martes, 10 de enero de 2017

Plumas y teclas

Capítulo I

London Eye


La mesa estaba llena de papeles y la pantalla del ordenador vacía. Era su primer día en el diario y estaba aturdido y perdido, casi le resultaba imposible respirar. Cogió todo el aire que le permitían sus pulmones y decidió ir a tomar algo. En la sala de redacción todo el mundo parecía saber lo que tenía que hacer, razón que todavía le angustiaba más. Fue a la máquina de café y echó una moneda. Selecciono chocolate a la taza y se agachó a atarse el cordón de un zapato. Cuando se levantó su chocolate había desaparecido. Detrás suyo vio a un señor de avanzada edad que removía lentamente con la cucharilla el chocolate y reía de manera burlona. Buscó en el bolsillo otra moneda y cuando iba a meterla por la ranura de la máquina el desconocido le acercó el chocolate y le dijo en voz muy baja:

Tome, es suyo...acompáñeme, por favor.

Cogió su chocolate sin pestañear y siguió al misterioso caballero. Era alto, de brazos largos y con una gran mata de pelo blanco que le daba un aire muy especial. Vestía de una manera elegante y a la vez descuidada donde cada detalle parecía estar perfectamente estudiado. Los zapatos eran viejos pero muy lustrosos, el pantalón de color azul muy oscuro y la camisa blanca, muy blanca como su cabello. La manga derecha la tenía subida hasta el codo y la izquierda simplemente desabotonada. Llevaba un reloj plateado con esfera blanca de buen tamaño. Lo más llamativo eran sus tirantes, de color rojo sangre que contrastaban enormemente sobre el blanco de la camisa. 
Mientras le seguía pudo observar que tenía una forma peculiar de caminar, un tanto graciosa a la vez que distinguida. Parecía como si cada cuatro pasos diese un pequeño y rápido pasito más corto que acompasaba como si de un ritmo melódico se tratase. Era una manera muy peculiar y sutil de caminar que terminó atontándole hasta el punto de no saber por dónde iban. Entraron en una pequeña habitación sin ventanas y llena de fotografías en las paredes. Le invitó a tomar asiento y el misterioso señor hizo lo propio al otro lado de una vieja mesa. 
La pequeña habitación estaba fría y el silencio al cerrar la puerta era total. Por su semblante, debería rondar los ochenta años, calculó mientras lo miraba a los ojos. Los tenía muy negros, los dientes muy blancos y unas facciones, a pesar de la aparente edad, muy bien conservadas. Era difícil dejar de mirarle. Tenía una de esas caras que quieres seguir mirando por el poderoso efecto de atracción que ejercen, pensaba, mientras rascaba disimuladamente su cabeza intentando desviar la mirada hacia el suelo.

Buenos días señor Santiago Barcas. Dijo con una voz segura y firme.
Buenos días. Respondió tímidamente todavía con el chocolate en la mano. 
Según consta en mis informes hoy es su primer día de trabajo con nosotros.
- Así es, señor
Y dígame: ¿Por qué quiere usted trabajar en este diario?
- Verá señor. Santiago tragó saliva y se dispuso a buscar dentro de su cabeza todas las razones que se le ocurriesen para contestar y contentar a su interlocutor. Dejó el chocolate con la suficiente torpeza como para derramar parte de su contenido y manchar el borde del vaso y una carta cerrada que había sobre la mesa.
¡Perdón! ...
- No pasa nada, no se preocupe. Le contestó sin inmutarse.
Lo siento. Pues verá, desde que recuerdo mi padre siempre leía este diario. Yo era muy pequeño cuando cada domingo le acompañaba a comprarlo. Siempre me decía lo mismo: hijo mío, estos señores que escriben aquí nos cuentan la verdad...
- ¿La verdad? Le interrumpió. ¿Y qué piensa usted al respecto?
En aquel momento se dio cuenta que se había metido sin querer en un gran atolladero. ¿Qué querría escuchar este mandamás al que nadie saludaba y que ni tan solo sabía quién era, sobre una pregunta tan espinosa en el mundo del periodismo? Después de removerse en su silla, dijo:
Bueno, no es fácil responderle. Supongo que...
Dio un fuerte golpe en la mesa y se levantó, se tiró de los tirantes con fuerza y mirando las fotografías que había en la pared dijo fría pero educadamente:
- Querido Santiago, si quiere usted ser alguien en el mundo del periodismo, no comience una respuesta suponiendo nada. Para suponer ya hay otras personas; nosotros nos tenemos que limitar a transmitir información de la manera más veraz posible. Otros serán los que supongan, mientan, digan la verdad o no... y por favor, átese de una vez el zapato.

Santiago se agachó a atarse el zapato y cuando se levantó vio su chocolate esperándole. Estaba solo delante de la máquina de café. Sin entender nada, lo cogió. Estaba helado y tenía el borde manchado de chocolate. Sin quitar la vista del vaso se dirigió a su mesa. Se sentó, todavía más aturdido y confuso que cuando se fue a tomar café para recobrar el aliento. Sin poder dejar de mirar su chocolate lentamente lo dejó sobre la mesa. Al apoyarlo vio un sobre cerrado, también manchado de chocolate.

Estaba absolutamente absorto mirando el sobre. Una voz femenina lo llamaba. Sin poder mover un solo músculo sintió una mano en el hombro que le hizo dar un salto y lanzar por los aires la silla.

-  Perdona,-dijo una voz de mujer-. No pretendía asustarte, mientras tapaba su boca con la mano para esconder una sonrisa que delataba unos bonitos dientes y una agradable mirada.
-   No, no, tranquila. Me quedé absorto en mis pensamientos…pero, perdona: ¿tú quién eres?
-  Soy Marta, compañera tuya desde hoy, creo. Richard me ha pedido que te pusiera al día de lo que pasa por aquí.
Ah, vale, muy bien. No podía dejar de mirar el sobre mientras levantaba torpemente la silla y trataba de recuperar el aliento.
-  Por dónde quieres que comencemos, dijo Marta ojeando la desordenada mesa de Santiago mientras este trataba de situarse y recomponerse.
-  Bueno, veo que ya conoces la máquina del café. ¿Qué te parece si damos una vuelta y te presento a algunos de tus nuevos compañeros? Seguro que todavía no conoces a nadie.
-  La verdad es que sí. Conozco al Jefe del pelo blanco, por cierto, ¿cómo se llama y que cargo ocupa?
-  ¿Jefe de pelo blanco? Perdona pero no sé de quién me hablas. Creo que tenía mucha razón Richard cuando me aviso que eras un chico un tanto especial, -contestó Marta mientras comenzaba a andar hacia la sala principal.- ¡Vamos! no te quedes ahí pasmado…

Se había quedado clavado al suelo. ¿Cómo podía ser que no conociese a semejante individuo?  Precisamente no era una persona que pudiese pasar desapercibida, pensó. Todavía absorto en sus pensamientos siguió a Marta hasta la sala principal de redacción. Era grande, con mucha luz y llena de ordenadores. A pesar de estar aturdido por lo acontecido en la máquina de café, no le pasó desapercibido el bonito cuerpo de Marta. Llevaba unos vaqueros que parecían hechos a su medida, con unas botas altas limpísimas de tacón de madera y una camisa blanca, blanca otra vez, que le daba un toque a la vez informal y muy sensual. Marta paró delante de un grupo que estaba discutiendo acaloradamente y dio un pequeño chillido. Todos callaron de golpe.

- Compañeros, este es Santiago, el nuevo fichaje de Richard, démosle una grata bienvenida a “LaÚltima, noticias sin descanso”.
Todos le saludaron sin demasiado entusiasmo y retomaron inmediatamente la acalorada discusión.
-  Bueno Santiago, como puedes ver esta es la sección de deportes, la más ajetreada del diario. Richard mantiene la teoría de que si los reporteros son de equipos rivales, las noticias serán más ecuánimes. Y la verdad, creo que tiene razón. Nuestra sección deportiva es la envidia del resto de diarios y nos mantiene a flote... En la última consulta este diario resultó ser el más vendido, incluso por delante de los especializados en deportes…bueno, veo que esto de los deportes te interesa poco, no abres la bo…
-  No, perdona. Estoy hoy un poco espeso, nada más. Te importa si dejamos nuestra visita para otro momento. Me duele un poco la cabeza y me gustaría poder escribir algo antes de la hora de comer.
-  Claro, siempre a sus órdenes, respondió Marta poniéndose una mano en un costado e imitando el saludo de un militar con un grácil movimiento de cintura…

Que buena está, pensó Santiago dedicándole una tierna sonrisa. Dio media vuelta y fue hacia su mesa. Necesitaba abrir esa dichosa carta, necesitaba saber que había escrito, necesitaba saber…Marta lo acompaño con la mirada hasta que desapareció. Al menos es guapo, pensó, y se fue susurrando una canción hacía su puesto de trabajo.

Justo en el momento en que iba a abrir la carta apareció Richard. Santiago inmediatamente se incorporó y dejó el sobre encima de la mesa. 

- Buenos días, se apresuró a decir Santiago.
Tenga usted, señor Santiago. Solo quería saber qué tal se encontraba y si ya estaba adaptado a su nuevo puesto. Por lo que veo no ha perdido el tiempo, su mesa está aún peor que la mía...
- Bueno, es que esto de las noticias económicas no es mi fuerte y...
- Precisamente venía también a hablar de ese tema. Richard se sentó en una silla, cruzó una pierna sobre la otra, se quitó las gafas y comenzó a limpiarlas. Ha habido un cambio de planes. Al final la persona que nos dejó y ocupaba una de las plazas de redactor en la sección de economía ha vuelto. Cuestiones familiares le obligan a seguir con nosotros, es un gran profesional y hoy mismo lo hemos incorporado a su puesto de trabajo. He de confesar que por nuestra parte hemos tenido suerte.
- Entonces yo... Santiago dejó caer su cuerpo lentamente en la silla temiendo lo peor, perder el empleo que tanto necesitaba. Miró en silencio a Richard mientras éste meticulosamente limpiaba sus gafas. Cuando acabó se las puso y dijo:
-  Entonces usted sigue con nosotros. Fueron quizás solo unos segundos pero para Santiago parecieron horas. 
- Ya nos avisó de que esta sección que le encomendamos no era su fuerte, pero nos pareció que era la única manera de que pudiese entrar a trabajar en con nosotros. Las recomendaciones que lo acompañan son de un gran valor para mí y no queríamos perder la oportunidad de contar con sus servicios. Pero vayamos al grano. A partir de este momento trabajará como redactor en las secciones de Sucesos y Actualidad Internacional. ¿Qué le parece? 
Richard se levantó y cruzó los brazos esperando la respuesta de Santiago. Su gestó denotaba que no admitiría un no por respuesta y así lo entendió Santiago.
Claro, ningún problema. Pensó que trabajar como redactor en secciones en las que nunca hubiese estado no era crucial, lo importante era poder seguir ejerciendo su profesión allí. Eso era vital para él en estos momentos y no podía desaprovechar esta oportunidad.
- Pues no se hablé más y a trabajar. Buen día informado -Dio media vuelta y se fue.
Buenos días, señor. 

Santiago aún permanecía sentado y por un momento olvidó el sobre. No había sido nada fácil para él abandonar Barcelona y trasladarse a Madrid, pero sabía que poco a poco conseguiría adaptarse. La situación obligaba y no eludiría su responsabilidad.

Justo después de desaparecer Richard apareció Marta. Santiago no tuvo tiempo ni de mirar hacía su mesa ni de acordarse del misterioso sobre, simplemente la miró con cara de bobo y ella rio. 

Me permites una pregunta Santiago. Dijo Marta sin perder la sonrisa.
Mientras no sea de economía... la que quieras, respondió sonriendo.
Mejo aún, ¿Qué te parece si comemos juntos, yo aprovecho para ponerte al día y tú respondes a mi pregunta?
- Perfecto, nos vemos en media hora si te parece bien.
- En media hora en la entrada del edificio, chao.
- Hasta ahora.


Resopló con fuerza y recogió su mesa. Una vez estuvo todo en su sitio decidió acomodarse bien en la silla, cogió la enigmática carta y la abrió. Dentro había un recorte de noticia. No aparecía el nombre del diario, pero era una noticia con todo lujo de detalles sobre un atentado en Londres, cerca de London Eye. Según leyó, trataba del ataque de un grupo ultraconservador que había radicalizado su postura contra los movimientos homosexuales. No había oído hablar nunca de semejante agrupación. Los detalles de la noticia y las fotografías que la acompañaban eran de una factura y calidad extraordinaria. La noticia ocupaba dos páginas enteras y cubría minuciosamente los hechos acaecidos, así como una amplia explicación del nacimiento y evolución del grupo radical, que se hacía llamar YouT (contracción de “You out”, -vosotros fuera-). Después de leer atentamente la noticia le pareció un ejercicio inmaculado de imparcialidad, objetividad y que rezumaba, a pesar del contenido absolutamente reprochable que trataba, moderación y honradez periodística. Era uno de aquellos sucesos que fácilmente arrojan al redactor a posicionarse, cosa totalmente comprensible pero que termina corrompiendo la noticia. Aquí no había ocurrido. Según indicaban las cifras habían muerto en el atentado 32 personas y resultado heridas cerca de un centenar. Era un ejercicio, periodísticamente hablando, perfecto.
Cuando acabó de leer pensó que todo sería fruto de una novatada típica del diario. Eso era, todo era una jugarreta, una inocentada de bienvenida. La guardó en un bolsillo de su tejano para cuando viese a...¡Marta! Ya habían pasado más de 45 minutos desde que habló con ella. Salió a toda prisa.

Marta le esperaba susurrando una canción de Phil Collins. Santiago apareció por detrás y dijo:

- “Another Day in Paradise”, But Seriously, 1989. Personas sin hogar, un gran problema…
-  Ja, ja… veo que conoces la canción y además sabes cómo distraer la atención. Llegas 20 minutos tarde, mi tiempo de espera límite. Has tenido suerte forastero…
- Salvado por la campana, entonces. Te pediría disculpas, pero creo que por ser la primera vez…
-  Disculpas aceptadas. No sigas por ahí o todavía comerás sólo. Bueno, me debes una y por eso hoy pagarás tú. Vamos.

Comenzó a andar a paso ligero y Santiago la seguía sin poder mediar palabra. Recorrieron a toda prisa tres manzanas hasta llegar a un bar que hacía esquina. El rótulo decía simplemente Elvis, acompañado de un gran bocadillo de luces parpadeantes. Nada más entrar pudo percibir un ambiente muy especial, muy de otros tiempos, muy de Elvis…pero diferente. En la decoración predominaban las maderas oscuras, la luz era bastante tenue y el mobiliario de connotaciones retro. El suelo era de baldosas grandes blancas y negras. La primera impresión era la de un local de los años 50 pero donde habían sustituido los colores rojo, blanco, azul y las líneas frías por madera. El resultado era demoledor. Habían conseguido recrear aquel ambiente pero aportándole un matiz hogareño y cálido muy marcado. Las mesas estaban rodeadas de bancos diner de madera, tapizados con almohadillas como el suelo. Cada mesa estaba envuelta por tres de sus costados de una celosía de madera que les daba una familiaridad y recogimiento agradable. La sala tenía forma de ele. Se sentaron al fondo, justo al lado de un tocadiscos retro. Cada mesa tenía su propia Betty, una figurita de unos quince centímetros de altura de la famosa Betty Boop, pero adaptadas a las diferentes profesiones de la mujer actual. Por supuesto Marta ocupó la mesa de Betty periodista. Santiago la siguió sin dejar de mirar a su alrededor, intentando captar todos los detalles mientras Marta dejaba su abrigo y charlaba amigablemente con una camarera.
Cuando ambos estuvieron ya sentados Santiago esperó a que ella hablase primero.
-   Y bien señor, te has mirado ya la carta. Aún se notaba en las palabras de Marta cierto enojo, parecía que eso de esperar no le sentaba muy bien.
-     No hace falta, me pediré lo mismo que tú. Replico Santiago amigablemente.
-  Estás seguro, dijo Marta.
-     Claro, porque no.
-  OK.      

Levantó ligeramente una mano y vino una camarera sonriente a tomar nota. Marta simplemente dijo:
-  Hoy toca a tope, ¡dos!
– ¡Marchando! Contestó Teresa, que así se llamaba según pudo saber por una nota grande y dorada con su nombre que llevaba en la falda a la altura de la cintura.
-  ¡Tere!, -exclamó Marta-, de beber hoy cerveza.
- Ok, y se perdió tras una puerta de vaivén de madera con grabados de notas musicales.

Santiago esperaba el momento oportuno para sacer su nota del bolsillo y desenmascarar la inocentada. Quería saber quién era la persona que la había redactado, desde luego conocía bien su oficio. Marta simplemente cruzó sus manos y dijo:

-       - Cuéntame.
-       - Cuéntame, dices…cuéntame.
-    -Si eso digo, cuéntame. ¿Qué hacías antes de venir aquí? ¿Qué haces por aquí? ¿Tus aficiones? Yo que sé. Lo que tú quieras.
-  -Vale. Voy a sentir desilusionarte, pero es todo muy simple. Verás. Trabajaba en la redacción de un pequeño diario local, el Dia a Dia. Se trata de un periódico de tirada diaria, que para ser local no es poco…
-        - Ni mucho menos, yo diría que es mucho.
-         -Sí, así es. La cuestión es que según parece se trata de un periódico con Mecenas…
-        - ¡Mecenas!, pero que dices, no me lo puedo creer…
-         -Pues así es preciosa…
-         -¡Preciosa! Exclamó Marta abriendo los ojos como platos.
-        - Oye, oye. Tranquila. Realmente pienso que eres preciosa… no trataba de ser descortés ni machista…
-         -Vale, sigue. Le cortó Marta.
-         -Sigo. Lo cierto del asunto es que nadie sabe quién es ni la razón por la que lo hace, pero lo que todo el mundo tiene muy claro es que el diario si no fuese así, no existiría. Tiene una tirada demasiado corta para tanta parafernalia…bueno, ya sabes.
-     - Realmente curioso. Santiago, un chico especial que trabaja en un diario muy muy curioso. Por favor sigue, tengo una especial curiosidad.
-         -Yo era Redactor Jefe…
-        - Redactor Jefe, bueno, bueno…
-        - Entiéndeme, no es el Washington Post, pero si he de confesarte que no lo hacíamos del todo mal.
-         -Ya te lo diré yo. Déjame unos días y te daré mi opinión.
-   -Te lo agradezco, pero no la necesito. Santiago pensó que tenía que pasar al contraataque si no quería ser devorado por Marta.
-         -Es igual. Te la daré de todas formas.

En ese momento se abrieron las puertas con notas musicales y apareció Teresa con una bandeja de tamaño más que considerable. Tere debía ser una chica muy fuerte, pensó Santiago, por la cantidad de comida que traía con una sola mano. Dos grandes jarras de cerveza coronaban la bandeja acompañadas de cuatro platos. Dos de ellos eran ensaladas completísimas y los otros dos unos bocadillos abiertos que Santiago no era capaz de imaginar la manera de cerrarlos. Iban con servicio de cubiertos, presumiblemente para intentar conseguir poner todo dentro y colocar una parte del pan sobre la otra. No había problema, pensó. Solo tenía que ver cómo lo resolvería Marta y luego repetir la operación.

-         Manos a la obra. A comer Santiago.

Santiago empezó por la ensalada sin quitar ojo a la maestría con la que Marta consiguió, con la ayuda del tenedor y el cuchillo, replegar todos los ingredientes de tan majestuoso bocata y cerrarlo sin que nada cayese al plato. Parecía ahora un sándwich normal, perfectamente comestible sin necesidad de desencajarse la mandíbula. Decidió ponerse manos a la obra, pero no sabía por dónde empezar. El queso parecía tener vida propia, una inmensa salchicha de Frankfurt parecía amenazarle mientras un huevo frito pedía auxilio temeroso de caer al plato y desparramar su yema. La mayonesa pringaba sus cubiertos antes de empezar y la lechuga decoraba el plato esparcida a punto de salirse a la mesa.

-        Déjame,- le dijo Marta con una voz dulce y agradable-. No es fácil la primera vez, pero verás que está tan bueno que la próxima encontrarás la manera de hacerlo solo.
-       Seguro...bueno, mejor me callo. Respondió Santiago mientras miraba sus bonitas manos manejarse con maestría. Llevaba uno de esos anillos grandes que a poca gente le sientan bien; sus dedos eran largos y con unas uñas de medida justa y muy bien cuidadas, que encajaban perfectamente con aquel anillo labrado de color plata que le abrazaba medio dedo corazón. En la otra mano llevaba un pequeño aro azul en el dedo índice.
-         Mejor, ahórrate el comentario. Aquí tienes, majo.
-         ¡Majo! La última persona que me dijo majo fue la abuela de un amigo mío de la infancia.
-         Pues seguro que te lo dijo con mucho cariño.- Marta dio un bocado a su entrepan mirando a los ojos a Santiago. -Y bueno, -siguió después- explícame porque dejaste tu puesto de Jefe de Redacción para venir aquí como soldado raso.
-         ¿Tienes algún pariente militar? Lo digo por el saludo de esta mañana y por el comentario de ahora.
-         Dos. Mi padre y mi hermano.
-         Ah, vale.
-         No pasa nada. Son como tú y como yo, pero con las ideas seguramente un tanto más claras. Es lo que tiene la disciplina.
-         Sí, no lo dudo. Pues verás, como te decía antes es muy sencillo. Nací en Barcelona pero mi familia es de aquí, de Madrid. De hecho mis primeros nueve años los pasé aquí. Mi padre puso una única condición: ser enterrado en Rascafría, su pueblo natal…
-         Sí, lo conozco.- dijo Marta con los ojos muy abiertos-   Está en el valle de Lozoya, a unos 90 kilómetros al norte de Madrid. Es un pueblecito encantador con lugares cercanos de gran interés turístico. Precisamente hace un par de años fui allí a cubrir un reportaje sobre la leyenda del Tuerto Pirón, ¿la conoces?
-         De memoria. Mi padre me la relataba de niño, día sí, día no…
-         El mundo es un pañuelo…
-         Así es Marta, y a veces también muy sucio.
-         Uarggg…
-         Pues eso, mi padre falleció hace unos meses y lo enterramos en Rascafría. Mi madre no quería estar lejos y decidió venirse a vivir con su hermana, aquí en la capital. En principio yo me quedaba en Barcelona, pero cambié de opinión. Sé que mi madre querrá ir a menudo a Rascafría y mis tíos no están para andar para arriba y para abajo. Además no les toca. Así que aquí estoy, para hacer compañía a mis padres. Eso es todo.
-         Ves. Eres muy majo…
-         Venga ya, corta el rollo, dijo Santiago tirándole la servilleta a Marta mientras ésta se reía.
-         Y ahora cuéntame tú algo de… Richard.
-         ¡De Richard! Tendrás morro. Vale. Se despide siempre de una forma muy especial…
-         Buen día informado…
-         Ok. Y cuando te propone algo y cruza los brazos…
-         No es el momento de llevarle la contraria…
-         Muy observador forastero... Pues sí, es mejor esperar un rato y volver a pillarlo, pero con los brazos abiertos. ¿Alguna pregunta más, señor especial?
-         No, ninguna

Marta lo miró sin pestañear mordiéndose en labio inferior. Espero unos segundos y propuso ir a tomar café a otro sitio, era lo único malo que hacían en Elvis. Salieron del local y a poco más de cinco minutos entraron en un viejo café lleno de abuelos jugando a dominó. El golpe seco de las fichas sobre las mesas y el aroma profundo a café eran el sello genuino de 20x20, nombre del pequeño y viejo local. Nada más entrar se oyó una voz muy ronca que salía de detrás de la barra. Era un señor terriblemente gordo y grande. Tenía unas manos enormes y una sonrisa también grande y perpetua.
Lo de siempre. - Dijo, no sin recordarle antes que cada día estaba más guapa.
Sí Mario, - Le respondió. - Y otro igual para mi compañero. Sin tiempo para rechistar tenía ya delante un café solo muy corto que no dejó indiferente a Santiago. Desprendía un aroma que era algo más que aroma, era esencia de café. Nunca había probado un café como este, le confeso a Mario y a Marta, sin soltar la taza y cerrando los ojos después de cada sorbo. Mario se apoyó con los dos brazos muy rectos sobre la barra y transformó su sonrisa perpetua en carcajada compartida con Marta. De pronto sonó el teléfono de Marta. Mario le preguntó a Santiago si trabajaba con ella, a lo que este le contesto afirmativamente con un simple gesto con la cabeza. Marta salió corriendo y dijo ya desde la puerta,
-Nos vemos. Te paga Santiago, Mario. Hasta mañana. Los dos se la quedaron mirando mientras Santiago metió la mano en un bolsillo y le pagó tres cafés. Mario rió y le preparó otro.

Una vez salió del 20x20 pensó en la noticia, en la dichosa broma. Marta se había ido precípitemente y no había tenido tiempo de comentarle nada del asunto. Lo primero que haría cuando la viese sería preguntárselo directamente, sin más. Al fin y al cabo ya eran compañeros de trabajo, comida y café, pensó mientras abotonaba la chaqueta y colocaba su bufanda negra sobre los hombros.
Decidió ir a ver a su madre por la tarde y antes de la nueve estaba ya en su casa. Había alquilado un pequeño piso en el centro de Madrid, cerca del museo Reina Sofía. Todavía tenía sus cuatro cajas de libros y su ropa en el centro del salón. Decidió que por hoy ya tenía bastante. Encendió la tele y antes de saber que emitían ya estaba dormido. A la una de la madrugada se despertó de golpe, sobresaltado. Miró el reloj, la una en punto. Recorrió el salón con la vista sin saber muy bien donde estaba. Apago la tv y se fue a la cama. Al quitarse los pantalones cayó al suelo la noticia que tenía en el bolsillo. La cogió y la volvió a leer. De pronto abrió los ojos como platos al ver la fecha en que estaba datada, 25 de enero de 2015. Ayer fue 24, volvió a mirar su reloj y marcaba ya la una y seis minutos de la madrugada, así que hoy era ya 25. Pensó que cuando llegase a la oficina le tendrían preparada la segunda parte de la broma. Dejó el recorte de prensa en la mesita de noche, se metió en la cama y antes de terminar de arroparse volvía a estar dormido.


Al entrar en la sala de prensa había un alboroto generalizado. Muchos corrían de un sitio para otro mientras otros hablaban en un tono agitado por teléfono. Santiago llegó tarde e iba comiendo unos churros que compró por el camino. Eso de tener la ropa en cajas y bolsas era un engorro. Había tardado más en encontrar unos calzoncillos que en llegar desde casa al diario.
Richard se cruzó con él y le dijo apresuradamente, sin parar de andar, que aportara todo lo que pudiese sobre el atentado; en veinte minutos había una reunión de redactores en la sala de dirección, mientras hablaba con alguien por teléfono en alemán. Santiago se apresuró a leer las noticias que habían llegado a la redacción del enviado especial en Londres y las noticias facilitadas por las agencias de información. Se quedó helado, sin habla.  No alcanzaba a entender lo que estaba pasando a su alrededor. Le sonó el móvil. Era la primera vez que le llamaba Marta. Mantuvo una conversación con ella de poco más de un minuto. Estaba en Londres. Según parece el día anterior se habían filtrado rumores de un posible atentado en alguna de las tres capitales más importante de Europa. Ella fue enviada a Londres urgentemente la misma tarde que se despidieron en el bar de Mario. Vivió el atentado muy de cerca. Acababa de pasar toda la información que pudo recoger desde el lugar de los hechos. En diez minutos estaría conectada con la sala de dirección.

En la sala estaban el equipo directivo al completo, todos los jefes de sección y los redactores de internacional y sucesos. En una gran pantalla apareció Marta. Todos estaban atentos y en completo silencio. Según comentaba Marta desde el monitor había mucha confusión. No había certeza de la autoría del atentado. Unas fuentes señalaban hacia un posible grupo integrista y radical islámico, otras a reductos ultraconservadores occidentales. Todo era muy confuso. Según decía las muertes se cifraban en tres decenas y los heridos en muchos más. Poco más se podía aportar desde el lugar de los hechos. El atentado, con material explosivo aún sin confirmar, se había producido hacia la una de la madrugada en un local en South Bank, cerca de London Eye, la famosa noria de Londres.

La cabeza de Santiago daba vueltas como la noria. Mil imágenes dentro de su cerebro iban y venían. La noticia que había leído el día anterior relataba con todo lujo de detalles lo acecido ese misma madrugada. Todo concordaba; el lugar, la hora, los fallecidos…Tenía más información memorizada de la que corría en aquellos momentos por todas las agencias de información del mundo. La noticia, ¿dónde estaba el recorte de prensa? En la mesita de noche. Justo en ese momento el Director de LaÚltima tomó la palabra.

-    -  Señores, mañana abriremos en portada con el atentado. Muevan sus agendas, movilicen sus contactos, a sus colaboradores, sus culos, a quien sea,… pero quiero para mañana la mayor cobertura posible del ataque terrorista o lo que demonios sea. ¡A trabajar!


Aunque vivía cerca el camino se le hizo largo, eterno. Llegó a casa y allí estaba, junto al despertador. Volvió a leer el recorte de prensa, esta vez con el aliento entrecortado. Cuando terminó se sentó en la cama, volvió a dejar la noticia en la mesita de noche y apoyo los codos en las piernas aguantado su cabeza con las dos manos. Se quedó así, sin moverse, más de cinco minutos. Intentaba con los ojos cerrados buscar un sentido a todo esto. El caballero del pelo blanco; el recorte de prensa; el atentado de Londres. Era un rompecabezas donde las piezas no encajaban. Marta, ojala Marta estuviese aquí, pensó. Podía llamarla. ¡No!, no era buena idea, estaba demasiado lejos y demasiado implicada en todo esto. No haría nada. Eso es, simplemente no haré nada, pensó. Decidió volver al diario y justo cuando salía del apartamento dio media vuelta, cogió el recorte de prensa y se lo metió en un bolsillo.

Estaba delante de su ordenador y empezó a escribir. Pero no estaba escribiendo, se limitaba a copiar letra por letra y palabra por palabra la crónica y el informe del recorte de prensa. Era demasiado bueno para modificar una sola coma y Santiago se sentía malo, demasiado malo. Pero no podía dejar de escribir. Martilleaba las teclas a una velocidad vertiginosa y sentía en su cabeza como retumbaban, pero sus dedos seguían y seguían sin parar. Después de noventa minutos dejó de escribir y el silencio se apoderó de todo. Estaba exhausto. Habían pasado casi tres horas desde que llegó esta mañana al diario, apretó la última tecla y lo envío al Jefe de Redacción. Ya estaba hecho.

La máquina acababa de terminar de preparar un chocolate y Santiago intentaba sacarlo cuando se vio rodeado por de todo el equipo directivo. 
- Muchacho,-dijo una voz muy grave-, tenemos que hablar. Era el Director del LaÚltima acompañado por la plana mayor del diario. Le acompañaron a la sala de dirección o más bien le escoltaron:

-         Acabamos de leer su… informe, primicia, reportaje y estamos absolutamente desconcertados. Sabemos que la herramienta más importante de todo periodista es su agenda, sus fuentes. Pero por favor, dígame ¿de dónde ha sacado todo esto?
-         Lo siento, señor. Como usted dice lo más importante para…
-         Bien, entiendo. Cortó en seco el Director mientras Richard se retorcía las manos en su asiento, gesticulando y aflojándose el nudo de la corbata.
-         Verás, si tenemos la seguridad de que todo esto está contrastado, sacaremos ahora mismo una edición especial de larga tirada. Seguro que te imaginas a lo que nos exponemos…
-         Por supuesto, señor Director. Yo simplemente he hecho mi trabajo, no lo sé hacer de otra manera. Replicó con una seguridad pasmosa mientras se acercaba el chocolate a los labios. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Cuando dejó el vaso sobre la gran mesa ovalada, dijo:
-         Todo lo que escribí está tan contrastado como puede estarlo cualquier noticia al respecto de cualquier otro diario. Mis fuentes son muy fidedignas, eso es todo lo que puedo decirle. Y volvió a coger, tranquilamente, el vaso de chocolate.
-         Está bien, adelante, dijo el Director mirando desde la ventana hacia la calle en tono muy bajo.

Todos salieron con paso ligero de la sala. La maquinaria se puso en marcha; las rotativas girarían hoy por la mañana.
Cuando Santiago salía de la sala, el Director le dijo:

-         Muchacho…

Santiago le miró sin decir nada. Permanecieron así veinte segundos. Santiago dio media vuelta y se fue a su mesa.


No tenía mucha hambre y pasó en día entero sin tomar bocado. Era la persona más afortunada del mundo a la vez que la más ruin, pensaba sin poder quitárselo de la cabeza. El estómago le daba tantas vueltas como esta idea. Se preguntaba de donde había podido sacar aquella sangre fría con la que habló en la sala de dirección.
A media tarde se acercó al 20x20 a tomar un café. Justo en la puerta oyó un grito, alguien exclamaba su nombre. Era Marta.

-         ¡Santiago! Corría mientras gritaba su nombre con un diario en la mano.
-         Hola Marta. ¿Cuándo has vuelto? Por un momento pareció retomar el aliento y sentirse mejor.
-         Hace dos hora aterrizó el avión. Pero bueno, chico especial, ¡sí que te lo tenías escondido! La redacción es una olla a presión. No dejan de sonar teléfonos. Diarios nacionales e internacionales quieren hacerse eco de la información. ¡Han llamado hasta de la BBC! Es increíble. Acaban de sacar ahora mismo una segunda edición especial. Toda la información que lanzaste se está confirmando minuto a minuto. En la redacción están como locos, ¡desde el 23F dicen los más veteranos que no recuerdan algo igual!
-         ¿Sí?. Entonces, según nos contaron en la facultad, aquello noche salieron cinco o seis ediciones en algún diario…- dijo Santiago con aire abatido. La situación por momentos empezaba a superarle.
-         Fueron siete, en el PAIS.
-         He estado hasta ahora mismo en la redacción, tenía que salir a tomar un poco de aire, y un café…
-         ¡Un café! Pero que dices. Marta saludó a Mario con un abrazo y le pidió que sacase una botella de Champán,
- Bueno no, de cava, que el chico majo y especial es catalán-, dijo cogiendo por los hombros a Santiago como si de un amigo de toda la vida se tratase.
-         Sentémonos por favor, dijo Santiago con una voz poco festiva. Se dirigió a Mario justo en el momento en que se disponía a descorchar la botella y le dijo:
-         Por favor, Mario. Tráenos dos cafés, bien cargados.

Mario comprendió al instante que no era el mejor momento para servir cava. Volvió a meter la botella en la nevera y comenzó a moler café. Marta miró a Santiago con el abrigo en la mano y totalmente descolocada.


-      Por favor, siéntate. Tengo que contarte algo -susurro Santiago cabizbajo mientras Marta se sentaba muy despacio.

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