No puedo ofrecerte recetas “mágicas” que resuelvan sin más tus problemas. No existe la panacea universal que te conduzca a la felicidad; o al menos yo no la conozco.
Si puedo brindarte la oportunidad de disfrutar de un diálogo compartido, sincero y honesto, en el que a partir de tus propias experiencias y vivencias te sitúe, te posicione en tu realidad de una manera coherente, reflexiva y razonada.
A partir de aquí, y ahora sí, podrás y deberás tomar tus decisiones de una manera más lúcida y cabal. Esto te ayudará, sin lugar a dudas, a fraguar el camino de tu vida encarado hacia la consecución de una mayor felicidad.
¿Cómo?
Hoy: ¿Dónde está mi felicidad?
Estrés, tensión, conflictos
continuos, insatisfacción ante mi proyecto de vida cada día están más presentes
en nuestra sociedad.
Dentro de esta rutina que parece
arrastrarnos sin poder escapar de ella, ¿dónde encaja mi felicidad?
Esta pregunta se la hacen
muchísimas personas, incluso puede ser que tú que lees ahora estas letras, te
la hayas hecho en alguna ocasión sin encontrar una respuesta clara y
definitiva.
La mejor manera de encontrarla es
empezar por clarificar que es eso que llamo felicidad. No es
suficiente con poner un nombre y tener una idea vaga, sin concretar, sin
haberla pensado lo suficiente.
¿Qué es la felicidad?
Equivocadamente, pensamos que la
felicidad es algo así como un estado que aparece sin más, un sentimiento que no
necesita ser pensando o incluso, como me han comentado en más de una ocasión,
algo bueno pero inalcanzable “al menos para mí”.
La vida no es un sorteo en el que
nacemos totalmente predeterminados o un dejarse llevar sin posibilidad de
elección, la vida es otra cosa muy distinta, veamos.
La mejor manera de comprender que
es eso que llamamos felicidad es entender que no es un fin en sí mismo, es
decir, no debemos visualizar la felicidad como una meta a la que queramos
que nuestra vida llegue; no existe una estación de destino llamada
Felicidad, dónde la dicha y el regocijo sea total. Pero lo cierto es
que está idea de felicidad como búsqueda está ampliamente extendida y nos
hipoteca demasiado, como veremos.
Dicho así parece una tremenda
contradicción, pues el sano juicio nos dice que pocas cosas hay tan loables
como intentar ser felices, pero precisamente si nuestro fin es encontrarla
estaremos perdidos. Si existiera esta estación, la estación Felicidad,
todos nos bajaríamos del tren en ella y seriamos tremendamente dichosos.
Y entonces, ¿Qué es?
Cuando decía más arriba que el
intento de alcanzarla nos hipoteca demasiado me refería a lo siguiente:
Este proyecto inalcanzable de
encontrar la estación Felicidad nos obliga a ser poco menos
que superpersonas: todo lo que hacemos se convierte en un reto de
perfección. Desde las acciones más cotidianas hasta nuestros mayores esfuerzos
se miden en una escala cada día más inalcanzable. Pero lo que ocurre es lo
inevitable: la realidad nos pone en nuestro sitio y como casi siempre nos
quedamos por el camino sin alcanzar ese estado idealizado, aparecen las
frustraciones, los desengaños, los fracasos, las decepciones, las
desilusiones…que nos condenan a una infelicidad eterna. Con suerte seremos
felices en momentos muy concretos y efímeros, es decir, cuando alcancemos
alguna hipermeta idealizada. Pero sin lugar a dudas esto no
nos hará sentirnos felices.
Sin estación Felicidad, ¿qué
tenemos?
De diferente manera, la felicidad
debe ser entendida como una actitud ante la vida y sus vicisitudes,
los acontecimientos que se nos presentan cada día. Debemos esforzarnos no por
alcanzar una estación llamada Felicidad que no existe, sino por montarnos en el
tren de la vida con la mejor actitud posible ante las realidades que se nos
presenten según el transcurrir de nuestras vidas.
Y no estoy defendiendo ahora un
conformismo indeseable que nos condene a una vida monótona y gris. Más bien, se
trata de saber reaccionar adecuadamente ante lo que nos rodea, ante las
circunstancias que se van generando en nuestra vida. Aquí hay poco espacio para
la frustración si actuamos durante el trayecto de la manera más correcta que
sepamos. Esto lo conseguiremos a través del aprendizaje y la experiencia, y
aquí la filosofía como actividad tiene mucho que enseñarnos.
Como vemos, ahora no estamos
sentados en nuestro tren esperando llegar a ninguna estación, sino que nuestro
viaje se convierte en la realidad que da sentido a nuestras vidas. Y
durante este proceso se configura nuestra felicidad, es decir, más que alcanzarse como
meta se realiza como proceso.
De esta manera, nuestra felicidad
no es algo estático, sino un proceder dinámico, en el cual debemos
intentar que sea lo más excelente e inmejorable posible, aunque
teniendo muy presente que siempre admitirá mejora; de lo contrario,
habríamos llegado a un destino que ya sabemos que no existe como tal, que es
ilusorio, y lo que es peor, nos condenaría a no alcanzarlo nunca.
La felicidad se configura así
como trayecto, no como estación de destino.
Está muy claro que habrá momentos
puntuales de felicidad: el nacimiento de un hijo, el reconocimiento social
manifiesto cuando ganamos un premio, que nos toque la lotería, encontrar el
trabajo soñado…que llamamos momentos de felicidad manifiesta, pero cuidado, no
los confundamos con nuestra felicidad o corremos el riesgo, como decía, de
hipotecarnos a ellos.
También habrá otros momentos que
seguro serán de certera infelicidad. Pero incluso en estos momentos tener un
recorrido sano y feliz nos ayudará a superarlos con más facilidad.
Pondré un ejemplo, que aunque
ingenuo, ayuda en gran medida a aclarar lo dicho hasta aquí.
Imaginemos una acción que tenemos
que llevar a cabo irremediablemente, como es sencillamente comer, alimentarnos.
Si alguien nos dijo alguna vez
que la felicidad ante la mesa se encuentra comiendo sólo en restaurantes de
tres estrellas Michelin, nos engañó. Y si además nos lo creímos, nos condenamos
a no ser nunca felices mientras nos alimentamos, sino a lo sumo a ser felices
en momento muy puntuales que no otorgan el sello de felicidad a nuestras vidas.
Incluso los mejores chef, disfrutan enormemente comiendo
comida casera o bocatas bien preparados mucho más a menudo de lo que pensamos.
Entendiendo así que la felicidad
mientras comemos no es llegar a un estado idealizado, nos quedan dos opciones:
·
Podemos comer mal y de manera
insalubre o
·
Podemos prestar atención y ser
cuidadosos en nuestra alimentación, tanto en lo referente a la salud como al
paladar.
Si elegimos está segunda opción,-y
fijaos que no será única por individual, sino que habrá, al menos en cuanto al
paladar, tantas como individuos- está bastante claro que nos aportará un
bienestar extra y, a la hora de comer, al menos, seremos más felices. Incluso
habrá momentos de felicidad manifiesta puntual, no cabe duda. Serán esas ocasiones
en que degustemos un manjar exquisito o un vino de calidad excelente; pero aun
así será el grueso de los días los que terminarán adjudicando a nuestra acción
de comer esa sensación de felicidad. No olvidemos tampoco que inevitablemente,
en alguna ocasión, acabaremos comiendo alguna cosa que incluso nos podrá llegar
a poner enfermos. Se trata, como decía, de realizarse de la mejor manera que
sepamos, y siempre muy atentos por mejorar, pues siempre será posible, siempre
habrá un plato nuevo y delicioso por degustar o un vino nuevo por disfrutar.
Cuatro líneas, que vienen al
caso, sobre la amistad.
Si pensamos ahora por ejemplo en
la amistad, intentar recordar la desilusión que os pudo
producir en un momento determinado tal persona que considerabais amiga. A
todos nos ha pasado alguna vez. No por ello debemos juzgarla y dejar de
considerarla dentro del círculo de nuestras amistades. Ser amigo de no
es llegar a, sino un caminar juntos hacía.
Así, debemos entender la amistad
como un proceso, como un desarrollo en que pasarán cosas, buenas y malas, y de
lo que se trata es de intentar decantar la balanza hacía lo bueno y positivo.
Sólo cuando la balanza se incline hacía lo negativo deberemos
plantearnos si realmente era amistad.
Recapitulando un poco
Como vemos, la felicidad no se
alcanza, sino que se realiza y depende de nosotros y de las circunstancias que
creemos a nuestro alrededor.
Para ello deberemos aprender a
ser felices y experimentarlo en nuestro día a día. La
filosofía nos ayudará en gran medida a clarificar la mejor manera de
conseguirlo perfeccionando nuestra existencia.
En definitiva, se trata de
conocernos a nosotros mismos, de entender que es lo que realmente nos interesa,
lo que nos satisface y la mejor forma de mejorarlo una vez lo sepamos.
Para ello buscaremos
una mejora, un progreso y una corrección continua de nuestra persona a
través de la propia actividad, a través del desarrollo de esto que llamamos
vida, para ser, y ahora sí, felices.