda es más introspectiva. Me cuesta comprender, conociendo como conoce estos ámbitos, la actitud del señor Vidal. O se debate en su fuero más interno entre independentismo y legalidad, o simplemente es una persona que habla más de lo debido y de forma indiscreta. 

En el primer caso lanza un torpedo tremendo contra las bases del procés catalanista. En el segundo lanza un misil.



Sea como sea, y viniendo de quien viene, me deja perplejo. Da que pensar. 

viernes, 27 de enero de 2017

Youtubers y Yutubes

Desde siempre han existido personas que dentro de un determinado grupo contaban más historias que el resto. Los había agradables y desagradables, graciosos y no tanto, honestos e inmorales y toda la retahíla de calificativos que se nos ocurran.


Lo cierto, es que dentro de los grupos se establecía tácitamente una especie de ley no escrita que condenaba a los desafortunados: eran los plastas, los pesaos, los pelmazos o los que necesitan molestar sin más para sentirse dentro del grupo.


El grupo, de alguna manera los iba dejando de lado hasta que por propia iniciativa, en la mayoría de los casos, desaparecían para ir a contar sus desafortunadas historias a otra parte.

Hoy vivimos ese fenómeno pero con la hiperamplificación que supone internet. Ahora el grupo no son unos cuantos, sino millones repartidos por todo el planeta.

Pero el que contaba cosas sigue siendo uno. Y este uno, que ahora tiene un nombre y se llama youtuber, incluso ha sabido sacarle provecho al asunto y se ha profesionalizado.
Pero claro, lo que no cambia es que los sigue habiendo afortunados en sus mensajes y relatos frente otros que no lo son tanto. La diferencia radical es el inmenso eco que tienen ahora por la cantidad de personas que aglutinan a su alrededor.


Pero lo que estoy convencido que no cambiará es esa ley tácita no escrita que irá condenando a aquellos que no entiendan lo básico; lo que hace referencia a la nítida diferencia entre lo tolerable y lo condenable.

El fenómeno youtuber me parece aire fresco, sano y renovado en el mar ennegrecido de la comunicación, que en la mayoría de los casos sólo responde a intereses o tiene fines propagandísticos cargados de ideologías.


En cuanto a los aciagos yutubes, irán siendo condenados al ostracismo, tanto por sus colegas como por su público. Las disculpas siempre son bienvenidas, pero en la mayoría de los casos el talante es algo que no se puede ocultar, ...ni bajo disculpas.






jueves, 26 de enero de 2017

Cómo ser más feliz. Hoy: El verdadero problema


Hace ya algunos años conocí a un pastor. Era un día gélido, pero allá en la montaña, rodeados de ovejas, nos calentamos con un pequeño fuego y una cálida conversación.

  

Hoy vivimos rodeados de problemas. Yo tengo problemas, tú tienes problemas y él tiene problemas. La capacidad resolutiva de cada cual es lo que marca la diferencia...o no.

Pues yo creo que no, o a medias. Creo que dicha capacidad para resolver problemas la tenemos todos, aunque sólo sea por lo entrenados que estamos al aparecer por cualquier esquina y en cualquier momento contrariedades y preocupaciones. ¿O no?

¿Pero por qué digo "a medias"? 

Creo que la diferencia entre las personas que encaran con mayor éxito esto de resolver problemas y las que parece que sólo se preocupan de buscarlos y resolverlos mal o poco, no radica en la capacidad de unos y otros, sino en la manera de afrontarlos. Es decir, no es tanto una cuestión de proceso, de cómo llevo a cabo el asunto de resolverlo; es más bien el planteamiento de cómo hacerlo. Dicho más claro: lo que empieza bien tiene más posibilidades de éxito; lo que de entrada ya planteamos mal...problema a la mochila. En pocas palabras: los exitosos no mezclan los problemas, saben perfectamente que para salir airosos tienen que ir paso por paso y ordenadamente, y los calamitosos los amontonan, superponen unos encima de otros, y el resultado...

Pondré un ejemplo: imaginemos que alguien nos pide que le enhebremos una aguja. Es una tarea sencillita, a primera vista. A este alguien le vamos a llamar Julián. Lo intenta y fracasa una y otra vez. Ante la imposibilidad, se frustra. Al final, nuestro amigo Julián, deja la aguja y el hilo de mala gana y se va buscar otro problemilla, eso sí, malhumorado. 

Esta situación concreta de nuestro amigo Julián se da mucho más a menudo de lo que nos podamos llegar a imaginar.

¿Pero, qué pasó realmente? Pasó lo que tenía que pasar, ni más ni menos. Había un problema claro y definido: enhebrar aguja e hilo, y en el proceso el pobre Julián fracasó. Pero, ¿por qué falló en algo que a primera vista le pareció tan sencillo? Cometió un error gravísimo: mezcló problemas. Y este es el verdadero problema de los problemas. Pero veámoslo.

Simplemente tenía que haber cogido sus gafas,-que por cierto las había perdido y no se había preocupado de hacerse otras-, ponérselas y ver sin tanta dificultad el agujerito de la aguja, y cómo parece que tenía buen pulso, o al menos eso dijo al ofrecerse voluntarioso, habría tardado sólo unos segundos en conseguirlo.

Esta escena que acabo de describir, aunque poco tiene por sí misma de determinante en nuestra vida, sí que plantea una manera de manejarnos que en cuestiones de mayor índole, el resultado termina siendo parecido.

Si ahora pensamos en otras circunstancias que a nuestro querido Julián se le planteen, quizás la cosa se complique.

Enhebrar o no una aguja posiblemente no nos quite el sueño. Pero son múltiples las realidades que cada día se nos presentan y no todas son tan poco determinantes en nuestras vidas.

Podemos pensar cuantas queramos, son infinitas y no tan pueriles.

Imaginad a un treintañero que nunca ha tenido pareja. Si no le preocupa, perfecto. Pero si le alarma o intranquiliza, ya tiene un problema. Pero éste, si lo encara pensado que lo resolverá obcecándose en la pareja que no tiene, como si fuera el problema en sí, quizás sólo consiga complicar más la situación.

Pues bien. Este treintañero es nuestro amigo Julián, que después de no conseguir enhebrar la aguja, se fue a tomar unes cervezas. Quizás, se dijo a sí mismo, "allí me tropiece con la mujer de mi vida". Quizás, Don Julián, pero solo quizás.

Se tomó no una, sino cuatro cervezas, solo y cabizbajo en la barra.

Nuestro apesadumbrado Julián, que día y noche pensaba y suspiraba por la mujer que no tenía, atesoraba no uno, sino muchos problemas que no se llamaban precisamente “pareja” o “mujer de su vida”.

Vivía con su madre, no tenía trabajo ni lo buscaba, solo bebía cerveza, normalmente vestía mal y olía peor, era descuidado y su tiempo lo empleaba en ver la tele, tumbarse en el sofá y apoyarse en una barra con su única amiga, doña Cerveza.

Pero eso sí, se lamentaba profundamente de no haber tenido nunca novia por más que se había esforzado en buscarla. Y lo más curioso es que se preguntaba por qué. No lo entendía, no le cuadraba. Y así iban pasando los días…confundió sus muchos problemas, que obviaba y no atendía, con un supuesto gran problema único, culpable de todos sus males, cuando sólo era una consecuencia...




El pastor con su rebaño de ovejas me enseñó algo muy simple que ya nunca olvidé: las persones que no levantan la vista para poder ver el horizonte más allá de sus narices, terminan siendo esclavas de sus miserias. Sin visión amplia de lo que nos rodea y de lo que somos, nos convertimos en pasto del despropósito y el infortunio.
Tenía más de setenta años, pero una vista de águila envidiable: nunca había dejado de mirar el horizonte.






Cómo ser más feliz. Hoy: ¿Sufres una crisis existencial? Aprovéchalo

Es muy posible que en algún momento de nuestra vida hayamos pasado por una crisis existencial. Incluso algunas son tan conocidas que hasta les ponemos nombre: la de los cuarenta, la de los cincuenta...

Se caracteriza por ser una época en la que estamos más meditativos y nos cuesta encontrar sentido a nuestra vida. La desmotivación se apodera de nuestro día a día y generalmente los sentimientos que más manifestamos son la tristeza y el desconsuelo.

Nos hacemos preguntas que antes ni pasaban por nuestra cabeza, o si lo hacían era de una forma fugaz. Y esto, cómo veréis, es muy significativo. Pero vayamos por pasos.

Pues bien, si estás ojeando estas cuatro letras y piensas que estás viviendo una crisis existencial, la has vivido o intuyes que te podría llegar, como a cualquier hijo de vecino, sigue leyendo. Ya ves, sea cual sea tu situación, no te queda más remedio que seguir leyendo...

Normalmente aparecen tras un cambio importante en tu vida que hace que te replantees muchas cosas, aunque no es condición sine qua non: pueden aparecer en cualquier momento y sin motivo aparente alguno.

Sea como sea, desde aquí, te invito de manera muy decidida a aprovecharte de ella. Sé muy bien que normalmente se habla de las maneras de superarla, dejarla atrás lo antes posible y volver a la rutina o a tu vida tal y como la conocías antes de que apareciese. Pero además…

¿Aprovecharte de ella? Pues sí, ni más ni menos.

Nuestra vida, por mucho trajín que tenga, se desarrolla con unas rutinas muy determinadas que intentan hacernos el camino más fácil. Nos habituamos a una serie de prácticas, costumbres, que buscan economizar, es decir, gastar las mínimas energías posibles. De ahí que cuando emprendemos un nuevo proyecto nos resulta más dificultoso, sea el que sea: desde una nueva receta culinaria que nunca hemos preparado hasta afrontar el reto que supone un nuevo empleo o cambio de vivienda. Pero por fortuna, pronto habremos establecido las nuevas destrezas o habilidades que nos harán el camino más fácil. Simple economía de esfuerzos. 

La costumbre nos acostumbra y nos hace sentirnos cómodos, seguros, tranquilos.

De muy diferente manera, las crisis existenciales son un vuelco total a esta situación. No voy a analizar ni a preocuparme del porqué de las crisis, esto importa poco ahora. La realidad de las mismas es lo que me interesa aquí.

Si nos centramos en las crisis, vemos que se caracterizan por despertarnos un talante muy diferente al que tenemos con un estado de ánimo normal, cuándo todo marcha según lo previsto y nos sentimos razonablemente bien.

Durante las crisis nos replanteamos eso tan valioso y único que tenemos y que se llama nuestra vida. Las crisis, aunque nos hacen padecer, son muy creativas y lúcidas. Nos despiertan hacia nuevos proyectos vitales.

Las crisis, en la que se sufre sin lugar a dudas, nos otorgan la oportunidad de replantearnos y cambiar todo aquello que convivía con nosotros y que sin darnos cuenta, por hábito y costumbre, ni tan sólo dudabamos. 

Las crisis son sacudidas profundas que nos levantan del sofá, que aunque cómodo y agradable, nos mantenía adormecidos. Sin éstas todo seguiría igual. Abren paso a todo un mundo nuevo de posibilidades que de manera lógica nos incomoda, por formar parte de lo desconocido o diferente. Por eso cuesta superar una crisis: supone aceptar, en mayor o menor medida, nuevas reglas de juego.

Pero precisamente, el aprobar y acceder a esos posibles nuevos códigos que entrarán a formar parte de nuestras vidas es a lo que yo llamo aprovecharse de las crisis, entender y sacar provecho de ellas.

Si sabemos gestionar la crisis y no quedarnos en ella cómo si de un bucle inacabable se tratase, el resultado puede y debe ser positivo.

Habremos pasado de una zona de confort a una crisis y, con esfuerzo y posible sufrimiento, a una nueva y renovada zona de confort. 

He conocido personas que rehúyen categóricamente establecerse en zona de confort alguna. Sus vidas son una especie de estado de crisis perpetuo, pero no doliente, enfermizo, sino de un ajetreo continuo pero lleno de vida. Posiblemente sufren más, pero al ser una elección vital las recompensas seguro que lo justifican.

Nosotros debemos entender las crisis como empujones que nos da la vida para que saltemos ese charco que de diferente manera ni tan sólo veríamos. Superada la crisis, descubrimos que también hay vida al otro lado del charco. Durante el trayecto, posiblemente nos mojaremos, nos llenaremos de barro y titubearemos en muchas ocasiones. Pero si somos capaces de coger la suficiente carrera, seguro que llegaremos al otro lado y con nuestras alforjas existenciales, sin duda alguna, mejor repletas.





ir a web La orientación filosófica  

martes, 24 de enero de 2017

Sobre el referéndum en Cataluña

Parece que hoy andan por Bruselas políticos catalanas con la sana intención de explicar, clarito y conciso, el problema que se traen entre manos.


Hoy me gustaría reflexionar un poquito sobre la cuestión del referéndum. Desde el gobierno central no quieren ni oír hablar del asunto. Desde Barcelona, es una cuestión ineludible. 

Pero es tan ineludible para los gobernantes catalanes que incluso admiten abiertamente que se hará, tanto con el beneplácito desde Madrid como sin él.

Cataluña, y corríjanme si me equivoco, forma parte del territorio español. De tal manera que entiendo que cualquier cosa que afecte a un barcelonés debería afectarle también a un cordobés o a un murciano. Y cuando hablamos de segregación, de separación, creo que estamos hablando de algo más que de cualquier cosa.

Así, me parece que un referéndum sobre la independencia de una parte de España, todos los españoles tendrían derecho a participar. 

Pero claro, luego está el tema de la autodeterminación. Pero me pregunto: ¿dónde empieza esta llamada autodeterminación y dónde acaba?

Si aceptamos que Cataluña, al margen del resto de España, celebre su referéndum sólo en su territorio, no sería también razonable, bajo el mismo criterio, que dentro del territorio Catatán, cada comarca o pueblo celebrase el suyo.


Me vienen a la cabeza muchos pueblos, tanto grandes como pequeños, incluida la propia Barcelona, que seguramente podrían reclamar, por su derecho de autodeterminación, la independencia de una posible República Catalana al tener más conciencia o interés por sentirse españoles.

Es más, este posible referéndum Catalán, si se da, debería contar sus votos no por territorio Catalán, sino por comarcas o pueblos, o si me apuráis barrios o calles...

Puede parecer un razonamiento estúpido, pero si lo es, creo que no sé nada de Estado de Derecho ni de Democracia. 


Que conste que no tengo intereses ni separatistas ni unionistas, simplemente me planteo una situación que no veo del todo clara. Ahí queda.



Cómo ser más feliz y evitar la ansiedad. Hoy: ¿De verdad te crees que es verdad?

Una verdad vendría a ser algo auténtico, evidente, certero, justificado, efectivo, exacto y cuantos calificativos más le queremos poner.

Y así es, no cabe duda.

Lo que ya no está tan claro es que esa verdad, sea la que sea, tenga una validez intemporal, es decir, sea verdadera más allá del momento en que se formule.


Hay muy pocas cosas verdaderas o incuestionables. Casi me atrevería a decir que solo hay una.

De todas formas, más allá de dilucidar la cantidad de verdades no discutibles que puedan haber, creo que es mucho más provechoso aprender a poner entre paréntesis las verdades que necesariamente nos acompañan en nuestro día a día.

En demasiadas ocasiones no convertimos en esclavos de ciertas verdades que nos lastran y no nos dejan ver más allá de ellas mismas.


Si miramos nuestra historia, vemos como verdades que en determinados momentos se daban por incuestionables, el paso del tiempo les ha ido limando la corteza de su supuesta veracidad imperecedera y hasta las ha convertido en grandes mentiras, en ocasiones interesadas y en otras fruto de la ignorancia.

Pero si bajamos un escalón y nos situamos en nuestras propias vidas, seguramente podremos encontrar verdades que nos han acompañado durante mucho tiempo, sin ni tan solo cuestionárnoslas, y de repente un día, normalmente de manera accidental, han dejado de ser tal verdad con las posibles consecuencias que ello haya podido conllevar.

Quiero decir con todo esto que está claro que para manejarnos en esto que llamamos nuestra vida debemos tener las ideas lo más claras posibles, pero ello no nos debe cegar de tal manera que nos deslumbre y no nos deje ver más allá.


Es tremendamente beneficioso y útil mantener un espíritu crítico. Pero no me refiero ahora a crítico con todo aquello que nos envuelve, que nos resulta más sencillo, sino críticos con nosotros mismos, con nuestras convicciones.

No por ser nuestras deben ser las mejores; deben ser las mejores por estar expuestas al continuo juicio y reflexión, tanto propio como ajeno. Y eso, créanme, a la mayoría de las personas les duelo demasiado o toleran mal.


Tener una mente abierta, flexible y juiciosa no es tarea fácil. Requiere esfuerzo y entrenamiento.


Confundimos alegremente opiniones con talantes, coherencia con dogma, respeto con miedo, libertad con desobediencia…que unido a ciertas verdades exentas del sano juicio necesario que reflexione sobre ellas, nos condenan a una marea de despropósitos…que nos marea.


Así, creo que es interesante entender que toda verdad es relativa, o, como mínimo, cuestionable. 

Incluso las propias.




viernes, 20 de enero de 2017

Cómo ser más feliz y evitar la ansiedad. Hoy: ¿Qué pasa con nuestro tiempo?

No puedo ofrecerte recetas “mágicas” que resuelvan sin más tus problemas. No existe la panacea universal que te conduzca a la felicidad; o al menos yo no la conozco.

Si puedo brindarte la oportunidad de disfrutar de un diálogo compartido, sincero y honesto, en el que a partir de tus propias experiencias y vivencias te sitúe, te posicione en tu realidad de una manera coherente, reflexiva y razonada.

Esto te ayudará, sin lugar a dudas, a fraguar el camino de tu vida encarado hacia la consecución de una mayor felicidad.



Hoy: ¿Qué pasa con nuestro tiempo?



Vivimos el instante, pero éste es tan efímero que nuestra percepción del tiempo nos llega a través del pasado y del futuro; de lo vivido y de nuestro proyecto; de nuestra realidad ya pasada y de nuestras expectativas futuras inciertas.

Hablemos hoy del pasado, que nos dice más de lo que parece…

Hoy me voy a centrar en el pasado por su importancia a la hora de valorar como administramos nuestro tiempo.


La lectura del pasado siempre es un tema controvertido, un tema que da mucho juego y mucho que pensar. La memoria y la interpretación lo convierten en algo muy personal, más subjetivo de lo que en principio puede parecer. La visión del pasado, incluso el propio, nunca es neutra. Pero ese será tema para otro día; hoy me centraré en la manera en que repartimos nuestro tiempo basándonos en lo vivido, que dice mucho sobre quiénes somos y tiene mucho que ver también con nuestra felicidad. Veamos.


¿Cómo repartimos nuestro tiempo?


A pesar de que cada persona reparte su tiempo de la mejor manera que le parece, a grandes rasgos y por encontrar un modelo que nos sirva para todos, diremos que lo empleamos en:

  • Dormir
  • Trabajo 
  • Ocio
  • Labores de intendencia (aquello ineludible que hacemos cada día: comer, asearnos...)
El primer apartado es sencillito. Felices sueños. Por supuesto puede ser un problema para los que padezcan insomnio, pero eso es un tema que se escapa de estas letras. Sea como sea, para poder seguir avanzando calcularemos que dormimos una media de ocho horas a lo largo de nuestra vida. Los que dormís menos, pensar que de niño pasabais más horas entre las sábanas y de mayores, entre siestas y cabezadas de media mañana...

El trabajo es una categoría que por sí sola daría para escribir una enciclopedia, pero hoy sólo nos interesa en su faceta de ocupar una parcela de nuestro tiempo que cifraremos entre ocho y diez horas diarias.

Al ocio le voy a adjudicar un rango muy amplio. Seguro que más de uno ya pensaba en el bar tomando cervezas o los ratos que dedica a disfrutar según antojos y posibilidades. Y así es, pero aquí para simplificar en ocio admitiré todas las relaciones o circunstancias que salgan de lo estrictamente laboral y de las labores de intendencia, es decir: familia, amigos, entretenimiento, vacaciones... Aquí vamos a poner tres horas diarias.

Y, por último, el apartado de labores de intendencia agrupará todas las acciones que llevamos a cabo para que nuestra vida se desarrolle con normalidad, vamos, todo aquello que hacemos porque no hay más remedio: la compra, alimentarnos, aseo personal, limpieza, desplazamientos... A este apartado le vamos a dedicar cinco horas diarias.

¿Y todo esto, para qué?


Es quizás un reparto caprichoso y artificial del tiempo que no se adaptará a todas las realidades, pero eso importa poco ahora. Cada cual puede crear sus propias categorías y adjudicarle el tiempo que considere oportuno a cada una de ellas.

La verdadera importancia de todo esto no es como repartimos nuestro tiempo, sino de qué manera lo vivimos. Me explico.

Sea cual sea la forma en que repartamos nuestras horas, lo verdaderamente crucial es que sepamos transitar adecuadamente por cada una de etapas por las que transcurre nuestro día. Es decir: si mi jornada laboral es de ocho de la mañana a cinco de la tarde, no puedo estar trabajando a las nueve de la noche. Puntualmente es obvio que pueda ocurrir, no se trata de un sistema rígido inquebrantable, pero tiene que existir cierto criterio.
Si no es así, podemos confundir nuestro tiempo laboral con nuestro ocio, dormir poco y mal por atender diversiones, no tener en cuenta adecuadamente nuestras obligadas labores de intendencia al permanecer más tiempo del necesario en la camano respetar los necesarios tiempos a la familia, amigos...por excesivo celo laboral…

Consecuencia...


Nos termina faltando tiempo para todo, en el mejor de los casos, o nos convertimos en enfermos de nuestro trabajo, nuestro ocio, nuestra cama, la limpieza...

Todo esto tiene como telón de fondo una inadecuada organización que nos condena a situaciones estresantes y a la postre poco saludables.

Es mucho más rentable correr menos y organizarnos mejor que hacerlo todo atropelladamente cargándonos de angustias y tensiones que mucho nos quitan y poco nos aportan.


Papel y lápiz y a cultivar tiempo, que siempre florece.



jueves, 19 de enero de 2017

Cómo ser más feliz y evitar la ansiedad. Hoy: Cuando el enemigo lo tenemos dentro



No puedo ofrecerte recetas “mágicas” que resuelvan sin más tus problemas. No existe la panacea universal que te conduzca a la felicidad; o al menos yo no la conozco.
Si puedo brindarte la oportunidad de disfrutar de un diálogo compartido, sincero y honesto, en el que a partir de tus propias experiencias y vivencias te sitúe, te posicione en tu realidad de una manera coherente, reflexiva y razonada.
A partir de aquí, y ahora sí, podrás y deberás tomar tus decisiones de una manera más lúcida y cabal. Esto te ayudará, sin lugar a dudas, a fraguar el camino de tu vida encarado hacia la consecución de una mayor felicidad.



Hoy: El enemigo lo tenemos dentro
¿Quién no ha tenido alguna vez un mal día y hubiese deseado no haberse levantado?
Seguramente a todos nos ha sucedido en más de una ocasión. Esto es absolutamente normal, incluso me atrevería a decir que necesario, ya que nos baja los humos si los tenemos demasiado subidos o, si nuestro estado de ánimo no es muy boyante, tendremos la oportunidad de celebrar el próximo día con algo más de júbilo al no ser ya tan gris.
Sea como sea, lo importante es que no se repita demasiado.
Lamentablemente,o ya me contaréis si no es así, más a menudo de lo que nos gustaría estos días se extienden en el tiempo y llegan a ocupar semanas, meses, años…y aquí es cuando aparece el problema de verdad.
Una nube se sitúa encima de nuestras cabezas y el mundo se torna gris, pesado, fastidioso...
Empezamos por las mañanas derramando el café y maldiciendo la maldita taza que siempre quema demasiado y lo acabamos metiéndonos en la cama, no sin antes renegar al poner el despertador que nos devolverá a nuestra cruda y triste realidad.
¿Qué está pasando?
La vida se convierte así en un suplicio, en una lucha constante con el medio, con casi todo lo que nos rodea: situaciones, personas…
·         Circulamos con nuestro vehículo y el resto de los conductores nos molestan y estorban…
·         En la cola de la panadería los comentarios de la persona que tenemos delante con el panadero son muy inoportunos y me hacen perder 20 segundos de mi sagrado tiempo…
·         ¡Me ha fastidiado!, esos zapatos me los iba a comprar yo y ahora no podré…seguro que me oyó hablar de ellos…
·         Me invitó al cine y sabe que me gusta el teatro…
·        
Podríamos hacer una lista interminable de situaciones que nos incomodan y nos provocan malestar, según nuestro parecer.
El mundo está en contra mía¡¡¡
Pero la realidad normalmente es bien distinta.
Circulamos con nuestro vehículo al igual que otras personas hacen lo propio, y en principio, no tienen un afán especial por molestarte; simplemente no entra dentro de sus planes.
El comentario con el panadero que te hizo perder 20 segundos de tu sagrado tiempo, fácilmente se podría haber convertido en una amigable charla entre los tres de 30 segundos, ahorrándote el malhumor y queja, que sin duda te tragaste y no te ayudo a sentirte nada bien.
Los zapatos que tanto te gustaban, también le pudieron gustar a él o a ella, y por supuesto, estaban en su pleno derecho a comprarlos. La lástima es que pienses que había malas intenciones sin saberlo con certeza. Y aunque las hubiera, busca otro calzado que sólo hay millones…
¿No se te ocurrió pensar que a lo mejor te invito al cine porque sabía que ibas muy a menudo al teatro? o, simplemente, ¿le pareció que esa película te gustaría?
No quiero decir con esto que todo el mundo sea esplendoroso y amable, pero de ahí a pensar que todo el mundo está en mi contra hay un enorme abismo.
Consideremos ahora, a modo de ejemplo, que la mitad de la población es amable, cordial y la otra mitad piensa que el mundo le quiere agredir continuamente y está en su contra, por sistema.
Los primeros, cuando se encuentren con los que piensan como ellos vivirán con normalidad sus relaciones; de diferente manera, cuando se tropiecen con los segundos, capearan la situación como puedan: unas veces saldrán airosos y otras, sin duda, no habrá nada que hacer y preferirán dejarlo para otro momento. Digamos que en un 75% de las ocasiones la cosa habrá ido bien.
Los segundos, tendrán asegurado un fracaso estrepitoso: cuando se encuentren con esa mitad amable, ellos se ocuparán de estropearla en la medida de lo posible, dejando sólo un margen al buen hacer de aquellos. Cuando se encuentren con los que son como ellos, tendrán asegurado un fracaso total. En total sólo un 25% de sus relaciones habrán terminado con buen pie y no gracias precisamente a ellos, sino a la buena predisposición y cordialidad de aquellos, los amables y cordiales. El resultado total no parece muy halagüeño, como veis.
Así,
Lo que quiero decir es que en ocasiones nuestro peor enemigo lo tenemos muy cerca, tan cerca que ni tan sólo lo vemos: somos nosotros mismos. Cuándo intuyamos que esto es así, debemos intentar remediarlo, solos o con la ayuda necesaria, pero sin demora.
Y tengamos una cosa muy en cuenta que complica aún más la situación. Cuando reconoces el enemigo siempre tienes la opción de intentar mediar o alejarte si ves la batalla perdida y prefieres dejarla para otro momento. Pero si ni tan sólo focalizas el problema, la solución en el mejor de los casos dependerá de un milagro. Y los milagros, a Lourdes.


lunes, 16 de enero de 2017

Cómo ser más feliz y evitar la ansiedad. Hoy: ¿Dónde está mi felicidad?

No puedo ofrecerte recetas “mágicas” que resuelvan sin más tus problemas. No existe la panacea universal que te conduzca a la felicidad; o al menos yo no la conozco.
Si puedo brindarte la oportunidad de disfrutar de un diálogo compartido, sincero y honesto, en el que a partir de tus propias experiencias y vivencias te sitúe, te posicione en tu realidad de una manera coherente, reflexiva y razonada.
A partir de aquí, y ahora sí, podrás y deberás tomar tus decisiones de una manera más lúcida y cabal. Esto te ayudará, sin lugar a dudas, a fraguar el camino de tu vida encarado hacia la consecución de una mayor felicidad.

¿Cómo?



Hoy¿Dónde está mi felicidad?
Estrés, tensión, conflictos continuos, insatisfacción ante mi proyecto de vida cada día están más presentes en nuestra sociedad.
Dentro de esta rutina que parece arrastrarnos sin poder escapar de ella, ¿dónde encaja mi felicidad?
Esta pregunta se la hacen muchísimas personas, incluso puede ser que tú que lees ahora estas letras, te la hayas hecho en alguna ocasión sin encontrar una respuesta clara y definitiva.
La mejor manera de encontrarla es empezar por clarificar que es eso que llamo felicidad. No es suficiente con poner un nombre y tener una idea vaga, sin concretar, sin haberla pensado lo suficiente.
¿Qué es la felicidad?
Equivocadamente, pensamos que la felicidad es algo así como un estado que aparece sin más, un sentimiento que no necesita ser pensando o incluso, como me han comentado en más de una ocasión, algo bueno pero inalcanzable “al menos para mí”.
La vida no es un sorteo en el que nacemos totalmente predeterminados o un dejarse llevar sin posibilidad de elección, la vida es otra cosa muy distinta, veamos.
La mejor manera de comprender que es eso que llamamos felicidad es entender que no es un fin en sí mismo, es decir, no debemos visualizar la felicidad como una meta a la que queramos que nuestra vida llegue; no existe una estación de destino llamada Felicidad, dónde la dicha y el regocijo sea total. Pero lo cierto es que está idea de felicidad como búsqueda está ampliamente extendida y nos hipoteca demasiado, como veremos.
Dicho así parece una tremenda contradicción, pues el sano juicio nos dice que pocas cosas hay tan loables como intentar ser felices, pero precisamente si nuestro fin es encontrarla estaremos perdidos. Si existiera esta estación, la estación Felicidad, todos nos bajaríamos del tren en ella y seriamos tremendamente dichosos.
Y entonces, ¿Qué es?
Cuando decía más arriba que el intento de alcanzarla nos hipoteca demasiado me refería a lo siguiente:
Este proyecto inalcanzable de encontrar la estación Felicidad nos obliga a ser poco menos que superpersonas: todo lo que hacemos se convierte en un reto de perfección. Desde las acciones más cotidianas hasta nuestros mayores esfuerzos se miden en una escala cada día más inalcanzable. Pero lo que ocurre es lo inevitable: la realidad nos pone en nuestro sitio y como casi siempre nos quedamos por el camino sin alcanzar ese estado idealizado, aparecen las frustraciones, los desengaños, los fracasos, las decepciones, las desilusiones…que nos condenan a una infelicidad eterna. Con suerte seremos felices en momentos muy concretos y efímeros, es decir, cuando alcancemos alguna hipermeta idealizada. Pero sin lugar a dudas esto no nos hará sentirnos felices.
Sin estación Felicidad, ¿qué tenemos?
De diferente manera, la felicidad debe ser entendida como una actitud ante la vida y sus vicisitudes, los acontecimientos que se nos presentan cada día. Debemos esforzarnos no por alcanzar una estación llamada Felicidad que no existe, sino por montarnos en el tren de la vida con la mejor actitud posible ante las realidades que se nos presenten según el transcurrir de nuestras vidas.
Y no estoy defendiendo ahora un conformismo indeseable que nos condene a una vida monótona y gris. Más bien, se trata de saber reaccionar adecuadamente ante lo que nos rodea, ante las circunstancias que se van generando en nuestra vida. Aquí hay poco espacio para la frustración si actuamos durante el trayecto de la manera más correcta que sepamos. Esto lo conseguiremos a través del aprendizaje y la experiencia, y aquí la filosofía como actividad tiene mucho que enseñarnos.
Como vemos, ahora no estamos sentados en nuestro tren esperando llegar a ninguna estación, sino que nuestro viaje se convierte en la realidad que da sentido a nuestras vidas. Y durante este proceso se configura nuestra felicidad, es decir, más que alcanzarse como meta se realiza como proceso.
De esta manera, nuestra felicidad no es algo estático, sino un proceder dinámico, en el cual debemos intentar que sea lo más excelente e inmejorable posible, aunque teniendo muy presente que siempre admitirá mejora; de lo contrario, habríamos llegado a un destino que ya sabemos que no existe como tal, que es ilusorio, y lo que es peor, nos condenaría a no alcanzarlo nunca.
La felicidad se configura así como trayecto, no como estación de destino. 
Está muy claro que habrá momentos puntuales de felicidad: el nacimiento de un hijo, el reconocimiento social manifiesto cuando ganamos un premio, que nos toque la lotería, encontrar el trabajo soñado…que llamamos momentos de felicidad manifiesta, pero cuidado, no los confundamos con nuestra felicidad o corremos el riesgo, como decía, de hipotecarnos a ellos.
También habrá otros momentos que seguro serán de certera infelicidad. Pero incluso en estos momentos tener un recorrido sano y feliz nos ayudará a superarlos con más facilidad.
Pondré un ejemplo, que aunque ingenuo, ayuda en gran medida a aclarar lo dicho hasta aquí.
Imaginemos una acción que tenemos que llevar a cabo irremediablemente, como es sencillamente comer, alimentarnos.
Si alguien nos dijo alguna vez que la felicidad ante la mesa se encuentra comiendo sólo en restaurantes de tres estrellas Michelin, nos engañó. Y si además nos lo creímos, nos condenamos a no ser nunca felices mientras nos alimentamos, sino a lo sumo a ser felices en momento muy puntuales que no otorgan el sello de felicidad a nuestras vidas. Incluso los mejores chef, disfrutan enormemente comiendo comida casera o bocatas bien preparados mucho más a menudo de lo que pensamos.
Entendiendo así que la felicidad mientras comemos no es llegar a un estado idealizado, nos quedan dos opciones:
·         Podemos comer mal y de manera insalubre o
·         Podemos prestar atención y ser cuidadosos en nuestra alimentación, tanto en lo referente a la salud como al paladar.
Si elegimos está segunda opción,-y fijaos que no será única por individual, sino que habrá, al menos en cuanto al paladar, tantas como individuos- está bastante claro que nos aportará un bienestar extra y, a la hora de comer, al menos, seremos más felices. Incluso habrá momentos de felicidad manifiesta puntual, no cabe duda. Serán esas ocasiones en que degustemos un manjar exquisito o un vino de calidad excelente; pero aun así será el grueso de los días los que terminarán adjudicando a nuestra acción de comer esa sensación de felicidad. No olvidemos tampoco que inevitablemente, en alguna ocasión, acabaremos comiendo alguna cosa que incluso nos podrá llegar a poner enfermos. Se trata, como decía, de realizarse de la mejor manera que sepamos, y siempre muy atentos por mejorar, pues siempre será posible, siempre habrá un plato nuevo y delicioso por degustar o un vino nuevo por disfrutar.
Cuatro líneas, que vienen al caso, sobre la amistad.
Si pensamos ahora por ejemplo en la amistad, intentar recordar la desilusión que os pudo producir en un momento determinado tal persona que considerabais amiga. A todos nos ha pasado alguna vez. No por ello debemos juzgarla y dejar de considerarla dentro del círculo de nuestras amistades. Ser amigo de no es llegar a, sino un caminar juntos hacía.
Así, debemos entender la amistad como un proceso, como un desarrollo en que pasarán cosas, buenas y malas, y de lo que se trata es de intentar decantar la balanza hacía lo bueno y positivo. Sólo cuando la balanza se incline hacía lo negativo deberemos plantearnos si realmente era amistad.
Recapitulando un poco
Como vemos, la felicidad no se alcanza, sino que se realiza y depende de nosotros y de las circunstancias que creemos a nuestro alrededor.
Para ello deberemos aprender a ser felices y experimentarlo en nuestro día a día. La filosofía nos ayudará en gran medida a clarificar la mejor manera de conseguirlo perfeccionando nuestra existencia.
En definitiva, se trata de conocernos a nosotros mismos, de entender que es lo que realmente nos interesa, lo que nos satisface y la mejor forma de mejorarlo una vez lo sepamos.

Para ello buscaremos una mejora, un progreso y una corrección continua de nuestra persona a través de la propia actividad, a través del desarrollo de esto que llamamos vida, para ser, y ahora sí, felices.

ir a web La orientación filosófica  

contacto