Desde siempre han existido personas que dentro de un
determinado grupo contaban más historias que el resto. Los había agradables y
desagradables, graciosos y no tanto, honestos e inmorales y toda la retahíla de
calificativos que se nos ocurran.
Lo cierto, es que dentro de los grupos se establecía tácitamente
una especie de ley no escrita que condenaba a los desafortunados: eran los plastas,
los pesaos, los pelmazos o los que necesitan molestar sin más
para sentirse dentro del grupo.
El grupo, de alguna manera los iba dejando de lado hasta que
por propia iniciativa, en la mayoría de los casos, desaparecían para ir a
contar sus desafortunadas historias a otra parte.
Hoy vivimos ese fenómeno pero con la hiperamplificación
que supone internet. Ahora el grupo no son unos cuantos, sino millones
repartidos por todo el planeta.
Pero el que contaba cosas sigue siendo uno. Y este uno,
que ahora tiene un nombre y se llama youtuber, incluso ha sabido sacarle
provecho al asunto y se ha profesionalizado.
Pero claro, lo que no cambia es que los sigue habiendo
afortunados en sus mensajes y relatos frente otros que no lo son tanto. La
diferencia radical es el inmenso eco que tienen ahora por la cantidad de
personas que aglutinan a su alrededor.
Pero lo que estoy convencido que no cambiará es esa ley tácita
no escrita que irá condenando a aquellos que no entiendan lo básico; lo que
hace referencia a la nítida diferencia entre lo tolerable y lo condenable.
El fenómeno youtuber me parece aire fresco, sano y
renovado en el mar ennegrecido de la comunicación, que en la mayoría
de los casos sólo responde a intereses o tiene fines propagandísticos cargados
de ideologías.
En cuanto a los aciagos yutubes, irán siendo condenados
al ostracismo, tanto por sus colegas como por su público. Las disculpas siempre
son bienvenidas, pero en la mayoría de los casos el talante es algo que no se
puede ocultar, ...ni bajo disculpas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario