martes, 10 de enero de 2017

Asesor, coach, consultor…filosófico...orientador...

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La figura del llamado coach filosófico cada día va tomando más relevancia en el mercado laboral, tanto a nivel de empresa como en el ámbito privado o personal. Aunque es cierto que en nuestro país andamos aún en pañales al respecto.
Lo cierto es que durante toda la historia ha existido esta figura, a la que ahora se le ha puesto un nombre, una etiqueta; pero seguro iremos viendo como se regularizará cada día más su presencia en la sociedad.
Su mayor logro, ayer igual que hoy, es la capacidad de hacer que sus interlocutores se oigan a sí mismos. Demasiadas veces andamos perdidos en las divagaciones de otros o en las propias, sin ser capaces de focalizar lo que realmente nos interesa y conviene.
¿Es un consejero?
Los consejos, en la mayoría de las ocasiones, sólo ayudan a enturbiar más un panorama a menudo demasiado enmarañado en el cual, la mayoría de las veces, sólo es necesario que alguien tire del hilo oportuno para que cada cual articule de manera más adecuada su vida, su historia, en definitiva, sus decisiones de cada día. Y cuando digo articule, me refiero concretamente a desanclarse de hábitos, costumbres, rutinas, creencias, dogmas...que en muchas ocasiones no dejan ver más allá de lo que estos permiten, que casi siempre es insuficiente y por supuesto, mejorable.
Por poner un ejemplo: quién alguna vez no ha dicho eso de...ah, pues yo pensaba... ese yo pensaba hace referencia a un planteamiento que antes dábamos por válido, pero que en ese momento, por alguna razón, reconocemos que no era el más idóneo. Seguramente se dice yo pensaba cuando debería decirse, pues la verdad, no lo pensé.
Existen planteamientos, también poco oportunos, que por su alcance en nuestras decisiones o por el tiempo que lamentablemente nos acompañan, nos hacen un flaco favor a la hora de afrontar esto que llamamos vida.
¿Qué aporta la filosofía?
Precisamente ahí es dónde radica la grandeza del talante filosófico. Es en el hecho de que lo único que sabe con certeza es que no conoce nada tan seguro como para no dudar, mejorarlo. No quiere decir esto que ande a la caza de brujas sin poder posicionarse ante nada. Es precisamente todo lo contrario: busca situarse siempre de la manera más lúcida que sepa, pero que por supuesto no considerará la última opción como la eternamente preferible, sino como la siempre mejorable...ahí está la magia.

Esta práctica o proceder te mantiene atento para afrontar de la mejor manera posible el día a día, y te separa o vacuna contra posiciones ancladas en decisiones carentes del criterio necesario o sustentadas en el de otro, que la mayoría de las veces no nos conviene. Intolerancias, fanatismos, intransigencias...quedan lejos de sus planteamientos.
Este ejercicio constante es el que nos mantiene en forma, hace músculo, pero músculo mental, de pensamiento. El orientador filosófico, asesor filosófico o como se le quiera llamar, tenderá a plantearte cuestiones para que las tengas en cuenta y te ayuden a reflexionar sobre aspectos que ni tan solo, posiblemente, te habías cuestionado. No te planteará una meta como mejora de tu situación, sino que favorecerá o fomentará desde tu percepción las bases para que asientes tus propios criterios, que seguramente ya nunca dejarás de cuestionarte con afán de mejora. Te los cuestionarás desde tu propia reflexión interna y desde la que compartas con tu entorno.
Porque no podemos olvidar que no estamos solos, que interactuamos continuamente. Pero no quiere decir esto que no debas pensar por ti mismo para extraer tus propias conclusiones. De ahí la importancia de mantenerte alerta, despierto. Al fin y al cabo, eso es lo que nos hace humanos y sociables. Cualquier otro planteamiento nos convierte en bestias, con perdón de los animales.
Esto ayuda muchísimo, ya que descubres maneras de afrontar la vida que te despojan de aquello que te hace pequeño. Te separas de la tan conocida zona de confort, engañosa por lo poco que nos beneficia. Nuestra capacidad de crecer y sentirnos mejor se multiplica en gran medida.
La Filosofía más allá de lo académico.
El amplio abanico de posibilidades que ofrece el discurso filosófico pienso que no debe permanecer ajeno a lo cotidiano. Muchas veces se ha alardeado del talante no útil de la filosofía, de su vida poco menos que monacal en las aulas de los doctos profesores o entendidos en filosofía.
Pero la historia de la filosofía nos ha enseñado en innumerables ocasiones el afán del verdadero filósofo por llevar a las calles la filosofía. Sería absurdo enumerar aquí los casos que corroboran esto, pero lo cierto es que en los últimos tiempos, la filosofía se ha ido enclaustrando hasta convertirse en labor interesante para pocos que poco interesa a muchos.
Conferencias, cursos, doctorados, ponencias o cuantas otras citas filosóficas se lleven a cabo por expertos conocedores del tema, no es incompatible con un uso provechoso del discurso filosófico en las calles. De hecho, su alejamiento de lo cotidiano, le empieza a conferir cada día más un marcado carácter de disciplina del pasado, trasnochada.
La imagen del profesor de filosofía, perdido en sus divagaciones de poca utilidad, solo sirve para sembrar el campo del imaginario de la colectividad, abonado lamentablemente por el esfuerzo y tesón de la mayoría de expertos en la materia.
Y lo cierto es que la filosofía es algo mucho más vital. Quizás hoy sólo interesen las soluciones inmediatas. Pero lo cotidiano se nutre de algo más que de respuestas urgentes, o dicho de otro modo, estas respuestas urgentes encuentran un mejor fundamento si nos preocupamos por fortalecer la reflexión sobre esas cuestiones que mucho tienen que ver con lo que entendemos por humano y su acontecer. No hallaremos respuestas, sino quizás más preguntas, pero que nos ayudarán sobremanera a clarificar nuestras necesarias acciones y decisiones, y esto sí que forma parte de nuestro día a día.
Estas preguntas, además de no encontrar respuestas que las cierre para siempre, -sino que te incentivan para que hagas más preguntas-, también nos ayudan a desenmascarar falsas verdades que nos hipotecan y aletargan, que no es poco.
La consulta filosófica.
Todos somos filósofos y sólo unos cuantos, estudiosos o expertos en filosofía. Con esta frase intento poner de manifiesto que la filosofía nos atañe a todos, que todos tenemos una filosofía de vida, es decir, una forma de hacer, de comprender, de decidir y de actuar.
Somos seres individuales que vivimos en colectividad y de aquí se extraen dos conclusiones muy importantes: como seres individuales debemos aprender a pensar por nosotros mismos y el hecho de vivir en colectividad, nos invita a la vez que obliga, a elaborar el pensamiento escuchando y hablando, es decir, necesitamos dialogar.
La experiencia nos demuestra que a través del diálogo bien entendido, desarrollamos predisposiciones que nos permiten modificar nuestros juicios, adaptándonos saludablemente a lo que implica la vida en convivencia. Se genera una reflexión compartida que obliga a repensar nuestros propios juicios, a fin de hacerlos más sólidos y precisos, consiguiendo así alejarlos de contradicciones y ambigüedades.
El diálogo debe basarse en un discurso compartido y racional, donde se escuche y se hable. Si sólo se habla sin escuchar el fracaso del diálogo está asegurado, así como si se escucha pensado que se posee la verdad absoluta. Racional hace expresa referencia al hecho de entender que la razón humana, como bien sabemos pero pronto olvidamos, no descubre certezas, sino que más bien es una capacidad que nos permite establecer nuevos conceptos, en función de su coherencia respecto al punto de partida y siempre, y esto es fundamental, revisables.
Ahora ya conocemos dos características importantísimas del diálogo:
  • Compartido, hablar escuchando a nuestro interlocutor y elaborando criterio en el fluir del discurso compartido y
  • Racional, es decir, coherente, riguroso, que busque argumentos sólidos pero que no pierda de vista que la razón humana debe entenderse siempre como mejorable. Y esto precisamente lo hace a través de un diálogo continuo, abierto y consensuado.
Es aquí donde la figura del asesor filosófico se convierte en el interlocutor que promoverá un diálogo compartido e igual. No se trata de aconsejar o aleccionar, sino más bien de sugerir vías de replanteamiento compartido. Lo único que diferencia aquí a ambos interlocutores son los conocimientos filosóficos del asesor, que valiéndose de ellos, simplemente intentará hacer el camino más corto y fructífero.
Pero como apunté al principio se pretende conseguir que el cliente elabore criterio propio. Y es esta una cuestión de suma importancia si queremos garantizar el éxito del diálogo en la ayuda para la toma de decisiones. Es decir, el criterio que cada cual adopte a la hora de afrontar una cuestión determinada, sólo será válido si éste es entendido desde uno mismo, asumido después de una reflexión posiblemente compartida pero interna.
Por supuesto criterio propio no es sinónimo de único, sino más bien entendido desde la comprensión que uno mismo tiene de su realidad, es decir, individual pero confrontado con los de los demás. Y eso es la vida. De ahí que en más de una ocasión nos equivoquemos y debamos rectificar. Pero sólo cuando rectifiquemos sobre la base bien asentada de nuestra posición (no desde la aceptación sin más, sin reflexión) seremos capaces de entender mejor nuestro error y corregirlo. Este es el juego al que la razón humana nos obliga y debemos poner en práctica. La aceptación sin más, sin reflexión, nos convierte en seres incoherentes, irreflexivos y fácil pasto de conflictos que tendrán difícil o imposible solución.
¿Qué ofrecezco?
Cómo asesor filosófico pretendo que se establezca entre el cliente y yo una relación basada en el diálogo que permita visualizar posibles problemáticas. No aportaré soluciones a las mismas, pero sí maneras de afrontar las diferentes situaciones basadas en un discurso racional y razonable, haciendo uso para ello del legado filosófico.
Es así como el asesor filosófico te ayuda a través de un dialogo compartido a clarificar en la medida de lo posible las respuestas a las preguntas que susciten las problemáticas surgidas en el diálogo, y todavía más importante, a motivar nuevas preguntas que susciten un talante de búsqueda y nos alejen de las verdades dogmáticas, es decir, creencias poco revisados o poco sometidas a razonamientos y reflexiones.
Es frecuente habituarse a actuar de una manera determinada fruto de creencias que se postulan como verdades eternas, profundamente interiorizadas que no nos dejan entender la necesaria reformulación y mejora de las mismas. Las situaciones, el día a día, nos obligan a replantearnos nuestra posición con el fin de configurarla de la manera más sólida posible. Si no lo hacemos, surge el conflicto que nos puede terminar incapacitando al provocar que nuestra manera de pensar no se corresponda con las realidades que nos rodean. La reflexión nos permitirá gestar una versión renovada que nos ayude a generar una conducta y un modo de vida cada día mejor.
Las preguntas que cada uno de nosotros nos hacemos cada día, requieren respuestas que nos ayuden a actuar y a tomar decisiones lo más acertadas posible. En determinadas ocasiones estaremos más satisfechos con nuestras actuaciones y otras, al contrario, desearíamos haber actuado de diferente manera.
Muchas veces serán preguntas cotidianas, pero que no por ello no necesiten una respuesta reflexiva y meditada, con el fin simplemente de hacer la vida, el día a día, mejor.
En otras ocasiones, las preguntas serán de una índole que no admitan una respuesta directa, encaminada a la acción inmediata, sino que más bien son cuestiones que nos producen un desasosiego que, precisamente, solo podremos entender mejor si las analizamos a la luz del dialogo también compartido. Aquí no habrá una respuesta última o tajante, sino más bien un preguntar continuo, no por ello carente de reflexión y argumentación, que nos ayudará a entendernos mejor en esto que llamamos nuestra vida.
No se trata así de ningún tipo de terapia más, ni de pacientes que deseen ser “sanados” de nada. Simplemente se trata de hacer uso del legado filosófico para emplearlo de la mejor manera posible, buscando como único beneficio sentirnos mejor en nuestra acción diaria y/o clarificar en la medida de lo posible esas preguntas que nos afectan irremediablemente: que es la vida, la muerte, la justicia, el amor
La orientación filosófica no busca verdades, sino clarificar y/o cuestionar conceptos con sus clientes a través del diálogo.
Y repito. Por mediación del diálogo se pretende que el cliente elabore criterio propio. Éste debe ser sólido y válido, es decir, fundamentado en argumentos coherentes, aunque sin olvidar su carácter de verdad siempre cuestionable y de necesaria realidad compartida.
La pretensión última más bien debería ser acercarnos a la verdad en la mayor medida posible, sabedores de que nunca la alcanzaremos. Precisamente ese ejercicio incansable configura lo que llamamos vida, y la mejor manera de abordarlo es entrenándonos adecuadamente.
Las posiciones dogmáticas, autoritarias, terminan perjudicando y estancando todo posible diálogo compartido y enriquecedor, así como incapacitan para una vida mejor, más saludable y, por supuesto, más feliz.

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