No puedo ofrecerte recetas “mágicas” que resuelvan sin
más tus problemas. No existe la panacea universal que te conduzca a la
felicidad; o al menos yo no la conozco.
Si puedo brindarte la oportunidad de disfrutar de un diálogo
compartido, sincero y honesto, en el que a partir de tus propias
experiencias y vivencias te sitúe, te posicione en tu realidad de una manera
coherente, reflexiva y razonada.
A partir de aquí, y ahora sí, podrás y deberás
tomar tus decisiones de una manera más lúcida y cabal. Esto te ayudará,
sin lugar a dudas, a fraguar el camino de tu vida encarado hacia la consecución
de una mayor felicidad.
Seguramente a todos nos ha
sucedido en más de una ocasión. Esto es absolutamente normal, incluso me
atrevería a decir que necesario, ya que nos baja los humos si los tenemos demasiado
subidos o, si nuestro estado de ánimo no es muy boyante, tendremos la
oportunidad de celebrar el próximo día con algo más de júbilo al no ser ya tan
gris.
Sea como sea, lo importante es
que no se repita demasiado.
Lamentablemente,o ya me contaréis si no es así,
más a menudo de lo que nos gustaría estos días se extienden en el tiempo y
llegan a ocupar semanas, meses, años…y aquí es cuando aparece el problema de
verdad.
Una nube se sitúa encima de
nuestras cabezas y el mundo se torna gris, pesado, fastidioso...
Empezamos por las mañanas
derramando el café y maldiciendo la maldita taza que siempre quema demasiado y
lo acabamos metiéndonos en la cama, no sin antes renegar al poner el
despertador que nos devolverá a nuestra cruda y triste realidad.
¿Qué está pasando?
La vida se convierte así en un
suplicio, en una lucha constante con el medio, con casi todo lo que nos rodea:
situaciones, personas…
·
Circulamos con nuestro vehículo y
el resto de los conductores nos molestan y estorban…
·
En la cola de la panadería los
comentarios de la persona que tenemos delante con el panadero son muy
inoportunos y me hacen perder 20 segundos de mi sagrado tiempo…
·
¡Me ha fastidiado!, esos zapatos
me los iba a comprar yo y ahora no podré…seguro que me oyó hablar de ellos…
·
Me invitó al cine y sabe que me
gusta el teatro…
·
…
Podríamos hacer una lista
interminable de situaciones que nos incomodan y nos provocan malestar,
según nuestro parecer.
El mundo está en contra mía¡¡¡
Pero la realidad normalmente es
bien distinta.
Circulamos con nuestro vehículo
al igual que otras personas hacen lo propio, y en principio, no tienen un afán
especial por molestarte; simplemente no entra dentro de sus planes.
El comentario con el panadero que
te hizo perder 20 segundos de tu sagrado tiempo, fácilmente se podría haber
convertido en una amigable charla entre los tres de 30 segundos, ahorrándote el
malhumor y queja, que sin duda te tragaste y no te ayudo a sentirte nada bien.
Los zapatos que tanto te
gustaban, también le pudieron gustar a él o a ella, y por supuesto, estaban en
su pleno derecho a comprarlos. La lástima es que pienses que había malas
intenciones sin saberlo con certeza. Y aunque las hubiera, busca otro calzado
que sólo hay millones…
¿No se te ocurrió pensar que a lo
mejor te invito al cine porque sabía que ibas muy a menudo al teatro? o,
simplemente, ¿le pareció que esa película te gustaría?
No quiero decir con esto que todo
el mundo sea esplendoroso y amable, pero de ahí a pensar que todo el mundo está
en mi contra hay un enorme abismo.
Consideremos ahora, a modo de
ejemplo, que la mitad de la población es amable, cordial y la otra mitad piensa
que el mundo le quiere agredir continuamente y está en su contra, por sistema.
Los primeros, cuando se
encuentren con los que piensan como ellos vivirán con normalidad sus
relaciones; de diferente manera, cuando se tropiecen con los segundos, capearan
la situación como puedan: unas veces saldrán airosos y otras, sin duda, no
habrá nada que hacer y preferirán dejarlo para otro momento. Digamos que en un
75% de las ocasiones la cosa habrá ido bien.
Los segundos, tendrán asegurado
un fracaso estrepitoso: cuando se encuentren con esa mitad amable, ellos se
ocuparán de estropearla en la medida de lo posible, dejando sólo un margen al
buen hacer de aquellos. Cuando se encuentren con los que son como ellos,
tendrán asegurado un fracaso total. En total sólo un 25% de sus relaciones
habrán terminado con buen pie y no gracias precisamente a ellos, sino a la
buena predisposición y cordialidad de aquellos, los amables y cordiales. El
resultado total no parece muy halagüeño, como veis.
Así,
Lo que quiero decir es que en
ocasiones nuestro peor enemigo lo tenemos muy cerca, tan cerca que ni tan sólo
lo vemos: somos nosotros mismos. Cuándo intuyamos que
esto es así, debemos intentar remediarlo, solos o con la ayuda necesaria, pero
sin demora.
Y tengamos una cosa muy en cuenta
que complica aún más la situación. Cuando reconoces el enemigo siempre tienes
la opción de intentar mediar o alejarte si ves la batalla perdida y prefieres
dejarla para otro momento. Pero si ni tan sólo focalizas el problema, la
solución en el mejor de los casos dependerá de un milagro. Y los milagros, a
Lourdes.

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