martes, 10 de enero de 2017

Utilidad de la filosofía

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Primera hora del primer día de clase en la Facultad de Filosofía. El profesor después de saludar nos dice: quiero que sepáis que esto que vais a estudiar aquí no sirve para nada.

He de confesar que me costó muchísimo entender lo que decía, pero no por lo que decía sino por cómo lo decía. Su dicción era nefasta, su movimiento compulsivo y su capacidad para comunicar, nula.

Este fue mi primer profesor de Filosofía en la Universidad. Menos mal que me ausente bastante de sus clases. No me gusto ni un pelo y, por supuesto, no era un filósofo. A lo sumo era un experto en filosofía y seguramente en una parte muy especializada de ésta.

Pues este es el retrato que se tiene a pie de calle de la filosofía y los filósofos. Alguien perdido en sus ideas, que terminaría confesando que no sirven para nada y que su hablar y divagar se convierte en un verdadero "tostón" insufrible.

De hecho, comúnmente cuando alguna conversación aporta poco se dice: deja de filosofar y ve al grano...no se estaba filosofando, precisamente de eso es de lo que te vacuna la filosofía, de lo vacío y sin argumentos. Aquello era embrollo, lio, maraña, enredo, confusión, exactamente lo contrario del proceder y talante filosófico.


Luego viene cuando alguien te pregunta que estudiaste o se entera, porque claro tú mismo no lo dices: no es como decir soy ingeniero, médico o abogado, Y te dicen: ahh, si, ahh, a mí me gustaba la filosofía... Bueno, entonces es cuando una vez más te preguntas porque demonios han tardado tanto tiempo en arrinconar a la filosofía de los planes de estudio. Es como si tuvieras un delicioso helado y te obligasen a comértelo dentro de un horno viendo como, sin poder ser de otra manera, se derrite sin que tengas tiempo de catarlo. Pero el tema de los planes de estudio es otro tema con mucho tema.

Volviendo a la maltrecha visión de la filosofía, de la aureola de inutilidad que la envuelve por demasiados doctos ineptos que la malentienden y malinterpretan, me gustaría empezar por el principio para intentar vislumbra su innegable y cada día más necesaria utilidad.

El filósofo representa ese personaje de nuestro imaginario sabio e inaccesible. Y otra vez, nada más lejos de la realidad. Filósofos en realidad somos todos, y luego hay algunos llamados expertos en filosofía que normalmente hablan entre ellos y para ellos.

La filosofía, etimológicamente como sabéis, significa "amor filo a la sabiduría sofía".

Pues bien. El peso de sus verdaderos intereses recae en ese amor más que en la propia sabiduría como tal. Quiero decir con esto que su ocupación principal es la búsqueda, el desear, el intentar acercarse sabiendo que nunca llegará a la sabiduría, a la verdad última.

Las preguntas inmediatas o los problemas del día a día los contesta normalmente la ciencia, con su herramienta más certera que es la tecnología, que se ocupa de resolver aquello que más afecta a nuestra cotidianidad. Pero incluso para resolver estas pequeñas cosas tan importantes se necesita buen criterio.
Luego están los temas que nos atañen a todos de una manera más general y necesitan cierto reposo y reflexión en su respuesta. No se conseguirá nunca la respuesta última y mas certera, pero en el camino que supone su búsqueda, sin lugar a dudas, se cimientan las bases de las sociedades, de la vida en común, en continuo cambio y con una inmensa posibilidad de mejora.  

El verdadero filósofo, este sí, sería ese personaje que pregunta porque quiere saber, que busca porque desconfía, que ama porque le falta. Este ejercicio inagotable por supuesto hace músculo, músculo que capacita para huir de dogmatismos, intolerancias, aberraciones, hábitos paralizantes, engaños del poderoso...y ciertamente es tremendamente útil.

Ese ejercicio encaminado a pensar mejor, a crear criterio, a la reflexión compartida -y quisiera hacer aquí un paréntesis para recordar que todos los pensadores de la historia no han hecho otra cosa que mantener un dialogo entre ellos- a buen seguro y sin duda, nos hace mejores personas.

Y hoy, precisamente hoy, cuando las voces que más suenan no son precisamente las más trabajadas, las que manejan argumentos más sólidos y rigurosos, hoy como digo, hace falta la utilidad de la filosofía, que no es poca.

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