jueves, 26 de enero de 2017

Cómo ser más feliz. Hoy: El verdadero problema


Hace ya algunos años conocí a un pastor. Era un día gélido, pero allá en la montaña, rodeados de ovejas, nos calentamos con un pequeño fuego y una cálida conversación.

  

Hoy vivimos rodeados de problemas. Yo tengo problemas, tú tienes problemas y él tiene problemas. La capacidad resolutiva de cada cual es lo que marca la diferencia...o no.

Pues yo creo que no, o a medias. Creo que dicha capacidad para resolver problemas la tenemos todos, aunque sólo sea por lo entrenados que estamos al aparecer por cualquier esquina y en cualquier momento contrariedades y preocupaciones. ¿O no?

¿Pero por qué digo "a medias"? 

Creo que la diferencia entre las personas que encaran con mayor éxito esto de resolver problemas y las que parece que sólo se preocupan de buscarlos y resolverlos mal o poco, no radica en la capacidad de unos y otros, sino en la manera de afrontarlos. Es decir, no es tanto una cuestión de proceso, de cómo llevo a cabo el asunto de resolverlo; es más bien el planteamiento de cómo hacerlo. Dicho más claro: lo que empieza bien tiene más posibilidades de éxito; lo que de entrada ya planteamos mal...problema a la mochila. En pocas palabras: los exitosos no mezclan los problemas, saben perfectamente que para salir airosos tienen que ir paso por paso y ordenadamente, y los calamitosos los amontonan, superponen unos encima de otros, y el resultado...

Pondré un ejemplo: imaginemos que alguien nos pide que le enhebremos una aguja. Es una tarea sencillita, a primera vista. A este alguien le vamos a llamar Julián. Lo intenta y fracasa una y otra vez. Ante la imposibilidad, se frustra. Al final, nuestro amigo Julián, deja la aguja y el hilo de mala gana y se va buscar otro problemilla, eso sí, malhumorado. 

Esta situación concreta de nuestro amigo Julián se da mucho más a menudo de lo que nos podamos llegar a imaginar.

¿Pero, qué pasó realmente? Pasó lo que tenía que pasar, ni más ni menos. Había un problema claro y definido: enhebrar aguja e hilo, y en el proceso el pobre Julián fracasó. Pero, ¿por qué falló en algo que a primera vista le pareció tan sencillo? Cometió un error gravísimo: mezcló problemas. Y este es el verdadero problema de los problemas. Pero veámoslo.

Simplemente tenía que haber cogido sus gafas,-que por cierto las había perdido y no se había preocupado de hacerse otras-, ponérselas y ver sin tanta dificultad el agujerito de la aguja, y cómo parece que tenía buen pulso, o al menos eso dijo al ofrecerse voluntarioso, habría tardado sólo unos segundos en conseguirlo.

Esta escena que acabo de describir, aunque poco tiene por sí misma de determinante en nuestra vida, sí que plantea una manera de manejarnos que en cuestiones de mayor índole, el resultado termina siendo parecido.

Si ahora pensamos en otras circunstancias que a nuestro querido Julián se le planteen, quizás la cosa se complique.

Enhebrar o no una aguja posiblemente no nos quite el sueño. Pero son múltiples las realidades que cada día se nos presentan y no todas son tan poco determinantes en nuestras vidas.

Podemos pensar cuantas queramos, son infinitas y no tan pueriles.

Imaginad a un treintañero que nunca ha tenido pareja. Si no le preocupa, perfecto. Pero si le alarma o intranquiliza, ya tiene un problema. Pero éste, si lo encara pensado que lo resolverá obcecándose en la pareja que no tiene, como si fuera el problema en sí, quizás sólo consiga complicar más la situación.

Pues bien. Este treintañero es nuestro amigo Julián, que después de no conseguir enhebrar la aguja, se fue a tomar unes cervezas. Quizás, se dijo a sí mismo, "allí me tropiece con la mujer de mi vida". Quizás, Don Julián, pero solo quizás.

Se tomó no una, sino cuatro cervezas, solo y cabizbajo en la barra.

Nuestro apesadumbrado Julián, que día y noche pensaba y suspiraba por la mujer que no tenía, atesoraba no uno, sino muchos problemas que no se llamaban precisamente “pareja” o “mujer de su vida”.

Vivía con su madre, no tenía trabajo ni lo buscaba, solo bebía cerveza, normalmente vestía mal y olía peor, era descuidado y su tiempo lo empleaba en ver la tele, tumbarse en el sofá y apoyarse en una barra con su única amiga, doña Cerveza.

Pero eso sí, se lamentaba profundamente de no haber tenido nunca novia por más que se había esforzado en buscarla. Y lo más curioso es que se preguntaba por qué. No lo entendía, no le cuadraba. Y así iban pasando los días…confundió sus muchos problemas, que obviaba y no atendía, con un supuesto gran problema único, culpable de todos sus males, cuando sólo era una consecuencia...




El pastor con su rebaño de ovejas me enseñó algo muy simple que ya nunca olvidé: las persones que no levantan la vista para poder ver el horizonte más allá de sus narices, terminan siendo esclavas de sus miserias. Sin visión amplia de lo que nos rodea y de lo que somos, nos convertimos en pasto del despropósito y el infortunio.
Tenía más de setenta años, pero una vista de águila envidiable: nunca había dejado de mirar el horizonte.






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