jueves, 19 de enero de 2017

Cómo ser más feliz y evitar la ansiedad. Hoy: Cuando el enemigo lo tenemos dentro



No puedo ofrecerte recetas “mágicas” que resuelvan sin más tus problemas. No existe la panacea universal que te conduzca a la felicidad; o al menos yo no la conozco.
Si puedo brindarte la oportunidad de disfrutar de un diálogo compartido, sincero y honesto, en el que a partir de tus propias experiencias y vivencias te sitúe, te posicione en tu realidad de una manera coherente, reflexiva y razonada.
A partir de aquí, y ahora sí, podrás y deberás tomar tus decisiones de una manera más lúcida y cabal. Esto te ayudará, sin lugar a dudas, a fraguar el camino de tu vida encarado hacia la consecución de una mayor felicidad.



Hoy: El enemigo lo tenemos dentro
¿Quién no ha tenido alguna vez un mal día y hubiese deseado no haberse levantado?
Seguramente a todos nos ha sucedido en más de una ocasión. Esto es absolutamente normal, incluso me atrevería a decir que necesario, ya que nos baja los humos si los tenemos demasiado subidos o, si nuestro estado de ánimo no es muy boyante, tendremos la oportunidad de celebrar el próximo día con algo más de júbilo al no ser ya tan gris.
Sea como sea, lo importante es que no se repita demasiado.
Lamentablemente,o ya me contaréis si no es así, más a menudo de lo que nos gustaría estos días se extienden en el tiempo y llegan a ocupar semanas, meses, años…y aquí es cuando aparece el problema de verdad.
Una nube se sitúa encima de nuestras cabezas y el mundo se torna gris, pesado, fastidioso...
Empezamos por las mañanas derramando el café y maldiciendo la maldita taza que siempre quema demasiado y lo acabamos metiéndonos en la cama, no sin antes renegar al poner el despertador que nos devolverá a nuestra cruda y triste realidad.
¿Qué está pasando?
La vida se convierte así en un suplicio, en una lucha constante con el medio, con casi todo lo que nos rodea: situaciones, personas…
·         Circulamos con nuestro vehículo y el resto de los conductores nos molestan y estorban…
·         En la cola de la panadería los comentarios de la persona que tenemos delante con el panadero son muy inoportunos y me hacen perder 20 segundos de mi sagrado tiempo…
·         ¡Me ha fastidiado!, esos zapatos me los iba a comprar yo y ahora no podré…seguro que me oyó hablar de ellos…
·         Me invitó al cine y sabe que me gusta el teatro…
·        
Podríamos hacer una lista interminable de situaciones que nos incomodan y nos provocan malestar, según nuestro parecer.
El mundo está en contra mía¡¡¡
Pero la realidad normalmente es bien distinta.
Circulamos con nuestro vehículo al igual que otras personas hacen lo propio, y en principio, no tienen un afán especial por molestarte; simplemente no entra dentro de sus planes.
El comentario con el panadero que te hizo perder 20 segundos de tu sagrado tiempo, fácilmente se podría haber convertido en una amigable charla entre los tres de 30 segundos, ahorrándote el malhumor y queja, que sin duda te tragaste y no te ayudo a sentirte nada bien.
Los zapatos que tanto te gustaban, también le pudieron gustar a él o a ella, y por supuesto, estaban en su pleno derecho a comprarlos. La lástima es que pienses que había malas intenciones sin saberlo con certeza. Y aunque las hubiera, busca otro calzado que sólo hay millones…
¿No se te ocurrió pensar que a lo mejor te invito al cine porque sabía que ibas muy a menudo al teatro? o, simplemente, ¿le pareció que esa película te gustaría?
No quiero decir con esto que todo el mundo sea esplendoroso y amable, pero de ahí a pensar que todo el mundo está en mi contra hay un enorme abismo.
Consideremos ahora, a modo de ejemplo, que la mitad de la población es amable, cordial y la otra mitad piensa que el mundo le quiere agredir continuamente y está en su contra, por sistema.
Los primeros, cuando se encuentren con los que piensan como ellos vivirán con normalidad sus relaciones; de diferente manera, cuando se tropiecen con los segundos, capearan la situación como puedan: unas veces saldrán airosos y otras, sin duda, no habrá nada que hacer y preferirán dejarlo para otro momento. Digamos que en un 75% de las ocasiones la cosa habrá ido bien.
Los segundos, tendrán asegurado un fracaso estrepitoso: cuando se encuentren con esa mitad amable, ellos se ocuparán de estropearla en la medida de lo posible, dejando sólo un margen al buen hacer de aquellos. Cuando se encuentren con los que son como ellos, tendrán asegurado un fracaso total. En total sólo un 25% de sus relaciones habrán terminado con buen pie y no gracias precisamente a ellos, sino a la buena predisposición y cordialidad de aquellos, los amables y cordiales. El resultado total no parece muy halagüeño, como veis.
Así,
Lo que quiero decir es que en ocasiones nuestro peor enemigo lo tenemos muy cerca, tan cerca que ni tan sólo lo vemos: somos nosotros mismos. Cuándo intuyamos que esto es así, debemos intentar remediarlo, solos o con la ayuda necesaria, pero sin demora.
Y tengamos una cosa muy en cuenta que complica aún más la situación. Cuando reconoces el enemigo siempre tienes la opción de intentar mediar o alejarte si ves la batalla perdida y prefieres dejarla para otro momento. Pero si ni tan sólo focalizas el problema, la solución en el mejor de los casos dependerá de un milagro. Y los milagros, a Lourdes.


No hay comentarios:

Publicar un comentario